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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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01 Septiembre 2019 03:50:00
Pejeblindaje
Ramón, 50 años, cabello estilo militar, zigzaguea con su taxi en medio del endiablado tráfico de viernes de la Ciudad de México, rumbo al aeropuerto. Conduce seguro mientras somete al interrogatorio de rigor al pasajero. Después de averiguar procedencia y destino de este, suelta la pregunta a bocajarro: “¿Usted qué opina del Peje?” Así, “El Peje”, no el presidente ni López Obrador.

Tras escuchar la ambigua respuesta del pasajero, carente de interés en iniciar una discusión, Ramón afirma contundente: “Yo estoy de acuerdo con todo lo que hace, menos con la suspensión del aeropuerto de Texcoco”. Seguramente para no parecer antichairo, explica que vive en Ecatepec, una de las zonas más violentas, y la suspensión de la terminal aérea en Texcoco frenó proyectos beneficiosos para ese lugar, como nuevas vías rápidas.

Además, argumenta, el aeropuerto y sus millares de usuarios obligarían a las autoridades a estrechar la vigilancia en el sector, azotado por la delincuencia. Espera, incluso, que El Peje recapacite al respecto: “Con tantos problemas y amparos, un día de estos anunciará que deja en manos de la iniciativa privada la construcción”.

“Pero, ¿lo de las estancias infantiles?”, se atreve a opinar el pasajero. “Eso estuvo muy bien”, asegura categórico Ramón, quien dice conocer a una vecina que se hizo rica “inflando” el número de niños inscritos en su guardería. “Era pura corrupción”.

Ramón y sus puntos de vista explican de alguna manera la razón por la que el presidente Andrés Manuel López Obrador conserva el apoyo del 71% de los mexicanos, según encuesta dada a conocer por una empresa a la cual es imposible tildar de lopezobradorista.

El Peje es un fenómeno. La comentocracia -y me incluyo- esperaba ver desplomarse su astronómico porcentaje de aprobación debido a diferentes causas: aumento de la violencia y exhibición cada vez más ostentosa de las terroríficas prácticas del crimen organizado, estancamiento de la economía, pérdida en el renglón del empleo, debilidad del peso y parálisis de dos de las tres obras magnas anunciadas con bombo y platillos: Santa Lucía y el Tren Maya.

Sin embargo, estos datos duros, capaces de socavar la popularidad de cualquier jefe de gobierno, no le afectan. Y hay millones de ramones en este país a quienes los indudables negativos de la gestión administrativa parecen no importarles. Su cariño y admiración por El Peje se ocupan de construir a su alrededor un blindaje impenetrable.

¿Dónde está el misterio? Posiblemente, una de las razones sea el hartazgo de los mexicanos cultivado a lo largo de varios sexenios significados por la ineptitud, la frivolidad y, sobre todo, la corrupción. Ni sus más virulentos críticos se atreven a dudar de la honestidad de López Obrador, la cual presume un día sí y otro también.

Está, además y sin duda, el carisma. Su capacidad de acercarse y conectar con la gente por medio de lenguaje salpicado de frases populares. Habría que agregar el enfrentamiento clasista con algunos poderosos, a quienes ciudadanos de pocos y medianos recursos culpan de todos los males que aquejan al país.

Contra los políticos carismáticos no hay datos duros capaces de abollarles el blindaje. Hay ejemplos históricos. Sin afán de establecer comparaciones, Antonio López de Santa Anna, considerado el peor mandatario habido en el país, fue llamado 11 veces a ocupar la Presidencia de la República tanto por liberales como por conservadores. El carisma, señores, el carisma.
13 Octubre 2019 04:08:00
Vulgaridades y tonterías
Paco Ignacio Taibo II en la Feria del Libro de Guadalajara, posiblemente la más importante en países de habla hispana, al celebrar la nueva ley que le permitió, no siendo mexicano por nacimiento, ocupar la dirección del Fondo de Cultura Económica. (11 de noviembre de 2018).

“Me comentan que hay una diputada, que fue senadora, y que está vinculada con este tema (trata de personas) y que es más bocona que la chingada; no sé si sea cierto o no, pero en Tlaxcala siguen los problemas. Pásenme elementos para ponerle una chinga la próxima vez”.
Gerardo Fernández Noroña, diputado federal por el Partido del Trabajo, en una conferencia de prensa, refiriéndose, sin nombrarla, a la diputada panista Adriana Dávila. (8 de octubre de 2019).

“Nos querían extinguir, no podían detenernos y con la ayuda de ustedes ganamos. Así fue como ganamos en muchas partes del estado, todos los que ganamos el 1 de julio de 2018 –porque yo gané, me la robaron, pero los castigó Dios. Angélica Alvarado y yo ganamos y sabe por qué, por Andrés Manuel López Obrador. (9 de octubre de 2019).

Miguel Ángel Barbosa Huerta, gobernador del Estado de Puebla por el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), durante una entrevista en Huejotzingo, haciendo referencia a Martha Érika Alonso (su antecesora en el Gobierno) y a Rafael Moreno Valle, muertos al desplomarse el helicóptero en el que viajaban.

Nadie, o muy pocos, se asustan ya de las antes llamadas palabras altisonantes. Maldiciones, vaya. Tampoco sorprende que un político suelte disparates al pronunciar un discurso o durante una entrevista de prensa. Sin embargo, entresacando perlas lingüísticas y declaraciones recientes que ponen nuevas fronteras a la estupidez, es válido suponer que entre los políticos en el candelero hay una marcada tendencia hacia la vulgarización.

Si bien el diputado Fernández Noroña se retractó y hasta pidió disculpas, sus palabras quedaron grabadas y publicadas. Hasta ayer Barbosa no había dado explicaciones sobre el extraño caso de que la divinidad asuma el papel de Tribunal Electoral y castigue de forma tan definitiva a quienes, según él, cometieron un fraude en las elecciones. Al rato, seguramente, nos va a decir que los muchos y graves problemas de Puebla no se resuelven debido a que su ángel de la guarda está de vacaciones.

Decía don Jesús Reyes Heroles que en política la forma es el fondo. Atenidos a ese planteamiento, por las formas que exhiben algunos políticos de hoy, nada bueno puede esperarse de ellos. Hay una incuestionable degradación del lenguaje de la política mexicana, lo cual, por supuesto, ensombrece el horizonte de la vida pública.

En 1995, nuestro paisano de Coahuila y entonces diputado Humberto Roque Villanueva ganó fama nacional por la señal obscena hecha en plena Cámara de Diputados, celebrando el haber conseguido la aprobación de un importante aumento al Impuesto al Valor Agregado (IVA).

Puede dormir tranquilo, lo suyo fue una chiquillada, un exabrupto de colegio de monjas si se le compara a ciertos representantes populares de hoy y a un gobernador en funciones.

La situación recuerda un viejo programa de televisión estelarizado por Héctor Suárez, ¿Qué nos pasa? Ya, en serio, ¿qué les pasa?

Letras sueltas
¡Qué ingenuos éramos! Antes íbamos al cine a divertirnos. Hoy van a ver El Guasón para esbozar intrincadas teorías sociológicas cuyo tema es la sociedad actual.
10 Octubre 2019 04:06:00
Las dos burocracias
Aunque todavía hay, por desgracia, motivos para mantenerlo vigente, el viejo cliché del tortuguismo en la burocracia gubernamental empieza a palidecer, incluso hasta borrarse, en comparación con los sufrimientos de cualquier cliente en casi cualquier banco. Con más gente que en un mercado, las matrices y sucursales de la banca demandan la paciencia de Job de quien desee hacer algún trámite.

El contraste entre la burocracia gubernamental y la bancaria es tremendo. Mientras la primera, echando mano de las herramientas digitales logra agilizar los trámites —no todos, por supuesto—, se diría que los bancos están aún congelados en los tiempos de la plumilla, el tintero y la visera de mica verde. Tienen computadora, es cierto, pero sirven para maldita la cosa cuando se requiere dar fluidez a la tramitología.

Hace unos días, aquí, en Saltillo, una dama necesitaba renovar su licencia de manejar. Por Internet se enteró de los documentos requeridos: acta de nacimiento, comprobante de domicilio, Curp e identificación oficial, o sea la credencial de elector. Llegó temprano a las oficinas, presentó los documentos e hizo el pago correspondiente. Alrededor de 45 minutos después salió con su nueva credencial en la cartera.

El reverso de la medalla. También recientemente, al tratar de sacar dinero del cajero automático, un empleado se llevó la muy desagradable sorpresa de que la tarjeta en la que le depositan su salario no tenía fondos. Extrañado obtuvo un estado de cuenta, en el cual apareció una decena de cargos hechos el día anterior bajo el misterioso rubro de “Inter”. Tomó el teléfono, y tras teclear números y más números, siguiendo las indicaciones de una grabación, logró hablar con un ser humano. La aclaración del asunto le llevó, sin exagerar, más de una hora pegado al celular, y solo para enterarse de que por tercera ocasión –sí, tercera ocasión– le habían hecho cargos indebidos por el monto de su quincena.

Finalmente, la voz del otro lado de la línea le informó amablemente que la tarjeta quedaba cancelada –también por tercera ocasión– y en cinco o siete días podía pasar a recoger el nuevo plástico en la sucursal correspondiente. Esto, traducido al español significa: sin dinero y sin tarjeta durante una semana.

Nada nuevo. Desde que se cruza la puerta del banco comienza el viacrucis del cuentahabiente. Antes de nada, debe sacar un boletito con un número, después de aclarar al o la recepcionista si va a ventanilla o requiere los servicios de un “ejecutivo de cuenta”. Luego, al contemplar el mercado persa en que está convertido el lugar, no le queda sino cruzar los dedos y encomendarse al santo de su devoción.

La turbamulta de clientes en espera se desahoga a cuentagotas atendida por dos o tres “ejecutivos de cuenta”, quienes debido a los cada vez más complicados sistemas tardan a veces eternidades en solucionar cada caso. ¡Y no hay sillas suficientes!

Presumiendo modernidad, la mayoría de las firmas bancarias anuncian sus servicios por Internet. Habrá que creerles, pero lo cierto es que esa mejora no se refleja en el número de clientes en matrices y sucursales, donde parecen crecer en forma exponencial.

Letras sueltas
Hace años logró gran éxito la telenovela Los Ricos También lloran estelarizada por Verónica Castro. No sé si los ricos también lloran, pero los que por alguna razón se ven en la necesidad de ir a un banco, quizá no lloren, pero hacen muchos corajes y pierden mucho tiempo.
06 Octubre 2019 04:05:00
jMerecida alegría
Ridícula pero necesaria nota autobiográfica, tan ridícula como todas las de este tipo y el exceso del uso de la primera persona del singular en textos periodísticos.

Residí en Monclova 10 años, donde me desempeñé como periodista. Esto ha sido causa de confusiones para buen número de personas, incluyendo a los autores de un diccionario biográfico de Coahuila, quienes en la ficha correspondiente señalan erróneamente a esa ciudad como lugar de mi nacimiento. En el diccionario de mi amigo Arturo Berrueto González y en el compuesto por mi compadre el profesor José María Suárez Sánchez, el dato es correcto: nací en Saltillo. Sin embargo, por muchas y siempre bien recordadas razones, me considero monclovense por adopción, aunque hasta ahora hayan resultado infructuosas mis gestiones de ser nombrado cónsul honorario de Monclova y Castaños en Saltillo.

El aparecer en un diccionario como originario de la Capital del Acero y lo aquerenciado que sigo con esa ciudad, me da derecho a alegrarme como el que más por el campeonato de los Acereros, y también de entrometerme en información correspondiente a la sección de deportes.

Hecha la debida aclaración, prosigamos:

Después de sufrir una larga temporada como fuente proveedora de noticias negativas, los Acereros de Monclova brindaron un ya urgente motivo de júbilo a los monclovenses al conquistar el miércoles por la noche el campeonato de la Liga Mexicana de Beisbol. Fundados hace ya 45 años, los Acereros nunca habían logrado coronarse. Esta vez lo hicieron tras sufrida y agotadora campaña de postemporada de 21 juegos en los que dejaron tendidos en el camino a los tres últimos campeones de la Liga: Sultanes de Monterrey, Toros de Tijuana y la novena yucateca.

El equipo, el único profesional de la ciudad, nació con el sobrenombre de Mineros y jugaba en dos sedes –Monclova y Sabinas–. Cuenta con una fiel y ruidosa fanaticada que lo respalda en las buenas y en las malas. En 45 temporadas han sido muchísimas más las malas (44) y solo una buena, pero muy buena.

Ciudad adicta al beisbol, el anhelo cumplido el miércoles por la noche es más antiguo que 45 años. Desde la instalación de Altos Hornos de México en 1942, motor de la economía regional, el fundador de la acería, Harold R. Pape, dio especial impulso a la práctica de ese deporte. Construyó un parque, después sustituido por otro que diseñó su padre, quien a eso se dedicaba.

El papá del señor Pape era un viejecito muy simpático. Con una pequeña maqueta calculaba la mejor orientación del nuevo estadio, a fin de aprovechar al máximo la sombra protectora del sol monclovense, el cual suele ser furioso.

Don Salvador Benavides, abuelo de Gerardo Benavides Pape, propietario de los Acereros, era quien se dedicaba entonces a promover el beisbol entre los trabajadores de Altos Hornos. Gerardo, también timonel del Grupo Industrial Monclova, heredó la pasión por el Rey de los Deportes y ha hecho hasta lo imposible por armar una escuadra capaz de enfrentarse al tú por tú con cualquier equipo mexicano. Es justo reconocerle el esfuerzo.

Monclova está de fiesta. La compartimos quienes en distintos puntos geográficos del planeta debemos gratitud a esa hospitalaria ciudad.

LETRAS SUELTAS

La calidad humana de los monclovenses se manifestó una vez más cuando, ya ganada la corona, los asistentes al estadio empezaron a corear el grito de “¡Yucatán, Yucatán!” en honor de los contrincantes.
03 Octubre 2019 04:06:00
El último tlamatini
La muerte del historiador, filósofo y humanista Miguel León-Portilla, el último gran tlamatini (hombre sabio, en náhuatl), enluta a la historiografía mexicana, en la que marcó una huella profunda. Continuador de la obra de su maestro, el padre Ángel María Aguilar Kintana, quien, por decirlo así, le inoculó la pasión por las culturas prehispánicas y, especialmente, el idioma náhuatl, León-Portilla profundizó los estudios sobre la literatura y el pensamiento de los habitantes del Altiplano antes de la llegada de los españoles.

Hasta Aguilar Kintana y el recién fallecido, el interés por las culturas prehispánicas había sido eminentemente arqueológico: estudios sobre vestigios arquitectónicos, escultóricos y pictóricos. Ellos se enfocaron en el pensamiento y la literatura, rescatando verdaderas joyas de la poesía azteca, que el padre Aguilar Kintana reunió en tres monumentales volúmenes de Poesía Náhuatl.

Infatigable investigador y erudito lingüista, León-Portilla rescató en La Visión de los Vencidos testimonios de los aztecas sobre el impacto de la Conquista, libro que se convirtió rápidamente en un clásico con traducciones en 15 idiomas y decenas de ediciones.

A contracorriente de la vieja frase según la cual la historia la escriben los vencedores, León-Portilla rescató la voz de los derrotados, pueblo al que los conquistadores, con la cruz y la espada, destruyeron su mundo, sus dioses y su ancestral organización político-social. Antes de él, conocíamos solamente la visión unilateral de los vencedores, los conquistadores. El traumático episodio se refleja en los testimonios recogidos en el libro.

Querido maestro de la Universidad Nacional Autónoma de México, el respetado último tlamatini fue objeto de incontables reconocimientos, el último de los cuales, la medalla Nezahualcóyotl, otorgada por la Secretaría de Educación Pública por primera vez, la recibió en la cama del hospital rodeado de sus familiares.

Expositor ameno, era capaz de hacer fácil incluso para los legos intrincados temas de lingüística. Fue hombre sencillo, de buen humor. Cuando cumplió 80 años, la UNAM organizó un homenaje en su honor y en el de la inolvidable doctora Clementina Díaz y de Ovando, quien completaba 90. Presidió el acto el entonces rector Juan Ramón de la Fuente.

En su discurso de agradecimiento, León-Portilla dedicó parte de su pieza oratoria al elogio de su casa de estudios. Dijo, palabras más, palabras menos, sentirse privilegiado al pertenecer a la UNAM, donde no solamente gozaba el placer de enseñar a jóvenes, sino también recibir respaldo para sus investigaciones, publicar sus libros y disfrutar cada mañana de la belleza de los jardines de Ciudad Universitaria. Remató el elogio con la frase: “Y encima me pagan”.

Desde el presídium y en alta voz, el rector De la Fuente le replicó: “Lo último tiene remedio”. La carcajada fue general. Horas después, durante la comida, reconvino en broma a De la Fuente: “Señor rector, es preciso considerar arrebatos líricos lo que a veces se dice en la tribuna cuando se pronuncia un discurso, especialmente si se habla de salarios”.

Murió después de una larga vida plena de frutos y realizaciones. La suya fue, como dicen que decía, “una vida feliz y completa, con exceso de juventud a cuestas”. Cumplió al pie de la letra el viejo proverbio chino: “Hay que morir joven… lo más tarde que se pueda”. Nos quedan sus libros y sus recuerdos.
29 Septiembre 2019 04:04:00
Promotora incansable
En un acto de justicia, María Isabel Saldaña Villarreal recibió la Presea de Ciudadana distinguida Magdalena Mondragón, concedida por el Ayuntamiento de Torreón en reconocimiento a su incansable y multifacética labor cultural. Honrar, honra, decía Martí, y en esta ocasión el Ayuntamiento torreonense se ha honrado al distinguir acertadamente a quien tanto bien ha hecho a esa ciudad.

María Isabel, Mary para los muchos que la queremos, ha sido la creadora y promotora de numerosos proyectos culturales que han enriquecido la vida de la Comarca Lagunera. Una de las primeras causas que encabezara fue la creación de Papeles de Familia en la unidad Torreón de la Universidad Iberoamericana.

Este imaginativo proyecto, en el cual participaron centenares de personas, permitió reunir archivos privados, una mayoría de carácter familiar, entre ellos el valiosísimo del general Pedro V. Rodríguez Triana. Ameritado revolucionario, Rodríguez Triana fue gobernador del Estado y decidido impulsor de la reforma agraria emprendida por el presidente Lázaro Cárdenas en La Laguna.

En otra vertiente de su quehacer cultural, María Isabel ha incursionado con éxito en la historia. Es autora del estudio más completo sobre la presencia de personajes provenientes de las provincias vascongadas que desarrollaron diversas empresas –principalmente agrícolas– en la Comarca. Al pasar revista a estos empresarios, la autora centró la atención en el acaudalado Rafael Arocena, el más exitoso de los vascos en la región, cuya extensa red de comercialización internacional de algodón contaba con un muelle propio en el puerto de Nueva York.

La publicación de este libro la puso en contacto con los descendientes de Rafael Arocena, a quienes animó a compartir con el público su valiosa colección de arte en el museo que lleva el nombre del empresario. Cuando se escriba la historia del Museo Arocena de Torreón, a la labor de María Isabel Saldaña para volverlo realidad deberán dedicársele los primeros capítulos.

El prestigio ganado le permitió reunir una rica colección de fotografías antiguas integradas en el libro Torreón: un relato de su historia en postales, que recoge el reflejo arquitectónico de la época de mayor esplendor de la Perla de La Laguna. Amorosa recopiladora de todos los ángulos de su ciudad natal, derivó su interés al rescate del recetario tradicional de las familias laguneras, labor que se concretó en una nueva publicación: Recuerdos y sabores de La Laguna.

Este volumen refleja una de las características de la Comarca: su cosmopolitismo. El boom algodonero de fines del siglo 19 y la mitad del 20 constituyó poderoso imán para gente de prácticamente todos los puntos del planeta, desde franceses y españoles, hasta nativos del Medio Oriente y China. Las cocinas de las familias inmigrantes pueblan el recetario de La Laguna de fórmulas y condimentos de la más distinta procedencia, lo cual lo convierte también en un documento de la vida privada y la diversidad étnica y cultural de la región.

Inquieta y polifacética, la recientemente galardonada escribe en los periódicos y es promotora de la sección de edición de libros de una organización periodística nacional. Conjuntando el talento de decenas de investigadores, ha dado a la estampa monografías sobre estados y ciudades de la República. Sin duda, la presea que lleva el nombre de la brillante periodista y escritora que fue Magdalena Mondragón llegó a las mejores manos.

26 Septiembre 2019 04:06:00
Censura
Es aberrante, con inconfundible tufo a censura, la decisión del Congreso de Nuevo León que declaró a personas non gratas al exdirector del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), Pedro Salmerón Sanginés, y al diputado del Partido del Trabajo Gerardo Fernández Noroña.

En apoyo a la medida, el diputado Luis Susarrey declaró: “Este tipo de ciudadanos no son gratos ni en la ciudad ni en todo México”, agregando que “las palabras del exfuncionario (Salmerón) nos ofendieron a todos los nuevoleoneses”.

Los señores legisladores, motivados por un plausible interés de exaltar la figura histórica de uno de sus más admirados coterráneos, don Eugenio Garza Sada, ícono de la industria regiomontana, sin pensarlo ni proponérselo instituyeron una suerte de censura estatal.

Al hacerlo, demolieron de un plumazo uno de los pilares fundamentales de toda democracia: el derecho a la libertad de expresión. Y la censura, bien se sabe, es una de las armas predilectas de los gobiernos autoritarios y de las dictaduras. ¿Cuál sería entonces el siguiente paso? ¿Instituir un gulag a la mexicana y recluir allá a los disidentes para “reeducarlos”? Nada nuevo, Stalin lo inventó hace mucho.

De acuerdo con el diputado Susarrey, todos -subrayo todos- los habitantes de Nuevo León piensan igual que él y todos se sienten ofendidos por las declaraciones de Salmerón y Fernández Noroña. ¿No es llevar demasiado lejos el regionalismo? De ser así, el Congreso podría declarar cualquiera de estos días intocables por la crítica a quienes los legisladores consideren prohombres nuevoleoneses. ¿Quién se atreverá ahora a decir que don Alfonso Reyes era un poeta mediocre, si puede hacerse merecedor a una especie de muerte civil decretada por el Congreso?

Susarrey y demás ocupantes de curules que apoyaron la iniciativa de declarar non gratos a Salmerón y a Fernández Noroña olvidaron o desconocen la célebre frase erróneamente atribuida a Voltaire, la cual sintetiza el respeto irrestricto a la libertad de expresión: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero daría hasta la vida por el derecho que tienes de decirlo”. Con su medida de corte inquisitorial, niegan a cualquiera el derecho de sostener opiniones contrarias a las que ellos consideran las correctas o aceptables.

Aclaremos: si un particular considera erróneas o mal intencionadas las expresiones de alguien, no pasa nada, pero si lo hace uno de los tres poderes del Estado -como se supone es el Legislativo de Nuevo León-, el asunto adquiere una dimensión diferente. Es tanto como oficializar una censura gubernamental, aunque disfrazada. ¡Cuidado!   

La intención no es, por supuesto, defender al historiador Salmerón Sanginés y al diputado Fernández Noroña, quienes aplicaron el calificativo de “valientes” a los miembros de la Liga 23 de Septiembre que perpetraron el condenable asesinato de don Eugenio Garza Sada. Condenable, no solo por tratarse de un destacado industrial y filántropo, sino de un ser humano.

El uso del malhadado adjetivo puede interpretarse -y lo ha hecho un gran número de personas- como una apología de la violencia, lo cual, en el complicado entorno nacional asediado por la inseguridad, resulta inaceptable y, si se quiere, hasta peligroso. Sin embargo, estar en desacuerdo no conlleva satanizar y prácticamente vetar a quienes piensan diferente a nosotros.     

Nadie está obligado a pensar igual que uno y menos válida es la intención de intentar unificar la interpretación del pasado.
22 Septiembre 2019 04:07:00
Conmemoración desvirtuada
La belicosa letra de nuestro Himno Nacional se entiende en el contexto del siglo 19, cuando la debilidad de México alentaba la codicia de otros países, después concretada en invasiones e intervenciones ya fueran norteamericanas o francesas. Por eso, irónico, José Emilio Pacheco decía que en el siglo 19 los únicos que no invadieron a México fueron los marcianos.

De allí la pertinencia de que el Himno haga referencias explícitas a “extraños enemigos” deseosos de “profanar con su planta” el suelo patrio, y también el exhorto a los mexicanos a empuñar las armas en defensa del territorio, confiando a la Patria en tener “un soldado en cada hijo”.

Lo anterior viene a cuento por el mal sabor de boca que dejaran algunos cambios introducidos en los rituales de la reciente conmemoración del inicio de la guerra de Independencia. Se han gastado caudales de tinta para alabar los cambios introducidos en la vieja tradición: la austeridad del festejo en Palacio Nacional, la presencia en el Zócalo capitalino de grupos folclóricos de todos y cada uno de los estados de la República y la ausencia de familiares en el balcón presidencial la noche del Grito, entre otros.

Las voces críticas se enderezaron contra la politización del desfile del 16 de septiembre, en el cual se incluyó un contingente de la Guardia Nacional, carros tanque utilizados durante la etapa más álgida de la lucha contra el robo de combustible y la presencia de grupos beneficiados con los programas asistenciales implementados por la Cuarta Transformación.

Ante la parafernalia tan arraigada en el calendario cívico y en el sentimiento popular, cabe hacer la pregunta: ¿Cuál es la razón del desfile militar el 16 de septiembre? La respuesta obvia nos remite a la letra del Himno Nacional: es, por decirlo así, demostración de ser un país bien pertrechado para enfrentar cualquier eventual intento de otras naciones de invadir nuestro territorio.

Históricamente, está bien. El amargo pasado nos enseñó la necesidad de prepararnos para repeler agresiones de extraños enemigos. Lo desalentador es la forma en que en esta ocasión se compuso el contingente del desfile. Hubo, por supuesto, representación de las Fuerzas Armadas, pero también se incluyeron manifestaciones encaminadas a dejar un mensaje dirigido no a extraños enemigos, sino internos.

La presencia de la Guardia Nacional no tiene ninguna relación con la posibilidad de una invasión del territorio; tampoco el desfile de carros tanque utilizados en la lucha contra la extracción de combustible de los ductos. Ni a los miembros del crimen organizado ni a los huachicoleros es aplicable aquello de extraños enemigos. No son extraños, son protagonistas de un problema interno provocado por compatriotas, aunque nos repugne considerarlos así.

El desfile de la Cuarta Transformación señaló claramente que el peligro para la soberanía del país no se localiza más allá de las fronteras, sino dentro del territorio delimitado por estas. Y eso, véase por donde se vea, no deja de ser desalentador.

Además, asumiendo el peligro de ser tachado de tradicionalista irredento, agregarle ingredientes políticos coyunturales y problemas internos –guerra, le llamó un expresidente– desvirtúa la celebración, convirtiéndola en propaganda y en asunto policiaco, lo cual no tiene ninguna relación con la conmemoración de la lucha iniciada en Dolores por don Miguel Hidalgo y Costilla ni la de los insurgentes que la continuaron.
15 Septiembre 2019 04:06:00
Mis patrias
La noche de hoy, desde el zócalo capitalino hasta la más alejada placita de cualquier cabecera municipal, y aun en el extranjero, se repetirá el grito de ¡Viva México! Henchidos de patriotismo, vitorearemos a nuestros héroes mientras el cielo ve incrementado de manera efímera el número de sus estrellas con el estruendo de los fuegos de artificio, los cuales miraremos aunque no sea del brazo de nuestra novia la galana, como aconsejaba López Velarde.

Nuestro himno de acentos bélicos habrá de ser entonado por millones, muchos de los cuales quizá no sepan bien a bien qué significa eso de “aprestad el bridón”. Otros, con un patriotismo que pinta la raya ante quienes lo duden, lucirán anchos sombreros con la retadora leyenda de “¡Viva México, cabrones!”

Noche de amar a la patria, así en abstracto, lo cual, debo confesarlo, no es sencillo. Sin embargo, al margen de sentirse parte del concepto, en el caso personal hay paisajes, momentos, olores, sabores, sonidos y palabras que hacen constar mi ineludible pertenencia a una nación llamada México. Son, por así decirlo, fragmentos de una patria personal que me han marcado emocional y estéticamente, acabando por formarme como lo que soy.

¿Cuáles son mis patrias?

Escuchar el sonar de la máquina de coser Singer viendo a mi madre terminar no sé qué, una sábana, una blusa o la funda de una almohada. El trac-trac de la Singer y el rostro concentrado de mi madre, quien con ágiles manos movía la tela guiándola por el veloz subir y bajar de la aguja, me hace sentir, todavía decenas de años después, que mi corazón se escrituró para siempre en el lugar donde esto ocurría.

También de tarde, regresar del colegio y al abrir la puerta de la casa y verme envuelto, arropado, por el aroma a tortillas de harina, constituía la certeza de tener un hogar donde vivir alegrías y descargar penas. ¿Y qué es la patria sino un hogar grande, inmenso?

Viejecita, morena, la cabeza cubierta con rebozo gris, Juanita era una lavandera orgullosa de su estirpe de “tlaxcalteca pura”, como ella decía. Hablaba de su abuelo, cosechador de verduras allá por la calle de Moctezuma, que luego vendía casa por casa. Impecablemente pulcra en la sencillez de su atuendo, le irritaba lo descuidado de mi melena, y me reprendía utilizando una palabra náhuatl oída entonces por primera vez: “Ay, niño, tus pelos parecen chimal”. Años después me enteré que chimalli era un escudo prehispánico, cuyos bordes solían adornarse con plumas. Aunque ya no tengo cabello suficiente para asemejarse a un chimal, nunca olvidaré que, gracias a usted, Juanita, me asomé por primera vez al pasado profundo de este país.

A la orilla de la presa del Tulillo, sentados en el suelo, esperando al lado de mi padre el improbable paso de una parvada de patos. El día empezaba a rendirse ante el embate del ocaso. Un sol en llamas pintaba una estela roja en el espejo del agua. Padre encendió su pipa. Entonces pensé en lo bello que sería que el tiempo se detuviera y siguiéramos siempre tan juntos, sin necesidad de hablar.

¿Cómo no amar a México si en un rincón de su territorio mi tío Alfonso intentó inútilmente hacer de mí un segunda base que no diera vergüenza? ¿Cómo no sentirme parte de este país si en su suelo crecían las rosas amarillas cultivadas por mamá? ¿Cómo no sentirme mexicano si aquí aprendí a leer y conocí la zozobra de los primeros enamoramientos juveniles? ¿Cómo no ha de ser mi Patria, si aquí probé por primera vez la cajeta de
membrillo?
12 Septiembre 2019 04:00:00
Prometedor primer paso
Publicar un periódico que sigue a los movimientos de un ejército revolucionario cerca de 3 mil kilómetros, imprimiéndolo en siete ciudades -Hermosillo, Ciudad Juárez, Chihuahua, Torreón, Saltillo, Monterrey y Ciudad de México-, es toda una hazaña. Esto fue un logro del periodista campechano Salvador Martínez Alomía. Hoy, más de un siglo después, ese periódico, El Constitucionalista, constituye una riquísima fuente de información acerca del movimiento encabezado por don Venustiano Carranza.

Seguramente redactores y editores viajaban únicamente con sus máquinas de escribir y lo más indispensable. En cada ciudad debían conseguir dónde imprimirlo. En ocasiones eran los talleres tipográficos del Gobierno del Estado, pero en Hermosillo y Torreón hubieron de contratar imprentas comerciales. Los continuos traslados impidieron a El Constitucionalista ser una publicación trisemanal, como se lo propuso al principio.

En una acertada decisión, a manera de preámbulo de la conmemoración el próximo año del centenario de la muerte de don Venustiano Carranza, el Gobierno del Estado, a través de su Secretaría de Cultura, publicó la edición facsimilar del periódico, presentada hace un par de semanas en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, de la capital del país. En la presentación participaron la secretaria de Cultura, Ana Sofía García Camil, el historiador Javier Garciadiego Dantán y quien esto escribe.

Se trata de una importante aportación al mejor conocimiento de la Revolución Constitucionalista, pues ni siquiera la Hemeroteca Nacional cuenta con una colección completa del periódico. La biblioteca del Centro Cultural Vito Alessio Robles conserva la perteneciente al historiador que lleva su nombre, a la cual faltaba el número 100, cuya copia fue proporcionada generosamente por la Universidad Veracruzana.

Llama la atención que el periódico, cuyo primer número apareció en Hermosillo el 2 de diciembre de 1913, se proclame Órgano del Gobierno Constitucionalista. Por lógica era de esperarse que se considerara órgano del Ejército Constitucionalista -aún faltaban 8 cruentos meses y 11 días para la firma del Tratado de Teoloyucan y la renuncia de Victoriano Huerta-, pero los decretos emitidos durante el periodo, Carranza los firmaba en su calidad de “Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, en uso de las facultades extraordinarias de que me hallo investido”. ¿Exceso de optimismo o reiterada afirmación de la ilegitimidad, y por tanto inexistencia del Gobierno de Huerta? Así lo consideraba el periódico, que el martes 10 de febrero de 1914 insertó el siguiente aviso:

“Se previene al público que todos los contratos, disposiciones y demás actos que, conforme a las leyes respectivas, deben ser publicados en el Diario Oficial de la Federación, no surtirán efecto legal si no se insertan, como está ordenado, en este órgano oficial del Gobierno Constitucionalista”.

Por ser su tierra natal, Coahuila está moral e históricamente obligado a dar especial realce a las conmemoraciones del centenario del asesinato de don Venustiano, el único presidente mexicano muerto estando en funciones. La edición facsimilar de El Constitucionalista constituye un prometedor primer paso y viene a poner a disposición de investigadores e interesados una fuente de noticias que, a 100 años de distancia, es hoy novedosa, dada la extremada rareza de la publicación.
08 Septiembre 2019 04:09:00
¡Maestro!
Siempre igual, fiel a tu espejo diario, como recomendara López Velarde, transitó por su fructífera vida Francisco Toledo, quien la dejó a sus 79 años el jueves anterior. Nunca cambió, ni siquiera de atuendo; mucho menos de ideales y pasiones. De estas tuvo dos enormes, avasalladoras: el arte y Oaxaca, su tierra natal, por la que libró batallas épicas defendiéndola de las agresiones de una supuesta modernidad que sirve de disfraz a la ambición del dinero.

Moreno, delgado, barba y melena borrascosas conquistadas de blanco y ojos que parecían clavarse en el infinito, Francisco Toledo era un genio indiscutible de la pintura, del dibujo y del grabado. Fue, para muchos, el último grande que nos quedaba. No solo puso a Oaxaca en el mapa mundial de las artes plásticas, también hizo de su actitud, de su valentía y de su generosidad, una lección que, sería deseable, aprendiéramos y practicáramos todos.

Los medios de comunicación recuerdan hoy la defensa de su amada Oaxaca y de sus tradiciones. Fundador de instituciones para impulsar a nuevos creadores y evitar la extinción de las lenguas indígenas, deja una huella profunda en la historia cultural de México.

Enfrentó por igual a gobernantes que a particulares cuando creyó ver agredido el patrimonio arquitectónico y geográfico de la capital oaxaqueña. Evitó la instalación de un restaurante de hamburguesas en el Centro Histórico de la ciudad. Luego, como forma poética-nacionalista de celebrar el triunfo de su movimiento, organizó una tamaliza multitudinaria frente al sitio elegido por la cadena de comida rápida. También obligó al entonces gobernador a dar marcha atrás al proyecto de construir un Centro de Convenciones en el Cerro del Fortín.

Su generosidad no conocía límites. En 2015 vendió al Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), por él fundado, su colección compuesta por 125 mil obras. Recibió un peso como pago por una colección cuyo valor en el mercado sería de decenas, quizá cientos de miles de dólares. Al explicar la venta explicó que la hacía “para empezar a dejar todo en orden”. Atento a lo grande y a lo pequeño, hizo fuertes donaciones en Juchitán para la reconstrucción de las viviendas dañadas por el sismo de 2017 y ayudó a los fabricantes de totopos a adquirir los enseres que habían perdido.

Admirable era, asimismo, su imaginación poética, que se plasmaba no únicamente en sus pinturas, dibujos y grabados. Unido a las exigencias de la aparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, animó a los alumnos del IAGO a fabricar igual número de papalotes y pintar en cada uno el rostro de un desaparecido. Luego echaron a volar los papalotes en el corredor turístico de Oaxaca en las horas de mayor tránsito.

Interrogado por los periodistas acerca del significado simbólico del acto, respondió: “Si a los estudiantes se les busca en la tierra, también hay que buscarlos en los aires”.

El viernes pasado México amaneció más pobre, y los conejos, coyotes, gatos, sapos, chapulines y demás seres que pueblan su obra, quedan como constancia de la creatividad de un artista que hizo de lo al parecer insignificante seres fantásticos capaces de disparar la sensibilidad de los espectadores.

Pionero de la hoy reconocida Escuela Oaxaqueña de Pintura, en la cual destacan Felipe Morales, Rolando Rojas, Roberto Doniz y media docena más, Francisco Toledo acaba de abandonar sus pinceles y buriles, pero sus sapos, conejos, gatos y chapulines seguirán saltando y asaltando nuestra imaginación.
05 Septiembre 2019 04:06:00
Apocalipsis cibernético
Las 12 de la noche en la Ciudad de México. ¿El celular? Esa fue la primera expresión. La segunda, la misma, pero no entre signos de interrogación sino de admiración: ¡El celular!  Seguramente lo olvidó en la mesa del restaurante, pensó. Y ni modo de intentar hablar para preguntar. A esa hora ya estará cerrado.

En la habitación del hotel, la primera sensación que le produjo la falta del aparatejo resultó muy semejante al pánico. Hasta ese momento se percató de su maldita dependencia del teléfono móvil. Minimalista respecto al atuendo personal -nunca usó anillos ni cadenas, mucho menos esclavas a las que son tan adictas algunas personas-, jubiló hace años el reloj. Lo consideró innecesario pudiendo consultar la hora en el teléfono.

A mayor abundamiento de sus tribulaciones, había que agregar la pereza mental para memorizar números de teléfonos, por ser tan fácil teclear el nombre de la persona a la que se desea llamar. Recordó la añorada era precelular, cuando podía recitar de corrido 12 o 15 números telefónicos. Eso era antes. Ahora su mente estaba en blanco.

Por fortuna, una vieja agenda aparecida en el fondo de la maleta lo salvó del total analfabetismo numérico. Tres o cuatro números apuntados de prisa hicieron el papel de tabla de salvación.

Pero la falta de comunicación desde el móvil era solo parte de la tragedia. Al día siguiente, por la mañana, tomaría el vuelo de regreso… ¡y en la pantalla del celular estaba el pase de abordar y esos garabatos que deben mostrarse a una máquina para obtener el permiso de subir a la aeronave! ¿Qué voy a hacer?

Al despertar, la luz del día empezaba a colarse por la ventana ¿Han sentido ustedes la vergüenza de preguntar la hora a la administración de un hotel? Espero que el destino les evite la pena de explicarle por teléfono a la encargada de la recepción: “Perdón, señorita, perdí mi celular. ¿Sería tan amable de decirme qué hora es?”.

Luego de dos inútiles intentos de teclear los números en el teléfono de la habitación, el infeliz descelularizado preguntó de nuevo. Para llamar a un celular, le informaron, debe comunicarse con la operadora. Allí comenzó a rehacer su vida. Se enteró cómo marchaban las cosas en la oficina y el statu quo de la vida hogareña, y pidió -sería más preciso decir suplicó- que, de ser posible, desde su computadora enviaran al Centro de Negocios del hotel el pase de abordar. Afortunadamente no hubo problema, y en menos de una hora ya tenía el anhelado papel en la mano. Respiró tranquilo al desaparecer la amenaza de quedarse varado (en viernes los vuelos van repletos).

Luego de pagar la impresión del pase de abordar, aún le aguardaba una última sorpresa. Habiendo saldado desde la noche anterior la renta de la habitación y los consumos en el restaurante a fin de no perder tiempo, tuvo que hacer una larga fila frente a la caja para liquidar ocho pesos, cargo de las llamadas hechas por la operadora.
29 Agosto 2019 04:15:00
Acuña y los olvidados
A 140 años de su nacimiento, Manuel Acuña y su más famoso poema, el Nocturno a Rosario, como se ha dado en llamarlo, se mantienen vivos en la memoria popular resistiendo las frecuentes y potentes andanadas de los críticos que tachan su poesía –a veces con razón– de cursi, encontrándole, además, evidentes fallas de carácter técnico. En algunos casos, no en todos, por supuesto, quienes sostienen tales puntos de vista lo hacen por esnobismo, temerosos de ser tachados de ramplones.

Sobre esto hay una anécdota del gobernador don Óscar Flores Tapia, que no escondía su admiración por Acuña, al que levantó una estatua frente al Teatro de la Ciudad y dispuso, porque fue idea de él, que este se estrenara con la representación de su drama El Pasado. En cierta ocasión discutía don Óscar con un individuo que calificaba de melcocha los versos del saltillense. Entonces, Flores Tapia se limitó a preguntarle cuál era su poeta preferido. “Octavio Paz”, respondió firmemente su interlocutor. “A ver”, lo retó, “repíteme la poesía de Paz que más te gusta”. El otro citó dos o tres líneas sueltas del autor de Blanco, mientras, interrumpiéndolo, don Óscar le dijo que hasta los grupos de fara fara sabían el Nocturno y lo cantaban.

Los conocedores, por su parte, consideran que, tratándose de Acuña la biografía del autor, epilogada por el suicidio, añade interés a su obra y la magnifica. Igual ocurre, puede alegarse, con Van Gogh o Frida Kahlo. ¿Resultaría tan conmovedora la figura del pintor de los girasoles sin la leyenda –falsa según algunos de sus biógrafos– de que nunca vendió un cuadro y murió por su propia mano, trastornado mentalmente? ¿Tendría su figura el mismo efecto en el imaginario popular si en lugar de arrastrar una lamentable pobreza a lo largo de su vida, el buen Vicente hubiera sido un émulo del mediático Salvador Dalí, mundialmente aplaudido, rodeado de estridente publicidad y millonario?

¿Tendrían los cuadros de Frida el mismo éxito comercial si en vez de retratarse enferma y sufriente, se hubiera pintado obteniendo la medalla de oro en la carrera de los 100 metros planos? Sea dicho lo anterior sin afán de restar méritos a la obra de uno y de otro.
A pesar de su romanticismo, que no falta quienes califiquen de trasnochado, nuestro poeta suicida, decíamos, conserva intacta su popularidad, y ahora, con motivo del 140 aniversario de su nacimiento se ha organizado una serie de actos culturales. Entre ellos uno en el Panteón de Santiago, donde en la Rotonda de los Coahuilenses Distinguidos reposan sus restos.

Plausible la idea de recordarlo y honrarlo. Sin embargo, es injusto que, centrados en la figura de Acuña, no recordemos con similar orgullo y admiración a otros escritores saltillenses, como don Julio Torri y don Artemio de Valle Arizpe, para nombrar solamente dos.

Torri, orfebre de la palabra, fue homenajeado en el centenario de su nacimiento y hasta se colocó su busto en el jardín aledaño a las oficinas del Congreso del Estado. La estatua fue robada, desapareció la placa en la casa donde nació en la calle Victoria –hoy salida de un estacionamiento– y pocos parecen haberse vuelto a acordar del autor de De Fusilamientos, excepto por un festival y un concurso de cuento que lleva su nombre.
A don Artemio le ha ido peor. Nunca tuvo homenaje ni estatua y la última vez que atrajo la atención de sus conciudadanos fue cuando se incendió su biblioteca en el Ateneo Fuente.
25 Agosto 2019 04:02:00
La muerte como espectáculo
“Un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio”, escribió Antonio Machado a propósito del sepelio de su amigo Abel Marín. Y así es. Los momentos finales de cualquier ser humano merecen respeto. Por desgracia, en un mundo donde campea la frivolidad y todo, sin excepción, es susceptible de convertirse en espectáculo, no se salva ni la seriedad del golpe del ataúd en tierra machadiano. De esto han dado dos ejemplos las redes sociales en sendas enfermizas y descaradas provocaciones al morbo público.

En la plataforma de Facebook se ofrecían, la semana pasada, fotografías del cuerpo de Marilyn Monroe en la morgue. Naturalmente, quien esto escribe se negó a “abrir la página”, como ahora se dice. ¿Qué interés puede tener el espectáculo de los despojos mortales de una admirada diosa de la pantalla? Ni que fuéramos monjes medievales, que colocaban en su mesa de trabajo una calavera para recordarse –como si eso fuera necesario– el fatal acabamiento de su propia existencia.

Otro caso fue la justa indignación de la familia del señor Celso Piña por la filtración de dos videos de los últimos momentos del acordeonista. Según la información, alguna mente enferma grabó los segundos anteriores al fallecimiento del acordeonista.

En uno, explica la noticia, aparece agonizante en la mesa de operaciones del hospital y en las ansias de la muerte, diría Cervantes, intenta balbucear unas palabras. El otro, siempre según la misma noticia, muestra los inútiles esfuerzos de los médicos por reanimarlo.

Hace años eran comunes las fotografías de muertos, en los que estos aparecen rodeados de sus seres queridos. Sin restarle un ápice a lo macabro que resultan, en las fotografías había un toque de respeto. Los difuntos, la mayoría niños, se preparaban para que su imagen ofreciera el mejor de los aspectos. Los familiares que ordenaban las fotos lo hacían con el afán de guardar un recuerdo del desaparecido.

Esa moda, por fortuna pasajera, estaba emparentada con los sepulcros de reyes, reinas y personajes principales que se ven en las iglesias europeas. En ellos, los escultores tenían buen cuidado de representar de cuerpo completo a los ocupantes del sepulcro, yaciendo sobre un túmulo, pero en plena juventud o en rozagante madurez.

Los rostros trasmiten una sensación de serenidad, de reposo. Se diría que todos murieron jóvenes, plácidamente, aunque en realidad la muerte los haya sorprendido en la ancianidad y quizá tras agonías terribles.

Este arte, falso, si se quiere, entraña una lección de respeto por quienes ya no están entre los vivos. En el fondo se trata del rescate de la dignidad de la persona humana, haciendo a un lado las miserias a la que está expuesto nuestro cuerpo. Las fotografías de Marilyn en la morgue y el video de la agonía del señor Celso Piña ponen en duda la calidad humana de quienes las difundieron, al restarle dignidad a un paso tan trascendente como es el de morir.

Letras sueltas
El diputado local Benito Ramírez Rosas, plurinominal por Morena, decidió abandonar la exigua –eran dos miembros– bancada de su partido y se declaró independiente. Al hacerlo anunció la creación de una fracción del Congreso del Estado, a la que bautizó general Venustiano Carranza Garza. Don Venustiano nunca ostentó un grado militar y personalmente se declaraba antimilitarista en política. Ojalá que ahora que ya es diputado libre, el señor Ramírez Rosas tenga más tiempo de releer sus libros de historia.
22 Agosto 2019 03:50:00
La historia se repite
Resulta lamentable que una de las acciones más anheladas por los ciudadanos, el combate a la corrupción, inicie sus pasos en el presente Gobierno rodeada de sospechas. Siendo candidato, el Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, estructuró su discurso de campaña en torno a una promesa de honestidad y a la de poner fin a las prácticas ilegales en la Administración pública. Sin duda, esta oferta le atrajo simpatías e ingente número de votos de ciudadanos hartos de la rampante corrupción blindada con impunidad que campeara durante los años anteriores.

Por desgracia, la primera arremetida legal contra la corrupción de parte del Gobierno lópezobradorista deja un mal sabor de boca. El hecho de que la exsecretaria Rosario Robles, acusada de haber operado desde los mandos medios de su secretaría la llamada Estafa Maestra, fuera encarcelada por un motivo que algunos especialistas consideran endeble, resta claridad al debido proceso.

Y esto ocurre semanas después de la aprehensión del abogado Juan Coll-ado, representante legal de connotados personajes de la política nacional, seguida posteriormente por la detención en Argentina de Carlos Ahumada, acusado de un fraude fiscal cometido años atrás. Todo ello, sumado a que el juez encargado de encarcelar a Robles Berlanga sea sobrino de Dolores Padierna, configura una serie de coincidencias que difícilmente pueden considerarse fortuitas al despedir un fuerte y nauseabundo olor a venganza política.

Como se sabe, Dolores Padierna es esposa de René Bejarano, quien se hizo famoso gracias a un video que lo exhibe recibiendo fajos de billetes de manos de Carlos Ahumada, en aquel entonces pareja sentimental, como ahora se dice, de Rosario Robles. Juan Collado entra a formar parte de esta trama al señalársele como quien convenció a Ahumada de facilitarle los videos, posteriormente difundidos por televisión en el programa de Brozo. Hay quienes aseguran, incluso, que Collado compró a Carlos Ahumada en varios millones de pesos las comprometedoras grabaciones.

Estamos ante la representación en vivo y a todo color de aquel test humorístico de lógica según el cual, si parece pato, nada como pato y grazna como pato, entonces probablemente sea un pato. Si Robles Berlanga, Ahumada y Collado armaron la embestida mediática contra René Bejarano, esposo de Dolores Padierna, a su vez tía del juez que llevó a prisión a la exsecretaria, se necesitará ser muy ingenuo para creer que se trata de una simple coincidencia.

Pero más allá de los rencores personales, quienes armaron este burdo tinglado causaron un enorme perjuicio a la credibilidad de la lucha contra la corrupción enarbolada por el presidente López Obrador. La aprehensión de Robles, Collado y Ahumada –puesto casi de inmediato en libertad por las autoridades argentinas– tiene una clara semejanza con las embestidas contra la corrupción emprendidas por presidentes del hoy vituperado periodo neoliberal.

Recordemos: Carlos Salinas de Gortari ordenó el encarcelamiento del líder Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”, no para sanear el sindicato petrolero, cuyo manejo siguió tan sucio o peor que antes, sino por haber apoyado a Cuauhtémoc Cárdenas, su contrincante en las elecciones. Motivos similares movieron a Enrique Peña Nieto para encarcelar a Elba Esther Gordillo, y luego de estos publicitados alardes anticorrupción ni Salinas ni Peña Nieto encabezaron gobiernos distinguidos por su honestidad.

¡Lástima!
18 Agosto 2019 03:52:00
Los medios y el acoso
“Como están las cosas, de ahora en adelante cada vez que vaya a hacer el amor con una mujer tomaré precauciones: voy a contratar a un notario público para dar fe de que se trata de un acto consensuado y haré firmar el acta a mi pareja”. Así bromeaba un amigo a propósito de las acusaciones de acoso sexual hechas a Plácido Domingo por nueve mujeres, quienes con tan buena memoria como mala leche recordaron de pronto que hace como 30 años el famoso tenor se portó en forma indebida o fue muy insistente al invitarlas a practicar el deporte que, aseguran las malas lenguas, costó a Adán y Eva la expulsión del Paraíso Terrenal.

No es la intención, por supuesto, defender al cantante, a quien, por cierto, no han faltado defensores, como una soprano indignada que no dudó de calificar de “canallada” las acusaciones. Se trata, sí, de llamar la atención sobre la celeridad de los juicios condenatorios cuando una o más mujeres señalan a un varón de acosador o, incluso, lo cual es más grave, de violador.

En estos casos no opera la presunción de inocencia, aquello de que nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Basta la palabra de la real o supuesta víctima para dejar caer la guillotina de los medios o las redes sociales sobre el cuello del presunto culpable.

Plácido Domingo acaba de sufrir uno de estos juicios relámpago, en los cuales ni siquiera se escucha la voz del acusado. Apenas lo denunciaron ante los periodistas nueve mujeres, ocho de ellas guardando el anonimato, las óperas de Filadelfia y de San Francisco le cancelaron en automático presentaciones programadas. Más cautas y justas, la de Los Ángeles y la Royal Opera House de Londres anunciaron que esperarán el resultado de las investigaciones antes de tomar una decisión.

Resulta condenable que cualquiera que disfrute de poder intente aprovecharlo para obtener favores sexuales. También merece condena la actitud de numerosos varones –machos mexicanos– que se sienten con derechos de vulnerar la dignidad de una mujer. Ambas acciones deben castigarse, cuidándose de no cometer injusticias.

No es necesario acudir al glamoroso mundo de la ópera para buscar ejemplos. Aquí mismo, en Saltillo, hace poco un profesor fue llevado a la hoguera de la inquisición social después de que una mujer lo acusara de abuso sexual y secuestro. El profesor padeció el previsible calvario. Él y su familia vieron su nombre en algunos medios de comunicación, sin faltar índices condenatorios dispuestos a señalarlo.

Poco después, la falsa víctima confesó en las redes sociales que todo había sido mentira. Ella estaba enamorada del profesor y lo asediaba sin ningún resultado. Despechada, con la intención de vengar el desprecio, la muy estúpida urdió la patraña del abuso sexual y secuestro. Luego confesó la verdad. Pero cabe preguntar: ¿Cuántos de los que se enteraron de la acusación supieron del arrepentimiento? Y el daño moral provocado al profesor y a su familia, pues, ya se sabe, el atractivo del escándalo es muy superior al interés que despierta la absolución del inculpado.

Es plausible que las mujeres no callen por falso pudor cuando son víctimas de agresiones. Sin embargo, la repetición de casos similares obliga, creo, a revisar el código ético de los medios informativos sobre el tratamiento de estos temas. ¿Hasta dónde es ético divulgar una acusación que daña severamente el prestigio de una persona con el solo apoyo de una
afirmación?
15 Agosto 2019 04:00:00
Civismo y moral
Una de las preocupaciones fundamentales del presidente Andrés Manuel López Obrador ha sido la moralización -sea lo que sea lo que ello signifique- de la sociedad. Desde que estaba en campaña, recuerda Sara Sefchovich en reciente artículo publicado en la revista Nexos, ha venido insistiendo en la necesidad de elaborar una Constitución Moral que sirva “como guía de valores que impulse a adoptar nuevas prácticas y mejores patrones de conducta”. Incluso ya se formó una comisión encargada de redactarla.

Antes de esta constitución, a la que numerosas voces se oponen, el Presidente ordenó hacer una edición masiva de la cartilla moral de don Alfonso Reyes, encargando a iglesias evangélicas el reparto de los ejemplares con el previsible deterioro de la porosa frontera que separa al Estado laico del poder religioso.

Al citar los inconvenientes de poner en vigor un documento de esa naturaleza, Sara Sefchovich señala los gravísimos peligros que encierra el proyecto: “…si permitimos que se haga un documento como este, que parece tan inocente y tan de buena fe, ¿lo que sigue será crear los mecanismos para perseguir a quienes no cumplan con las ideas allí plasmadas de lo que es justo, correcto y bueno? ¿Habrá entonces, como ocurrió después de la Revolución Francesa y de las revoluciones rusa y cubana, comités de salud pública, vecinos que acusan a sus vecinos, empleados que denuncian a sus colegas y jefes, parientes que espían a sus parientes?”.

Los defensores del laicismo gubernamental oponen a la pretendida moralización el afianzamiento de la enseñanza de la materia de Civismo, y precisamente a eso apuesta el doctor Luis de la Barreda, coordinador del Programa Universitario de Derechos Humanos de la UNAM y exombudsman del entonces Distrito Federal.

El doctor De la Barreda se echó a cuestas una tarea llena de dificultades: escribir tres textos de Formación cívica y ética para uso de las secundarias, obra editada por Castillo-A MacMillan Education Company. Los tres volúmenes tienen, entre otras muchas virtudes, la de estar pensados poniéndose, digámoslo así, en los tenis de un adolescente mexicano del siglo 21 y los temas que hoy se le plantean y sobre los cuales ha de tomar decisiones: racismo, sexualidad, discriminación, equidad de género, respeto a la ley y demás.

Nada de resecas fórmulas canónicas como en los viejos textos: “El civismo es una rama de la ciencia del Derecho que estudia y trata los fenómenos sociales en relación con el individuo”. Esta parrafada, repetida con sonsonete y todo, es lo único que quien esto escribe recuerda después de 70 años de haber cursado la materia de Civismo en un aula donde revoloteaban los bostezos de los alumnos.  

Nada de eso. Los textos del doctor De la Barreda ilustran al adolescente acerca de situaciones que muchos enfrentan al cruzar una etapa de vida tan cambiante y llena de dudas, cumpliendo a cabalidad los propósitos expresados en la presentación del primer tomo: “El libro ha sido elaborado pensando en ti, en que sea un vehículo que, junto con la guía de tu profesor, te permita tomar conciencia de quién eres, de tu relación con los otros, así como de los valores que promueven la convivencia y el bien común en la sociedad”.

La moral es personal; la ética y el civismo, sociales. Eso queda claro, pues como dice Sefchovich: “Al Gobierno lo pusimos los ciudadanos ahí para ocuparse de las cuestiones públicas que nos afectan como sociedad”. Solamente de eso.
11 Agosto 2019 04:00:00
Violencia en primera página
Era una ley no escrita: al reportero recién contratado se le asignaban las fuentes policíacas, esa sección del periódico conocida también como nota roja. Es difícil que alguno de los viejos periodistas de aquella época no haya iniciado su carrera, libreta y bolígrafo en mano, en la barandilla de una estación de policía o frente al escritorio de un agente del Ministerio Público. “Es recomendable que el reportero joven se endurezca trabajando la nota roja, pero también es aconsejable que no permanezca en eso tanto tiempo como para que se vuelva insensible”, recomendaba un maestro del diarismo.

Historia antigua, pues por desgracia, la nota roja –robos, homicidios, asaltos, secuestros, linchamientos, balaceras y demás barbaridades– abandonaron hace tiempo la sección policíaca y saltaron a las primeras páginas de los diarios. La espiral de violencia y sus cada vez más espeluznantes expresiones volvieron obsoletas las páginas de la nota roja.

Y no se debe acusar de amarillismo y de tendenciosos a los periódicos y los espacios informativos. No. Estos no hacen sino proporcionar un reflejo de la realidad, una realidad capaz de estremecernos. Aterran los acontecimientos y el grado de barbarie de quienes los protagonizan. Desde el fin de la Revolución México no había vivido una etapa tan sangrienta como la de hoy.

Seguir un informativo de la televisión o leer un periódico cualquier día equivale a visitar la cámara de los horrores. Para muestra basta pasar revista a las noticias del pasado jueves: en Uruapan, Michoacán, amanecieron colgados de un paso a desnivel los cuerpos de nueve personas –siete hombres y dos mujeres–. Otros siete cadáveres desmembrados –seis hombres y una mujer– fueron arrojados en un bulevar, en el que también tiraron tres más metidos en bolsas de basura. Total, hasta ahora: 19 homicidios cometidos en un día.

Para seguir el recuento, del que usted seguramente ya estará enterado, en los municipios poblanos de Cohuecan y Tepexco, pobladores indignados lincharon hasta matarlos a siete presuntos secuestradores. La masacre ocurrió frente a más de un centenar de policías municipales, estatales y miembros de la Guardia Nacional.

La cereza del sangriento pastel se encargó de ponerla el recién estrenado gobernador Miguel Barbosa. En una entrevista anunció que irá a esos lugares el domingo –no corre prisa– para advertir a los habitantes de los dos municipios que no deben hacerse justicia por su propia mano. “Sermones, no balazos”, versión poblana de “Abrazos, no balazos”.

Varias son las regiones del país que están prácticamente en manos de los delincuentes. Y lo peor de todo es que el bombardeo cotidiano de noticias de este tipo provoca en el lector, en el radioescucha, el televidente y el seguidor de informaciones por Internet, esa insensibilidad tan temida por el viejo periodista. Estamos acostumbrándonos al clima de violencia y a verlo como algo natural, lo cual abona la apatía, adormece nuestra capacidad de indignación y pone sordina a las voces que exigen acción a los responsables de combatir a los delincuentes y dar seguridad a los ciudadanos.

De no haber una respuesta pronta y efectiva, las cosas irán de mal en peor. La descomposición, ya se ha visto, es progresiva y hasta hoy imparable. Siendo objetivos, resulta desalentador reconocer que por ahora no hay indicios de que las notas policíacas vuelvan a las páginas que antes ocupaban. ¿Lo veremos algún día?
08 Agosto 2019 03:50:00
Él no
Hasta donde ha sido posible averiguarlo, Adolfo Hitler no asesinó a ningún judío. Es decir, nunca disparó contra uno, lo ahorcó o le hizo inhalar gases venenosos. Quizá, incluso, se abstuvo de participar en la noche de los cristales rotos, apedreando comercios y aterrorizando a los habitantes del gueto. Sin embargo, nadie en su sano juicio es capaz de exculparlo de uno de los genocidios más brutales de los muchos que registra la historia.

Él solamente convenció a millones de sus compatriotas -y por supuesto a sus colaboradores- de que los males de Alemania eran culpa de los judíos, a quienes era necesario exterminar en bien de una supuesta “limpieza racial”.

Otros se encargaron de trasladar a familias completas a los campos de exterminio, donde los soldados nazis, antes de dispararles, hacían a los prisioneros cavar las zanjas que les servirían de tumbas. Otros, no él personalmente, diseñaron y construyeron los campos de concentración y las cámaras de gas.

Mientras todo esto ocurría, Hitler se concretaba a sembrar el odio a los judíos en sus discursos ante multitudes delirantes. Terminadas las apoteóticas manifestaciones, se iba a la montaña a cuidar a sus perros y pasear por el bosque.

No se sabe tampoco que Donald Trump haya asesinado a un mexicano. Bueno, ni siquiera hay rumores de que maltratara físicamente a uno. No. Eso sería “políticamente incorrecto”.

Lo que hace Trump es hablar pestes de los mexicanos. Acusarlos de violadores, de envenenar a la ingenua juventud norteamericana vendiéndoles drogas y de cometer toda clase de tropelías. Además, por supuesto, de robar puestos de trabajo a los esforzados obreros del vecino país.

Por ello insiste en la necesidad de construir un muro que aísle a Estados Unidos de esos seres indeseables que, para su mala suerte, Norteamérica tiene de vecinos. El muro en cuestión resulta indispensable a modo de cordón sanitario.

Sin las manifestaciones multitudinarias del Tercer Reich, el presidente Trump difunde sus ideas de manera moderna, a través de la televisión y de las redes sociales, ventaja tecnológica de la que no disfrutó el líder nazi. (¿Se imagina el tono de los tuits que hubiera escrito Hitler?).

Las palabras, afirma un dicho, se las lleva el viento. ¡Mentira! Las palabras encuentran siempre receptores en los oídos de algunos. Para el caso de Alemania, los de los enloquecidos seguidores de la bandera de la esvástica. Aquí, atrás de la frontera norte, los discursos de Trump hallan también oídos complacientes de supremacistas blancos, versión yanqui de la “limpieza racial” de los supuestos germanos arios.

Uno de estos supremacistas blancos decidió subir a su auto, conducir 700 kilómetros desde su casa a una ciudad fronteriza. Iba bien armado. Llegó a El Paso, Texas, donde ocho de cada 10 habitantes son mexicanos o de origen latino. Se metió a una tienda y empezó a disparar. Mató a más de una veintena de hombres, mujeres y niños, la mayoría perteneciente a esa plaga de mexicanos grasosos que amenaza con destruir las bases del “american way of life”. En realidad, desde la torcida mente del sicópata con ametralladora, lo suyo no debe calificarse de crimen. Fue un servicio a su país. Bueno, casi, casi un acto patriótico.

Es cierto, Donald Trump no viajó a El Paso. Tampoco estuvo en Walmart ni accionó una ametralladora. No. Él estaba muy tranquilo en la Casa Blanca. Es cierto, tan cierto que, hasta donde se sabe, Hitler jamás visitó Auschwitz.

04 Agosto 2019 03:59:00
No es un país serio
La frase se le atribuye al doctor Demetrio Sodi Pallares, destacado especialista en electrocardiología y bien recordado maestro de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Se cuenta que en cierta ocasión uno de sus alumnos le planteó un problema surgido debido a la falta de congruencia entre las promesas del Gobierno y la realidad. Con flema británica, el doctor Sodi le aconsejó: “No se quiebre la cabeza, tome usted en cuenta que México no es un país serio”.

Años antes, André Bretón había descubierto rasgos marcadamente surrealistas en el devenir cotidiano de México. Sodi y Bretón, el médico y el escritor, coincidieron en sus apreciaciones, cuya pertinencia es demostrable en forma cotidiana.

El más reciente acontecimiento que avala la falta de seriedad de la sociedad mexicana ha sido la sorprendente y risible noticia sobre el reconocimiento hecho –un doctorado honoris causa, ni más ni menos– a la conductora de televisión Laura Bozzo, quien dirige programas que hacen equilibrio entre lo obsceno y lo nauseabundo.

El doctorado se lo otorgaron dos instituciones fantasmales, el Claustro Universitario y el Centro Universitario Inglés, que son seguramente –se vale sospechar– organismos dedicados a la venta de títulos académicos honoríficos. Hay varios similares funcionando en el país.

Hasta allí la cosa provoca hilaridad, pero el asunto se torna irritante al darse a conocer que la ceremonia de imposición de togas y birretes se llevó a cabo ¡en el recinto del Congreso de la Ciudad de México! Con Bozzo recibieron el honoris causa dos diputados de la legislatura capitalina cuyos merecimientos los conocerán, si acaso, en sus respectivos domicilios.

Resulta inaudito, pero también desalentador, que los señores representantes de los pobladores de la capital de la República se dediquen a organizar tales circos, como si no estuvieran ya bastante desprestigiados.

La señora Bozzo, alguna vez acusada de varios delitos en su país de origen, se hizo merecedora del título por su lucha en pro de las mujeres. Esto quizás porque en algunos de sus programas se dedica a exhibir y ridiculizar a maridos desobligados o infieles. ¡Vaya con la feminista!

Pero, ¿qué se puede esperar en un país donde el hombre que estranguló el tráfico de la Ciudad de México con un plantón de varias semanas en el Paseo de la Reforma, ahora no tiene empacho en defender la “ley garrote” de Tabasco, la cual criminaliza lo que él hiciera tantas veces a escala monumental?

¿O acaso les parece serio que el mismísimo Presidente de la República lance las campanas al vuelo porque el crecimiento de la economía alcanzó un deprimente 0.1 por ciento? Lo único que impidió que se brindara con champaña por tal triunfo en la conferencia mañanera fue el respeto al estricto régimen de austeridad. Sin embargo, poco faltó.

¿Y qué me dicen de la ocurrencia de los señores diputados estatales de Baja California, quienes en un gesto de generosidad le regalaron al candidato electo al Gobierno tres años más de mandato? Los bajacalifornianos lo votaron para un periodo de dos años, los cuales les parecieron pocos. Ellos no son cicateros.

¿Y la Constitución, apá? No sueñe: las constituciones funcionan en los países serios. Aquí, los diputados capitalinos prestan la casa del pueblo para que Laura Bozzo se doctore y sus homólogos bajacalifornianos, quienes juraron defender la Constitución, se la pasen por el arco del triunfo.

Tiene razón, doctor Sodi Pallares.
01 Agosto 2019 03:13:00
¿Por qué 1577?
A propósito de las fiestas del aniversario de la fundación de Saltillo se han externado opiniones acerca de cómo se llegó a la conclusión de que en 1977 se cumplieron 400 años de existencia de la ciudad. Se ha dicho, por ejemplo, que el entonces gobernador Óscar Flores Tapia eligió la fecha en forma arbitraria, para que el cuatricentenario coincidiera con su periodo de Gobierno. Nada más falso. A 42 años de distancia de aquella primera celebración es justo recordar por qué se fijó en 1577 el año de nacimiento.

Al no existir el acta oficial de la fundación de la Villa de Santiago del Saltillo, como se llamó originalmente la capital de Coahuila, un grupo de historiadores convocados, sí, por don Óscar, validó –a falta de otros datos– lo consignado en el llamado Documento del Parral, un legajo encontrado en 1950 por el historiador Wigberto Jiménez Moreno en la ciudad chihuahuense de ese nombre.

El documento, fechado en 1643, forma parte de un litigio del gobernador del Nuevo Reino de León, Matías de Zavala, con el de la Nueva Vizcaya (hoy Durango), Luis de Valdés, sobre a cuál de las dos provincias pertenecía la Nueva Almadén (Monclova), donde, según falsas noticias propaladas en aquellos días, se habían descubierto ricos yacimientos de plata.

Alegando el derecho de Nueva Vizcaya sobre la Nueva Almadén, el gobernador Valdés señalaba que, en 1577, Alberto del Canto, salido de esa provincia, había fundado la villa de Saltillo y las minas de La Trinidad en la hoy Monclova. En 1977 lo asentado en el Documento del Parral era la única referencia documental acerca de la fundación.

Debido a que el litigio en cuestión había ocurrido 66 años después de la fecha de la fundación señalada por el gobernador Valdés, existían y existen dudas sobre la veracidad del dato, utilizado, además, en medio de un pleito. Sin embargo, como hace 42 años era el único asidero documental para fijar la fecha de la fundación, se dio por bueno, mientras no surgieran otros indicios. Lo que se eligió en forma arbitraria fue el día, eligiéndose el de la fiesta de Santiago Apóstol, patrono de la villa.

La celebración del cuatricentenario se realizó por todo lo alto, y más de cuatro décadas después las autoridades municipales se esfuerzan por darle brillantez a los festejos. Vale recordar que antes de 1977 Saltillo nunca tuvo “fiesta de cumpleaños”, la cual hoy forma parte de la tradición citadina.

Años después, el historiador Carlos Manuel Valdés encontró en el Archivo de Indias de Sevilla una lista de fundaciones en el nuevo continente redactada años antes de 1577, en la cual aparece el nombre de Saltillo. Una importante aportación al mejor conocimiento de nuestro pasado.

Quienes ahora califican de capricho de un gobernante la fecha de fundación olvidan que la historia es, como dicen los angloparlantes, work in process. En otras palabras, trabajo siempre en proceso en el que los asertos de ayer pueden ser invalidados mañana al surgir nuevos datos. Por ejemplo: mucho tiempo se creyó que el fundador de Saltillo había sido Francisco de Urdiñola, con cuyo nombre se bautizó una importante calle, mientas el verdadero fundador, Alberto del Canto, permanece olvidado en la nomenclatura vial de la ciudad.

El afortunado y valioso hallazgo del doctor Carlos Manuel Valdés en el Archivo de Indias es, asimismo, una demostración de cómo se enriquece nuestro conocimiento de la historia. Sin embargo, resulta imposible predecir que esa será la última palabra sobre la fundación de Saltillo.
28 Julio 2019 04:01:00
Acto de justicia
Entre sus más preciadas posesiones, la cual exhibía de vez en cuando con inocultable orgullo, una vieja credencial lo acreditaba como corresponsal en Parras de la Fuente del periódico saltillense El Heraldo del Norte.

Tenía buenas razones para sentirse orgulloso, pues el documento había sido extendido a un muchacho llamado Roberto Orozco Melo, entonces estudiante de secundaria. En él se cumplió la sentencia de los viejos periodistas, según la cual quien huele la tinta de imprenta queda fatalmente inoculado por el amor al oficio.

Al hablar de su primera incursión en el periodismo, siempre reconoció su deuda con quien lo condujo y aconsejó al dar los primeros pasos, José Natividad Rosales, que llegó a ser colaborador de planta de la revista Siempre!, publicación dirigida por el legendario José Pagés Llergo.

Al paso de los años Roberto ocupó la Dirección de aquel periódico del que fue precoz corresponsal. La muerte de esa publicación le clavó una espina que logró sacarse hace ya más de medio siglo, emprendiendo la quijotesca empresa de fundar El Heraldo de Saltillo, un sueño sostenido casi únicamente por el entusiasmo.

El gusanillo del periodismo lo acompañó hasta sus últimos días. Fue una de sus pasiones. Otra, la política, en la que también incursionó desde joven. En ese resbaladizo terreno logró labrarse una carrera exitosa: diputado local, presidente municipal y secretario general de Gobierno, cargo, este último, desde el cual ofreció admirables lecciones de lealtad en medio de la tormenta mediática desatada al final del Gobierno de su jefe, el gobernador don Óscar Flores Tapia.

En ese difícil trance, culminado con la renuncia del Jefe del Ejecutivo coahuilense, Orozco Melo permaneció al lado de Flores Tapia mientras se registraba una vergonzosa desbandada de falsos amigos y excolaboradores convenencieros del hombre en desgracia.

Dato importante: el último libro que alcanzó a publicar Roberto fue de recuerdos de su relación con Flores Tapia, a quien conoció siendo un reportero bisoño con la encomienda de entrevistarlo cuando era dirigente estatal del PRI. Así nació la amistad entre los dos, la cual navegó inalterable a través de triunfos y adversidades hasta la muerte de don Óscar.

Amistad. Esa sería, desde mi perspectiva, la palabra clave para definir como ser humano a Roberto Orozco Melo, a quien tuve el privilegio de llamar mi amigo. Por ello, debo reconocerlo, me es imposible ser totalmente objetivo al escribir estas líneas. Sin embargo, estoy seguro de que decenas de personas que disfrutaron de su amistad avalarán mis apreciaciones.

Poseía, además, la cualidad de trasmitir la alegría de vivir. Ingenioso, ameno contador de anécdotas, era el compañero ideal en noches dedicadas a la música y a recordar poesías. Él mismo fácil versificador, dio a la imprenta un libro de poesía traspasado por el dolor causado por la prematura muerte de su hermano mayor. Pero también, en su vena humorística, jugando con las palabras era capaz de improvisar una muy gozosa oda a las virtudes de las nueces de Parras.

El jueves pasado, el Ayuntamiento otorgó a su memoria la Presea Saltillo, reconocimiento a un hombre que desde los puestos públicos y a través de sus colaboraciones periodísticas luchó siempre por el bien de la ciudad, porque él tuvo el corazón repartido entre su natal Parras de la Fuente y la capital de Coahuila, donde residió la mayor parte de su vida y formó a su familia. Plausible acto de justicia.
25 Julio 2019 04:00:00
Clase gratuita
Obstinado en no abandonar su papel de ave de tempestades mediáticas, el presidente Andrés Manuel López Obrador encuentra casi todos los días la forma de acaparar espacios y críticas con sus declaraciones. La más reciente intervención presidencial controvertida fue el insólito debate armado por el Mandatario y el periodista coahuilense Arturo Rodríguez de la revista Proceso durante la conferencia de prensa mañanera.

Luego de acusar a Proceso de no haberse portado bien con la cuarta transformación, el Presidente pretendió asestarle a Rodríguez y al resto de los periodistas presentes una clase gratuita de ética. Para rematar informó a los informadores que él ya casi no lee Proceso desde que dejó la dirección Julio Scherer García y arremetió contra otras publicaciones, que tampoco se han portado bien.

Para ello se remontó a más de 100 años atrás, demandando de los comunicadores militar bajo las banderas de la 4T. Al hacerlo olvidó, entre otras cosas, la historia del periodismo. En el siglo 19 las publicaciones eran facciosas. Se fundaban con el propósito de defender un partido o una ideología. El cambio surgió a principios del siglo pasado en Estados Unidos con la llamada penny press, cuyo postulado es la búsqueda de la objetividad al ofrecer la información, despojándola, hasta donde ello es posible, de cualquier tinte político, religioso o ideológico.

Hoy, la mayoría de los medios del mundo, salvo contadas excepciones, han adoptado esta forma de hacer periodismo, como bien le recordó Rodríguez al Presidente, quien, por el contrario, piensa en los “buenos” periodistas de la Reforma, poniendo a Francisco Zarco como ejemplo, y a los antiporfiristas hermanos Flores Magón. Los buenos periodistas, remató, palabra más o palabra menos, siempre han apoyado las transformaciones.

Esta dicotomía tabasqueña coloca en el bando de los malos a periodistas tan valiosos como Guillermo Prieto, quien ponía de oro y azul a Juárez cuando buscó una nueva reelección, olvidando también que Ricardo Flores Magón de antiporfirista furibundo pasó a ser antimaderista igualmente furibundo. (¿Acaso don Guillermo Prieto y Ricardo Flores Magón brincaban del bando de los “buenos” al de los “malos, según las circunstancias?).

Bien vista la cosa, la discusión tiene ribetes de bizantina. Sin embargo, lo que sí resulta preocupante es el trasfondo: cómo concibe el Presidente su Gobierno. Se diría que desde su particular punto de vista, la 4T, armada sobre buenas intenciones, es una suerte de bloque pétreo sin fisuras, errores o desviaciones, merecedor de críticas, con un lugar de privilegio asegurado desde ahora en la Historia. Así, con mayúscula.

Esta posición recuerda al viejo catecismo del padre Ripalda y su incuestionable sentencia, según la cual “fuera de la Iglesia no hay salvación”, o bien la advertencia de Trotski refiriéndose a los enemigos de la revolución después de la toma del Palacio de Invierno: “A los que se han ido y a los que nos hacen tales propuestas [contrarias al bolcheviquismo] les decimos: ‘¡Ustedes son gentes aisladas y tristes [conservadores, fifís y neoliberales]; han fracasado; su papel ha terminado! ¡Váyanse a donde pertenecen: al basurero de la historia!’”.

Mesianismo crudo. Pero eso sí, expresado “con todo respeto”.



Viejo cuento

Un hombre austero intentó enseñar a su caballo a no comer. Cada día reducía el pienso que daba al animal. Todo iba muy bien, pero cuando el caballo ya casi había aprendido a no comer, se murió.
21 Julio 2019 04:00:00
Desfiguros
Es por demás, ya no hacen a los expresidentes como antes. Los que dejaron recientemente el cargo se dedican, dirían mis tías, a hacer puros desfiguros.

Ernesto Zedillo es el último de los expresidentes del viejo estilo. De aquellos que al salir de Palacio Nacional eran conscientes de que concluía su mandato y con ello terminaba el periodo de estar a la mitad del foro con los reflectores encima. A partir de ese momento el papel principal tocaba al sucesor. Hubo, por supuesto, excepciones.

Fue el presidente Lázaro Cárdenas el encargado de trazar la frontera entre el pasado y el presente. Cansado de las intromisiones de Plutarco Elías Calles y los callistas en su Gobierno, la madrugada del 10 de abril de 1936 un piquete de soldados sacó de la cama al hasta entonces Jefe Máximo de la Revolución
Mexicana y lo condujo a un avión que lo llevaría a Estados Unidos.

Ese mismo día Cárdenas exigió la renuncia a todos los altos funcionarios ligados políticamente. El mensaje era claro: gobierna el Presidente en turno y el que dejó de serlo se va a su casa.

Sin embargo, al terminar su sexenio rompió la regla que él mismo impusiera. Ocupó cargos públicos, entre ellos la Secretaría de la Defensa Nacional en un momento crítico: cuando México había declarado la guerra al eje Alemania-Japón.

Posteriormente, su simpatía por la Revolución Cubana y su admiración por Fidel Castro lo llevaron a encabezar una manifestación en el zócalo de la Ciudad de México. Allí anunció su intención de viajar a la isla que en esos momentos sufría la invasión de Playa Girón.

Después de un cambio de impresiones con el presidente Adolfo López Mateos, según se dijo entonces, Cárdenas volvió a la penumbra del segundo plano tras asegurar que su visita a Cuba resultaba innecesaria, pues el Gobierno de Castro había aplastado ya a los invasores de Playa Girón.

A su vez, López Mateos fue fugaz presidente del comité organizador de las Olimpiadas de 1968, puesto que abandonó debido a su mal estado de salud.

Cuando José López Portillo consideró que su antecesor, Luis Echeverría, asumía un papel en exceso protagónico con el tema del Tercer Mundo, lo mandó de embajador a las Islas Fiji, al no encontrar en el mapa lugar más lejano.

Miguel de la Madrid escenificó comentado desliz en una entrevista con Carmen Aristegui, señalando actos de corrupción cometidos por Carlos Salinas de Gortari. De inmediato lo desmintió su propia familia, achacando la indiscreción a problemas de la edad del expresidente.

En todos estos casos la ruptura de la regla de oro impuesta por Cárdenas puede calificarse de episódica. El Presidente en turno se ocupó, de una manera u otra, de meter al orden a quienes contravenían el acuerdo no escrito.

Hoy, en cambio, los expresidentes hablan hasta por los codos; opinan, critican, participan en la televisión, forman partidos políticos, se enzarzan en controversias por tuits –y el Presidente les responde–, presumen en las redes sociales sus pasos de baile o acaparan las portadas y las páginas de las revistas del corazón en fotografías con su pareja cargada de rosas.

Empeñados en hacer sus aportaciones al desconcierto nacional, los expresidentes Fox, Calderón y Peña Nieto se dedican únicamente a meter ruido, mucho ruido —Joaquín Sabina dixit—, sin aportar nada constructivo, ninguna idea, no digamos original, ni siquiera sensata, Exhibicionismo puro.

Perdón por usar una frase muy gastada, pero adecuada al caso: “Calladitos se ven más bonitos”.
18 Julio 2019 04:05:00
Mi querida maestra
Leer la noticia fue entrar en una imaginada y nostálgica máquina del tiempo. Las hojas del calendario desaparecían con una rapidez vertiginosa, volviendo un parpadeo los años que se sucedían con numeración en orden descendente. De pronto me vi de nuevo en el pequeño pupitre color café del salón de segundo año en el primer patio del antiguo edificio del Colegio Zaragoza.

Iniciábamos una nueva aventura. Expectantes, vimos a la maestra colocarse de espaldas al pizarrón. Muy joven y muy bella se dirigió a la veintena de moconetes que, estrenando libros y cuadernos, la veían entre fascinados y temerosos.

“Buenos días. Yo soy Magdalena Garza Treviño y seré su profesora este año”. Han pasado más décadas de las que yo quisiera, pero todavía recuerdo, como si la estuviera oyendo, su cálida bienvenida cargada de bondad. Ella, como dicen de Afrodita los poetas, continuamente nos regalaba el esplendor de su sonrisa. El mío, lo confieso, fue amor a primera clase, sin saber todavía a mis 7 años qué era eso que llamaban amor.

Resultaba cautivante su serenidad. Jamás la escuché alzar la voz; vaya, ni siquiera endurecer el tono. Carácter acorde a su hermoso rostro clásico. Mucho tiempo después, al contemplar esculturas griegas en la gliptoteca de la Academia de San Carlos, seres humanos de rostros inmutables viendo, no sabe uno si al horizonte o a la eternidad, la recordaba, diciéndome: “Yo he tenido la fortuna de conocer a una dama de brillantes y grandes ojos cuya mirada es igual a estas de mármol”.

Pasó el tiempo –que es lo que mejor sabe hacer, dice Benito Pérez Galdós– y cierta noche la encontré a la salida de un teatro de la Ciudad de México. Iba con su esposo, el licenciado Salvador González Lobo. Pareja perfecta, pues don Salvador merecía, parafraseándola, aquella línea de Manuel Machado dedicada a Felipe IV: “Nadie tan caballero ni pulido”.

Fue amantísima esposa. El licenciado Salvador González Lobo perdió la vista y se contaba que en el hogar de ambos la maestra Magdalena tenía prohibido cambiar de lugar, así fuera un centímetro, muebles y objetos, para que su marido pudiera moverse utilizando la memoria. Enviudó joven y volvió a contraer matrimonio.

La reencontré mucho tiempo después. Seguía tan bella como aquel lejano día en el Colegio Zaragoza. Nunca le abandonó esa cualidad indefinible que mi señora abuela llamaba “clase”. Llevaba su belleza con sencillez ajena a cualquier rasgo de ostentación. Formó una maravillosa familia y no hace mucho le organizaron un festejo con motivo de su cumpleaños número 90.

Hay seres que se vuelven inolvidables. La profesora Magdalena es una de esas personas. Siempre le estaré agradecido por aquel curso que debió principiar nerviosa, pues seguramente acababa de terminar sus estudios en la Escuela Normal. Decían los viejos y severos profesores que la letra con sangre entra. Nada más contrario a su forma de enseñar. Uno bebía el conocimiento envuelto en amabilidad, ansioso de resultarle agradable y merecer su aprobación.

No sé si lo siguiente sea una alabanza para ella, pero quien esto escribe no sería lo que es si no hubiera estado, hace ya muchos años, en aquel pequeño pupitre color café del Colegio Zaragoza mirando a una bellísima mujer cuyas primeras palabras fueron: “Buenos días. Yo soy Magdalena Garza Treviño y seré su profesora este año”.

Se equivocó: fue y será mi maestra siempre…. siempre.
14 Julio 2019 03:00:00
Tiempos atípicos
¡Vaya semana! Parecería que los acontecimientos se aceleran sin dar tiempo a la reflexión y al análisis. Los días anteriores han sido de sorpresas. La primera de ellas, la renuncia a la Secretaría de Hacienda de Carlos Urzúa, lo cual ya es para cimbrar al país.

A esto agregó la atípica manera de hacerlo, al señalar las razones por las cuales dejaba el cargo, culpando al manejo errático del Gobierno de las finanzas públicas y a la intromisión de otros poderosos funcionarios que le incrustaron en el equipo personas carentes de los más elementales conocimientos relativos al manejo de Hacienda.

No cabe duda de que la Cuarta Transformación ha traído cambios, cuando menos en la forma de actuar de los servidores públicos. Antes, los funcionarios renunciaban –o los renunciaban– “por motivos de salud” o “motivos personales”, aunque todavía llevaran pintada la suela del zapato de la patada que les dieron allá donde les platiqué.

Hoy no. Funcionario que se va, da a conocer las razones por las cuales lo hace, todas ellas –es el caso del Instituto Mexicano del Seguro Social y la Secretaría de Hacienda– acompañadas de una lista de las fallas derivadas de la mala conducción del Gobierno, lo que les impidió realizar correctamente la tarea encomendada.

También nos enteramos de la atípica decisión del Congreso de Baja California, a cuyos diputados se les ocurrió la puntada de regalarle tres años más de poder al recientemente electo gobernador, Jaime Bonilla. No les importó a los señores legisladores que los bajacalifornianos hayan votado para conceder al candidato triunfador un periodo de dos años. Se les hizo poco y de un plumazo alargaron el periodo a cinco. ¡Faltaba más! ¡Qué tanto
son 36 meses!

Pésimo precedente. Si tal cosa prospera, al Congreso federal podría ocurrírsele cualquier día que los diputados amanezcan dadivosos, que seis años son muy pocos para desarrollar un programa de Gobierno, y alargarlo a ocho o 10 o, para no verse roñosos, declarar que la Presidencia de la República es vitalicia. ¿Por qué no?

Ya fuera como distractor o cortina de humo, las autoridades detuvieron y encarcelaron al licenciado Juan Collado, uno de los más conocidos del país por ser o haber sido abogado de personajes prominentes, como Carlos Salinas de Gortari. Se le acusa de lavado de dinero y otras lindezas. Su aprehensión se hizo en público de la gente, como reza el famoso corrido, mientras comía en un restaurante de lujo con Carlos Romero Deschamps, el impresentable y eterno líder de los petroleros, quien, entre paréntesis, tampoco es un dechado de honradez.

Me disculpo con mis lectores por volver a noticias de las que seguramente se enteraron en los periódicos, la televisión, la radio o las redes sociales, pero lo hago a modo de terapia, tratando de asimilar lo ocurrido en tan corto tiempo.

Esta acumulación de acontecimientos empieza a dibujar el perfil de una Cuarta Transformación llena de sorpresas. Ya no se hacen las cosas como antes. No sabemos si será para bien o para mal, pero lo cierto es que en México vivimos tiempos atípicos, inéditos.

Un México donde el presidente López Obrador dice una cosa y luego se contradice –remember el metrobús lagunero–, y sus excolaboradores se le lanzan a la yugular después de presentar la renuncia. Nada es como solía ser y debemos irnos acostumbrando a las sorpresas. Para completar la lista de casos atípicos: ¡No llovió en la inauguración de la Feria de Saltillo!
11 Julio 2019 04:05:00
De no ser por México
Este año se cumplen 80 de uno de los capítulos más brillantes de la historia de la diplomacia mexicana: el arribo a México de miles -algunos calculan 25 mil- de refugiados españoles, a los que el Gobierno del general Lázaro Cárdenas les abrió las puertas. Los exiliados huían de su país después del fin de la República y el triunfo de Francisco Franco, que iniciaba ya una cruenta cacería de sus enemigos. Los fusilamientos estaban a las órdenes del día.

Como parte de las conmemoraciones del aniversario, José María Muriá, hijo de un catalán refugiado en México, ha publicado De no Ser por México, libro en el que recupera episodios fundamentales de la época.

Nadie mejor que Muriá para emprender esta tarea. En él se conjugan dos factores que le proveen de idoneidad: su historia familiar -la Guerra Civil y el exilio están en su ADN- y la larga lista de investigaciones que ha realizado acerca de la inmigración auspiciada por el presidente Lázaro Cárdenas, decisión que hizo agigantarse la estatura moral de México. Además, sus años como director general del Archivo y Bibliotecas de la Secretaría de Relaciones Exteriores, le brindaron la oportunidad de familiarizarse con los documentos relacionados con esta época, en la cual esa secretaría jugó un papel fundamental.

El doctor Muriá no escribió De no Ser por México pensando en la actualidad del tema. Su intención fue muy otra: participar con su pluma en las conmemoraciones del octogésimo aniversario del arribo de los exiliados españoles a tierras mexicanas. Sin embargo, como dice el clásico, los libros tienen su destino, y el de este fue aparecer en un momento en que la migración y sus punzantes aristas de sufrimiento encabezan la agenda de muchos gobiernos y de los medios de comunicación masiva.

En el libro aparecen mexicanos y españoles cuyos destinos se entrelazaron en un momento de crisis. En esta, la diplomacia mexicana alcanzó altísimas cotas de humanitarismo.

El exilio, lo ha dicho Javier Garciadiego, fue “para España una tragedia y para México un regalo”. Espléndido regalo, pues vino a ensanchar horizontes culturales y artísticos, cuya concreción tangible fue obra de un mexicano, Daniel Cosío Villegas, y de un trasterrado, el filósofo José Gaos, piedras fundamentales de lo que fue la Casa de España, hoy El Colegio de México.     

Dos de las muchas virtudes del libro son la tersura de estilo y la variedad de los temas. Por sus páginas desfilan republicanos, diplomáticos, mexicanos que se unieron a las Brigadas Internacionales, los niños de Morelia y hasta el futbol con las visitas a México del Barcelona y una Selección Vasca.

Dato curioso: el blaugrana jugó en México durante una gira mundial organizada para recabar fondos que ayudaran a sacar a flote las maltrechas finanzas del equipo, deterioradas por la Guerra Civil. La gira fue un éxito deportivo y económico.

La presentación de De no Ser por México, anoche en el Centro Cultural Vito Alessio Robles, dio la oportunidad de recordar a un exiliado español, catalán para más señas, don Wifredo Bosh Pardo, quien vino a Saltillo a enriquecernos culturalmente. Llegó a estas tierras después de estar recluido en el campo de concentración Le Barcarés, en Francia. Fue un abogado y periodista, al que debemos, entre otras muchas aportaciones, el primer rescate y publicación del texto de una pastorela coahuilense. Personaje inolvidable por su saber y su bonhomía.

(Excerpta de la presentación de De no Ser por México).
07 Julio 2019 04:04:00
La CNDH en la mira
La feroz arremetida del Gobierno de la Cuarta Transformación contra la Comisión Nacional de Derechos Humanos ha vuelto nebuloso el futuro de esta institución y el de las similares de los estados.

Al responder a una recomendación de la CNDH sobre la desaparición de las estancias infantiles, en vez de argumentar los motivos por los cuales no la aceptaba, la subsecretaria de Bienestar, Ariadna Montiel, la acusó de que “durante el periodo autoritario neoliberal en lugar de ser la institución que defendiera al pueblo de las atrocidades cometidas por las autoridades y sus protegidos”, se convirtió en un “instrumento de simulación para mantener la impunidad del régimen de injusticias, corrupción y privilegios”.

Lo peor vino después, cuando el propio Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, avaló la andanada de la subsecretaria Montiel, señalando que la recomendación era “una vergüenza” y que su Gobierno no la aceptaba por ser “violatoria de los derechos humanos”.

En otro flanco de la embestida, Morena y el Partido del Trabajo presentaron en el Congreso una iniciativa de ley para desaparecer a la Comisión y los organismos estatales homólogos, sustituyéndolas por una Defensoría del Pueblo con delegaciones en todo el país.

La tormenta se desata cuando en Coahuila acaba de tomar posesión el nuevo presidente de la Comisión de Derechos Humanos, Hugo Morales Valdés. Y lo hace bajo la amenaza legislativa de desaparecer el organismo para crear una Defensoría del Pueblo, lo cual no es una novedad pues en algunos países, España entre ellos, al ombudsman se le conoce como Defensor del Pueblo.

A 27 años de existencia, la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Coahuila enfrenta lo que podría configurar su peor crisis y extraña que no se hayan alzado más voces para defenderla de los ataques de las altas esferas del Gobierno federal.  El exombudsman de la Ciudad de México, Luis de la Barreda Solórzano, ya lo hizo: publicó en Excélsior un fundamentado artículo recordando lo que han representado las comisiones en la cultura de los derechos humanos, calificando de aberración el deseo de suprimirlas.  

Esta posición deben secundarla otras instancias, como los Congresos estatales. El de Coahuila hace apenas unos días designó al nuevo titular del organismo, por lo que con la desaparición de las comisiones quedaría en un papel muy desairado.

La situación puede tornarse más difícil aún debido al saldo negativo en el estado al revisarse el número de recomendaciones emitidas a distintas autoridades y las que se han cumplido. Según noticias aparecidas en la prensa, de 2015 al pasado mes de julio solamente 17 de las 456 recomendaciones hechas han sido atendidas, lo que representa un pobrísimo 3 por ciento.

Ante este desdén se ha revivido la vieja idea de convertir en vinculatorias las recomendaciones, es decir, volverlas ordenamientos legales cuyo incumplimiento acarrearía sanciones a los incumplidos. El desaparecido Jorge Carpizo McGregor, primer presidente de la CNDH, consideraba impracticable esto, pues decía que, al volverse obligatorio por ley cumplir las recomendaciones, cabría la posibilidad de que quienes las recibieran acudieran al amparo.  

La fuerza del ombudsman no está en la ley, sino en su fuerza moral, para que el incumplimiento de las recomendaciones resulte costoso al prestigio de la autoridad remisa. En esto, la sanción de los medios de comunicación juega un papel de primera importancia.
04 Julio 2019 04:00:00
Biblioteca Saltillo
En 1977 un grupo de historiadores, basado en los datos contenidos en el llamado Documento del Parral, fijó en el año de 1577 la fundación de la Villa de Santiago del Saltillo, a reserva de que se encontrara información más confiable que la ofrecida por el mencionado documento. Así, a partir de ese año la capital de Coahuila celebró por primera vez su cumpleaños. En los 399 anteriores no hubo ni pastel ni Mañanitas para la ciudad.

Es justo recordar que fue el entonces gobernador de Coahuila, don Óscar Flores Tapia, quien convocó a los historiadores y organizó los muy lucidos festejos del cuatricentenario.

Esta ya venerable ciudad ha dado tema a numerosos libros y ensayos, aunque, debe decirse, todavía hace falta una historia que actualice las ya publicadas nutriéndose en los archivos, modelos de organización, que ahora existen y antes eran poco menos que inaccesibles.

Los primeros apuntes sobre la hoy pujante capital de Coahuila se los debemos al sacerdote Pedro Francisco de la Fuente, quien fuera párroco de San Esteban y luego de Santiago, hoy catedral. El padre Fuentes, como se le conoce, escribió unos apuntes sobre la historia de Saltillo en 1792, considerados el primer intento de rescatar el pasado de la ciudad. Don Javier Guerra Escandón los publicó en 1976.

En su Catecismo de Coahuila (1886), Esteban L. Portillo dedica un capítulo a Saltillo, aderezado con noticias históricas y estadísticas de la época. Fue él quien siguió la ruta trazada por el padre Fuentes hacía ya 94 años.

Habría que esperar el siglo 20 para que alguien más acometiera la tarea. Don Tomás Berlanga, famoso como orador, es el autor de una Monografía Histórica de Saltillo (1922). El plausible esfuerzo de don Tomás incluye noticias transmitidas oralmente.

Los hermanos Vito y Miguel Alessio Robles también se ocuparon del tema. Don Miguel le dedicó a su población natal dos pequeños volúmenes, La Ciudad de Saltillo (1932) y Perfiles de Saltillo (1933), que conoció una segunda edición cuatro años después. En Saltillo en la historia y en la leyenda (1934), don Vito recoge estampas del pasado con un estilo ligero. El libro tuvo recientemente una segunda edición.

Sería imperdonable no consignar en este quizá incompleto esbozo de bibliografía los sabrosos Relatos e historias de Saltillo (1947) de don José García Rodríguez, primer cronista de la ciudad, poseedor de un estilo inigualable. Otra crónica, enfocada a la mitad del siglo pasado, se debe a don Óscar Flores Tapia, quien en su Herodes hace un recorrido por las calles y los personajes saltillenses.

Promovido por doña Margarita Talamás de Gutiérrez Treviño, en los años 70 del siglo anterior apareció En Saltillo, Dijeron y Dirán, compilación de textos de varios autores. El volumen resulta especialmente interesante por contener una historia de la pintura local de Mario Herrera. La Crónica del Saltillo Antiguo, de J. de Jesús Dávila Valdés apareció en 1974.

Debemos al ingeniero Pablo M. Cuéllar la Historia de la Ciudad de Saltillo (1975), la más completa de las escritas hasta ahora, que continúa siendo de obligada consulta. En 2000, el profesor Jesús Alfonso Arreola dio a la imprenta una Breve Historia de Saltillo, y en Los Ojos Ajenos (1993), quien esto escribe compiló descripciones de la ciudad hechos por viajeros.

Magnífico regalo para la cumpleañera sería que a alguien decidiera formar con estos títulos, ya inconseguibles, una Biblioteca de Saltillo. ¿Quién dijo yo?
30 Junio 2019 03:00:00
Allende, herida abierta
Ofrecer disculpas hubiera resultado un recurso simplemente retórico. Insuficiente, por supuesto. En nada ayudaría, ni mucho menos serviría de consuelo a los deudos de las víctimas, a quienes perdieron un hermano, un padre, un hijo, un sobrino o un amigo. Ante tragedias de esa magnitud sobran las palabras, pero gracias a un punto de vista compartido por los tres niveles de Gobierno, la ceremonia habida en Allende, Coahuila, el jueves anterior, pasó de ser un acto meramente protocolario para convertirse en un compromiso expresado en público y difundido por los medios de comunicación.

El que el Estado –considerado como un todo incluyente de todas las instancias de Gobierno– reconozca que en un momento quienes lo formaban fueron omisos ante un acto delictivo o, en el peor de los casos, estuvieron coludidos con quienes lo perpetraron, es ya un primer paso. Es, en otras palabras, el reconocimiento de la culpa, la cual seguirá viva mientras no se haga justicia.

En Allende se fue más allá con la promesa de investigar en serio qué ocurrió y qué autoridades se vieron presumiblemente involucradas. Al hacer uso de la palabra, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, fijó la posición del actual Gobierno frente a los días de terror y muerte que vivieron los habitantes de Allende hace ocho años:

“Estas autoridades –dijo–, durante la masacre y a pesar de las llamadas de auxilio, tomaron la decisión de no intervenir; peor aún, funcionarios públicos levantaron a pobladores y los entregaron a esta organización criminal (la de los Zetas) sabiendo cuál sería su destino”. Más adelante se comprometió a “seguir investigando hasta encontrar a los
culpables”.

El gobernador del Estado, ingeniero Miguel Ángel Riquelme Solís, compartió la postura y el compromiso de la secretaria Sánchez Cordero al reconocer que la matanza fue ejecutada “con la complicidad del Estado”.

Habrá quienes, escépticos, consideren que estos fueron solamente discursos, palabras pronunciadas al calor del cumplimiento de una recomendación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Sin embargo, lo que en Allende se dijo el jueves quedó documentado en los medios impresos y por lo tanto podrá en cualquier momento reclamarse a las autoridades el incumplimiento de sus
compromisos.

La masacre de Allende es una de las páginas más negras en la historia de Coahuila. La vesania de sus ejecutores y la pasividad de las autoridades, ya fuera por omisión, por miedo o por complicidad, potencia su horror. El único crimen masivo comparable fue la matanza de los chinos en Torreón en mayo de 1911 durante la Revolución Maderista. El número de víctimas fue de 303. (En Allende, a ocho años de distancia, aún no se conoce la cifra exacta de personas asesinadas).

Las autoridades federales y locales tienen la ineludible obligación de ahondar las investigaciones de lo ocurrido hasta donde ello sea humana y técnicamente posible, y castigar a quienes resulten culpables, sean delincuentes o autoridades.

Es ilusoria la tentación de dar vuelta a una hoja que, como esta, chorrea sangre, lágrimas y justa indignación. Allende es un capítulo denigrante en la historia de Coahuila. Por la salud mental y social del estado resulta necesario que se cumplan las promesas hechas el jueves anterior. El compromiso está hecho y publicado y contra lo que opinan muchos, los mexicanos sí tenemos memoria y la tenemos más cuando se trata de heridas que se niegan a cicatrizar.
27 Junio 2019 04:04:00
Lluvia de renuncias
A poco más de tres meses de tomar posesión del cargo, Abraham Nuncio Limón renunció a la Dirección de la Biblioteca Vasconcelos. Una renuncia más en esta tormentosa temporada de dimisiones. Fue una mala experiencia para el catedrático e investigador de la Universidad Autónoma de Nuevo León, quien llegó a la biblioteca con decenas de planes en la cabeza y se topó con un movimiento de empleados y trabajadores que desembocó en el cierre del recinto. Todo por obra y gracia del programa de austeridad de la cuarta transformación.

El problema empezó a incubarse incluso antes de su nombramiento con el despido del promotor de lectura Daniel Goldin, el cual provocó una fuerte reacción en los círculos culturales. Artistas e intelectuales calificaron de injusta la salida de Goldin, por el gran papel de promotor cultural que realizó cuando estuvo en la Vasconcelos. Debido a ello, el arribo de Nuncio Limón se dio en una atmósfera enrarecida anunciadora del posterior conflicto.

Con hondas raíces coahuilenses –es de los Nuncio de Arteaga–, Abraham vino a Saltillo a cursar la carrera en la entonces Escuela de Leyes de la Universidad de Coahuila. Inquieto, congruente con sus ideas de izquierda, demostró siempre un activismo social que lo llevó a encabezar en 1968, junto con otros saltillenses, un movimiento estudiantil local, réplica del de la Ciudad de México. Lo detuvieron y fue recluido en la Sexta Zona Militar. Enemigo de dramatizar, al salir del cuartel que le sirvió de prisión habló del trato respetuoso del que fue objeto por parte de los militares.

Se avecindó en Monterrey, donde se ha convertido en un destacado miembro de la intelectualidad regiomontana, y a donde regresará a su cubículo y a los estudios sociales que le apasionan. Su salida de la Vasconcelos es un signo ominoso más en el horizonte cultural de México y ejemplo de los perjudiciales recortes realizados sin ton y son a los presupuestos de las instancias dedicadas a la promoción del arte, la literatura y el desarrollo de la ciencia. Como se sabe, el machetazo tocó ya al Instituto Mexicano de la Radio, que perdió una de sus voces más inteligentes, la de Ricardo Raphael.



Viejas nuevas lecciones

El interés de los políticos actuales por las encuestas que real o supuestamente miden su popularidad, se les ha vuelto manía. Leyendo Mendizábal, novela de la tercera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, se encuentra un párrafo que se diría cortado a la medida para quienes tanto se preocupan por su popularidad. Pérez Galdós escribe esto a propósito de Juan Mendizábal, fugaz hombre fuerte de España en 1835, pero podría resultar ilustrativo a muchos hombres públicos que hoy se mueven en el escenario nacional:

“El motivo de estas pequeñeces es que el grande hombre considera la popularidad como el principal fundamento de su fuerza, y le saca de quicio todo lo que puede mermar o poner en peligro ese fantástico y vano poder. ¡Qué error! Fíjate en esto para que vayas aprendiendo. La fuerza la da el buen gobernar, el cumplimiento de lo que se ha ofrecido, la energía, la rectitud; de todo esto sale al fin el aura popular. Pero pretender el calor de la opinión cuando no se hace nada, o se hacen las cosas a medias, es grande ceguedad... La confianza en un prestigio ilusorio perderá a este buen señor, que podría indudablemente regenerar el país si se cuidara menos de aspirar el incienso que le echan sus aduladores y paniaguados”.
23 Junio 2019 03:00:00
Contrasentido
La decisión del Presidente de la República de suspender el proyecto del Metrobús de la Comarca Lagunera, que conectaría de manera rápida, cómoda y eficiente a Matamoros, Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, fue un duro golpe que afecta a uno de los problemas más urgentes de los muchos que enfrentan las grandes ciudades y los núcleos urbanos en crecimiento explosivo: la conectividad.

El incremento del número de vehículos, aunado al desastroso sistema de transporte colectivo, constituye un binomio fatal.

Por un lado, dispara el número de horas-hombre improductivas debido a la lentitud de los traslados, y por el otro aumenta el consumo de carburantes con el consiguiente recrudecimiento de la contaminación.

Las grandes urbes, llámense Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara, ya sufren periódicas crisis por la contaminación del ambiente. Hace unas semanas, en la capital de la República las autoridades se vieron precisadas a tomar medidas drásticas debido a la peligrosa presencia de contaminantes. Monterrey ya bordea el riesgo del colapso. No es necesario ser un especialista para predecirlo: basta ver la ominosa nata gris que cubre diariamente a la capital nuevoleonesa para darse cuenta de la gravedad de la situación.

Y no es válido alegar que las mejoras en la conectividad benefician únicamente a clases medias y altas. Falso. En principio, el aire que respiramos no distingue narices proletarias y narices “fifís”. El oxígeno o la falta de este es absolutamente democrático. El cada vez más frecuente congestionamiento vehicular perjudica tanto a los automovilistas como a obreros, estudiantes y amas de casa que usan el transporte colectivo. Los atascos hacen perder tiempo a todos.

Lo ocurrido en Gómez Palacio, Durango, amenaza con tener consecuencias insospechadamente peligrosas al retrasar, o de plano desalentar, inversiones en obras semejantes. Por lo pronto, el Metrobús de Saltillo quedó en suspenso ante la muy probable negativa del Gobierno federal de facilitar los fondos necesarios para la obra.

Es fatal que el crecimiento del sector industrial y demográfico de la ciudad potencien el problema, cuando ya hay planes de coinvertir el núcleo fabril del valle de Derramadero en una ciudad satélite. ¿Cómo podrán conectarse en forma rápida y segura los dos centros de población, cuando la carretera que los une registra atascos vehiculares un día sí y otro también?

Resulta incomprensible que el Gobierno federal busque urgentemente el incremento de las inversiones tanto nacionales como extranjeras y la creación de empleos, mientras suspende de un plumazo proyectos tendientes a movilizar a empleados y obreros de las industrias que ya hay y las que sus gestiones, de ser exitosas, atraigan. Eso es tanto como querer meterse a la alberca sin querer mojarse.

Como los griegos

Al responder a las críticas de lo ocurrido en Gómez Palacio, donde a mano alzada suspendió el Metrobús, en la conferencia mañanera el Presidente acusó a sus críticos de no ser demócratas, pues, afirmó, palabras más, palabras menos, que así funcionaba la democracia en Grecia. En efecto, los atenienses se reunían en el ágora para resolver asuntos públicos, pero asistían todos los interesados en cuestiones atañederas al Gobierno de la ciudad, no quienes iban solo a recoger tarjetas que les permiten recibir subsidios gubernamentales. Además, votaban después de escuchar a oradores, arguyendo en pro y en contra del tema.

Hay diferencias, creo.
20 Junio 2019 04:00:00
Está en campaña
Imposible no establecer comparaciones, guardando las distancias, por supuesto. Cecil B. de Mille y sus costosísimas producciones cinematográficas en versión casi indigente. El Circo Romano repleto de millares de extras. En el palco principal, con gesto de cruel aburrimiento, el emperador Nerón contempla el espectáculo que enardece a la multitud. Ha sido una tarde llena de emociones. En el primer número, cumpliendo con su papel, una manada de leones hambrientos convirtió en brunch a media docena de cristianos.

En este momento combaten dos gladiadores. Uno, armado con espada. El otro maneja una red. La lucha es encarnizada. El de la red atrapa a su contrincante, lo desarma, lo somete y amenaza con degollarlo. Antes de proceder a rebanarle el cuello, vuelve la cara hacia el palco del emperador en espera de instrucciones. Nerón mira al público. Solicita silenciosamente su veredicto. A mano alzada, el gentío condena a muerte al vencido y el emperador traduce el sentir popular levantando la mano con el pulgar hacia abajo. El gladiador derrotado muere víctima de una consulta popular dizque democrática.

(Cualquier parecido con hechos y personas de la vida real es simple mala leche).

La semana anterior, el presidente Andrés Manuel López Obrador, cual César vestido de guayabera, preguntó a la multitud si era conveniente construir el Metrobús que conectaría a cuatro municipios de la Región Lagunera, o mejor destinar ese dinero a otras obras. El alborozado gentío rechazó el proyecto y el Presidente, sin mostrar la mano derecha con el pulgar hacia abajo, declaró la muerte del Metrobús en el tramo correspondiente al estado de Durango.

Los gobernadores de Coahuila, ingeniero Miguel Ángel Riquelme Solís, y el de Durango, José Rosas Aispuro, hicieron pública su molestia por la decisión tomada. La suspensión del proyecto completo del Metrobús, alegan con razón, pone escollos al futuro de La Laguna, causando perjuicios directos a cuatro municipios: Matamoros, Torreón, Gómez Palacio y Lerdo.

¿Fue esta decisión mero capricho u ocurrencia del Presidente? Difícil creerlo. Aquello pareció desarrollarse conforme a un programa: la oportuna aparición de las pancartas, el salvaje abucheo al gobernador José Rosas Aispuro y la consulta a la multitud.

¿Qué motivó a López Obrador a actuar de esa manera? Pensar en un capricho resulta difícil, pues, meditándolo un poco, lo ocurrido despide un inconfundible tufo a política electorera.

Intentaré explicarme: Miguel Ángel Riquelme Solís y José Rosas Aispuro tienen algo en común: los dos pertenecen a partidos (PRI y PAN) distintos al del Presidente (Morena). Entonces, con los ojos puestos en la próxima renovación del Congreso de la Unión, ¿a qué partido político podría beneficiar que dos gobernadores procedentes de partidos de oposición encuentren dificultades para llevar adelante obras que consideran con buenas razones prioritarias o, como en este caso, echarlas al bote de la basura en un mitin popular evidentemente manipulado?

No se requiere pensar demasiado la respuesta. El mensaje no llega a subliminal, es clarísimo: los mandatarios surgidos de Morena son quienes cuentan con el camino pavimentado para llevar adelante sus planes y convertirlos en realidad. Los que no pertenecen a ese partido podrán toparse en el momento menos pensado con manos alzadas dispuestas incluso a desbaratar obras presupuestadas y en marcha. Es falso que, como suele decir el Presidente en tales casos, ya terminó la campaña. No. El Presidente está en campaña.
16 Junio 2019 04:05:00
Vivir en el pasado
De regreso a Buenos Aires después de estar en México, un periodista preguntó a Jorge Luis Borges cómo había encontrado a nuestro país. El autor del Aleph respondió con una frase: “Los mexicanos siguen como siempre, volcados en su pasado”. Quizá la anécdota sea apócrifa, pero desafortunadamente nos retrata de cuerpo entero, como lo afirma Octavio Paz en Posdata: “La historia nos obliga a vivirla; es la sustancia de nuestra vida y el lugar de nuestra muerte. Entre vivir la historia e interpretarla pasan nuestras vidas”.

La supuesta anécdota de Borges y la frase de Paz adquieren actualidad en el México de la sorprendente Cuarta Transformación. Nunca antes, por lo menos en tiempos recientes, el poder acudió a la historia para afirmarse en el presente y hacer promesas de futuro. Era usual que los presidentes de la República invocaran el amparo de su Gobierno a un héroe nacional, con el que se identificaban o decían identificarse, pero hasta allí.

Hoy, en el logotipo utilizado por el actual Gobierno aparecen cinco personajes: José María Morelos, Miguel Hidalgo, Benito Juárez con la bandera nacional, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas. Son los santones históricos de la cuarta transformación que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien gusta de hacer constantes referencias a hechos y personajes históricos.

Fue él quien revivió, siglo y medio después, el calificativo de “conservador”, aplicable a los que no están de acuerdo con las miras y los procedimientos de su Gobierno. En estas referencias al pasado suele dar resbalones, como cuando atribuyó a la nación 10 mil años de antigüedad y la dotó de universidades, mientras en la isla de Manhattan pastaban unos pintorescos bisontes.

Por desgracia, unos meses después de esto, un sujeto que vive en ese retrasadísimo sitio donde hace 10 mil años pastaban manadas de bisontes mientras los mexicanos acudían a clases en las universidades, amaneció una mañana con la malsana idea de colocarnos al borde de una crisis con la amenaza de aplicar aranceles a los productos mexicanos que importa su país.

Tampoco resultó muy airoso ese volver la vista al pasado para solicitar al Gobierno español una disculpa por las atrocidades cometidas por los conquistadores hace 500 años. La respuesta no tardó en llegar. Tampoco los comentarios, que fueron desde la franca censura hasta la burla irreverente.

Resulta peligroso trasladar a la política la sentencia de Paz acerca de que la historia nos obliga a vivirla, porque, recurriendo a citas bíblicas a las que es tan afecto el presidente López Obrador, voltear hacia atrás puede convertirnos en estatuas de sal, como la mujer de Lot.

Lo aconsejable es vivir el presente y hacer frente a los retos que surgen día con día. Recurrir a la historia como inspiración puede ser un ejercicio positivo, pero no lo es revivir agravios o intentar un remake –perdón por el anglicismo– de las luchas de liberales y conservadores que tanta sangre costaron hace ya siglo y medio.

¿Y todo para qué? Luego de arremeter contra los neoconservadores, el Presidente acude a firmar alianzas con ellos, invitándolos a colaborar en la tarea de sacar al país en el bache económico en que cayó.


Letras sueltas

¿Quién iba a decirlo? Frente a macilentos partidos de oposición y algunos opinadores, ha sido en las filas de la misma Morena donde se dejó escuchar, en voz de Porfirio Muñoz Ledo, la crítica directa, sin ambages, a los compromisos migratorios contraídos con Estados Unidos.
13 Junio 2019 03:59:00
Manoseando el pasado
La novela histórica cuenta con una larga tradición e incontables lectores. El lugar de nacimiento de este popular género literario fue Gran Bretaña, en cuya nómina de autores se hallan nombres tan ilustres como el de Walter Scott (Ivanhoe), Charles Dickens (Historia en Dos Ciudades) y más recientemente Robert Graves (Yo, Claudio).

Ellos hicieron escuela y numerosos escritores de todo el mundo les siguieron y les siguen los pasos, desde León Tolstoi y su genial La Guerra y la Paz, hasta las aportaciones mexicanas de Juan A. Mateos (El Sol de Mayo), Francisco L. Urquizo (Tropa Vieja), Martín Luis Guzmán (La Sombra del Caudillo) y Fernando Benítez (El Rey Viejo), quienes estructuraron sus novelas en torno a trascendentales hechos de nuestra historia.

Prolífico como ninguno, Benito Pérez Galdós acometió la gigantesca tarea de escribir los Episodios Nacionales, para contar en 46 novelas la historia de España, desde 1805 hasta 1880. Y lo hizo magistralmente.

Max Aub, periodista y crítico avecindado en México, dijo de los Episodios Nacionales: “Perdiérase todo el material histórico de esos años [el siglo 19] salvándose la obra de Galdós, no importaría. Ahí está completa, viva, real, la vida de la nación durante los 100 años que abarcó la garra del autor”. Y concluye con una frase lapidaria: “Galdós ha hecho más por el conocimiento de España por los españoles –por el pueblo español– que todos los historiadores juntos”.

En efecto, leer los Episodios Nacionales enseña más y mejor la historia de España en el turbulento siglo 19 que un montón de sesudos volúmenes escritos por especialistas. Con Pérez Galdós seguimos paso a paso el innoble proceder de Carlos IV y de Fernando VII, la promulgación de la Constitución de Cádiz, la invasión de la península por el ejército napoleónico, el restablecimiento de la monarquía y la persecución y presidio de los diputados liberales autores de la Constitución. Por allí aparece nuestro paisano don Miguel Ramos Arizpe, citado como Arispe (sic) entre los diputados aprehendidos por el despótico Fernando VII.

Sin embargo, hay que distinguir entre novelas históricas y novelas históricas. En los últimos años se ha registrado en México un boom de este tipo de ¿literatura?, cuyo fin no es rescatar episodios del pasado, sino provocar el morbo del lector torciendo los hechos o degradando a los considerados héroes mediante la exhibición de sus peores defectos, reales o ficticios. En alguna de estas seudonovelas históricas se insiste hasta la náusea en la paternidad de don Miguel Hidalgo y Costilla, mientras otro exitoso autor sorprende a sus ingenuos lectores describiendo a Emiliano Zapata sosteniendo relaciones homosexuales. Basura, pues.

Lo lamentable es que buen número de lectores de este tipo de bazofia la confunda con la historia y considere que el autor se basa en documentos. Esto trae como consecuencia la falsificación del pasado y una percepción errónea de lo que hemos sido en el transcurrir de los siglos.

Las editoriales, que solo ven por el negocio y miran la caja registradora, publican libro tras libro de estos autores, todos ellos productores en serie de patrañas. Dos posibles vacunas contra esta infección literaria sería que los libros de los historiadores resultaran más amables de leer y que se incrementara la producción de los divulgadores capaces de atrapar al lector, al contarnos sin torcimientos lo que ocurrió. La revista Relatos e Historias en México, Alejandro Rosas y Julio Patán son tres buenos ejemplos de esto último.
09 Junio 2019 03:59:00
El porqué y el cómo
El draconiano régimen de austeridad casi franciscana que intenta imponer al país el presidente Andrés Manuel López Obrador ha provocado reacciones, muchas de ellas de franco repudio. Uno de los sectores más castigados ha sido el académico. Los recortes presupuestales afectan su funcionamiento y obligan al despido de personal. La feroz tijera ya redujo los dineros destinados al Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y al Instituto Mora.

En la reciente Feria del Libro de Coahuila, dos miembros de El Colegio Nacional —estrella mayor del universo académico mexicano— hablaron en privado de la reducción presupuestal al Colegio. El más optimista la calculó en 50%, mientras el otro supuso una cifra más alta: 60 por ciento.

Una de las medidas más controvertidas en esta área ha sido la orden de que los viajes al extranjero de los académicos sean autorizados directamente por el Presidente. La razón aducida: terminar con lo que se ha llamado “turismo académico”. Es decir, constantes viajes de científicos y profesores para asistir a congresos en los lugares más insospechados donde se tratan temas de lo más esotéricos.

Allí está el porqué de la decisión presidencial. Dígase lo que se diga, el turismo académico era un hecho. No hablo de oídas. En alguna ocasión quien esto escribe fue invitado a moderar una mesa en un rimbombante “Congreso Internacional”, en el cual participaban especialistas de México, Estados Unidos y Canadá.

Dispuesto a cumplir con la encomienda entró al salón donde deberían leerse tres ponencias de igual número de especialistas. Primera sorpresa: el lugar estaba prácticamente vacío. Además de las tres ponentes, esperaban el inicio de la sesión un acompañante del moderador, una historiadora amiga de este y un gringo que sospecho andaba detrás de la historiadora. Asistencia total: tres personas, dos de las cuales abandonaron el lugar, pues la historiadora salió a participar en otra mesa seguida del silencioso gringo.

Aquello rayaba en el ridículo. Tres ponentes y el moderador sobrepasaban en uno al público asistente. Cuando las tres especialistas iban a subir a la mesa, el moderador les pidió leyeran una a una sus valiosas aportaciones al conocimiento, para que cuando menos las escucharan abajo las otras dos.

No todos los congresos son iguales, aunque cuando circulan fotos de las participaciones de los ponentes, lo más común es que estos aparezcan en aulas más vacías que en una clase de Epistemología a las tres de la tarde.

En este caso, el porqué está justificado. Sin duda muchos de esos congresos, tanto nacionales y extranjeros, podían suplirse con video conferencias. Otros no, por supuesto. Justificado el porqué, lo criticable es el cómo. Cortar de raíz no parece ser la mejor medida, pues afecta a instituciones y personas que prestan valiosísimos servicios a la cultura, a la enseñanza y el conocimiento.

Letras sueltas

“¿Puedo tomarme una foto con usted para comprobar que vine a entregar los carteles?”, preguntó a una sorprendida funcionaria estatal la encargada de distribuir la convocatoria de un concurso convocado por un ente federal. Otra vez el porqué: la corrupción. Antes, quizá, ni siquiera mandaban imprimir los carteles, pero sí los cobraban, y mucho menos los distribuían. Otra vez el cómo. Se antoja exagerado exigir una fotografía para probar que se cumplió con el trabajo. El péndulo se mueve de un extremo al otro. Esperemos que pronto encuentre el centro equilibrado.
06 Junio 2019 04:08:00
¡Así es Adolfo!
Poeta, ensayista, narrador, académico de la Lengua, gastrónomo, traductor, editor, conocedor a profundidad de las obras de Michel Montaigne, Alfonso Reyes y Octavio Paz, Premio Nacional de Periodismo, Premio Xavier Villaurrutia, Premio Mazatlán de Literatura, Premio Internacional Alfonso Reyes, Premio Manuel González Ramírez concedido por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México por el rescate de fuentes documentales, viajero incansable, charlista incomparable y dueño de una erudición abrumadora en tres o cuatro idiomas…

Luego de leer su síntesis biográfica, uno no puede menos que preguntarse: Pero, ¿qué no ha hecho Adolfo Castañón? Pregunta difícil de responder cuando se habla de un hombre, la amabilidad personificada, cuya vida ha transcurrido entre libros –leyéndolos y escribiéndolos– y dejando huella de su cultura y creatividad en quién sabe cuántos países del mundo.

El año pasado estuvo una vez más en Saltillo a presentar Grano de Sal y otros Cristales, un libro sobre sus andanzas por los fogones del mundo, que incluye el interesantísimo recetario de uno de sus antepasados, que nos permite asomarnos a las mesas mexicanas del siglo 19.

Sin embargo, aunque preparados para cualquier sorpresa al seguir los pasos de su fructífera y multifacética existencia, Adolfo Castañón conserva la capacidad de sorprendernos. Y lo ha hecho de nuevo con su más reciente publicación: Alfonso Reyes en una nuez, trabajo que representa miles de horas de acuciosa revisión de la oceánica obra del regiomontano.

Alfonso Reyes en una nuez es, ni mas ni menos que el índice consolidado de nombres propios de personas, personajes y títulos que aparecen en sus obras completas. ¡Y cuando hablamos de obras completas alfonsinas hablamos hasta ahora de más de 25 gruesos volúmenes!

Adolfo Castañón se echó a cuestas una tarea merecedora sin exageraciones del adjetivo de titánica. Son miles de nombres y títulos de obras, con indicaciones, cada uno, del tomo y la página de las Obras Completas donde se encuentran. El libro, editado por el Colegio Nacional cuenta con 611 páginas, y constituye una utilísima herramienta no solo para los estudiosos de la obra de Reyes, sino para quienes se dedican a otras disciplinas, como la historia.

Por ejemplo: ¿Qué pensaba y qué escribió don Alfonso acerca de Manuel Acuña? Pues bien, Castañón nos informa que lo cita en siete ocasiones, empezando en el primer tomo y por última vez en el 26. El coahuilense con mayor número de citas, 27, es el historiador saltillense Carlos Pereyra. Esto se explica porque Reyes y Pereyra coincidieron y trataron en Madrid después de que ambos se autoexiliaron de México a raíz de la revolución. Por cierto, en algunos de sus textos el regiomontano deja traslucir poca simpatía por el saltillense.

El segundo lugar entre los coahuilenses corresponde a Julio Torri, citado 25 veces. Como se sabe, don Julio y don Alfonso fueron amigos y juntos emprendieron importantes tareas editoriales. La amistad se enfrió por un mal entendido, al asegurar Reyes haber prestado a Torri una primera edición (1611) del Tesoro de la lengua española o castellana de Sebastián de Covarrubias, que no le devolvió.

Amante de los retos para cualesquiera imposibles, Castañón parece alzar la vara en cada nuevo proyecto. Al telefonearle para agradecerle el envío de Alfonso Reyes en una nuez, de inmediato informó: “Y ya estamos trabajando en un libro similar de las Obras Completas de Octavio Paz”. Ese es Adolfo.
02 Junio 2019 03:59:00
Monclova y AHMSA
La marcha multitudinaria –unos hablan de 9 mil, otros de 10 mil participantes– registrada en Monclova a raíz de los problemas que enfrentan Altos Hornos de México (AHMSA) y su presidente del Consejo de Administración, Alonso Ancira, es una manifestación de la singular simbiosis Monclova-AHMSA. La ciudad y la empresa están tan estrechamente unidas, que no es posible desasociar la una de la otra.

Por eso no es de extrañar la participación en la marcha de obreros, familias completas, autoridades de los municipios ubicados en el área de influencia de la acería y de nutrido grupo de empresarios.

Fue una reacción lógica ante las medidas adoptadas por el Gobierno, entre ellas la congelación de las cuentas bancarias de la siderúrgica, después descongeladas, que puso en peligro la operación del gigante del acero.

En 1942, al llegar a Monclova la primera remesa de maquinaria para lo que sería Altos Hornos de México, el ingeniero Harold R. Pape, encargado del proyecto, tuvo que hospedarse en un hotel de la vecina Ciudad Frontera. El motivo: en Monclova, entonces con alrededor de 6 mil habitantes, no existía un hotel con las mínimas comodidades.

Esa era la situación de una ciudad que sobrevivía en el centro de Coahuila, cuyo estancamiento se agudizaba frente a la pujanza de la vecina estación de Frontera, a 7 kilómetros de su Plaza de Armas. El movimiento ferrocarrilero y los sueldos pagados a los empleados del riel provocaron un trasvase de las actividades económicas de la antigua Monclova a la recién nacida población en torno a la estación ferroviaria. Monclova y sus tres siglos de historia languidecían.

La instalación de Altos Hornos detonó un crecimiento inusitado en la ciudad, la cual, por decirlo de alguna manera, tuvo que reinventarse. Se crearon fraccionamientos para dar cabida a los recién llegados y a toda prisa se empezó a buscar la forma de cubrir la demanda de bienes y servicios.

Muchos cambiaron arado y sombreros de palma de ala ancha por relucientes cascos metálicos. La reconversión hubo de hacerse a pasos acelerados mientras desembocaba diariamente un río de migrantes atraídos por las oportunidades de trabajo.

La fundación de la siderúrgica coincidió con una crisis en la Región Carbonífera, donde la modernización de los sistemas para la extracción del mineral agudizó el desempleo.

La Caravana del Hambre de 1951 fue una manifestación de esa crisis. Cientos de participantes en la ya legendaria marcha de Nueva Rosita a la Ciudad de México fueron puestos en la lista negra de las compañías mineras y hubieron de buscar trabajo en la floreciente Monclova.

El número de habitantes se disparó y las autoridades municipales enfrentaron graves problemas a una creciente demanda de servicios públicos que resultaba difícil proporcionar a las nuevas colonias que aparecían casi de un día para otro en la periferia.

Esta historia contada en unas cuantas palabras revela la relación de la que se hablaba líneas arriba. En ninguna otra parte de Coahuila se da el fenómeno de que una compañía sea a la vez pivote y motor de la economía de toda una región, porque si bien la Carbonífera depende de la minería, no lo hace de una sola empresa. Hay multitud de grandes, medianos y pequeños empresarios del carbón.

Los problemas que aquejan y puedan aquejar al futuro a la siderúrgica merecen una estrecha vigilancia, pues no se trata de un negocio cualquiera, es una empresa cuyo desempeño, para bien o para mal, afecta a buena parte de Coahuila.
30 Mayo 2019 04:00:00
Llamada de atención
Con un sentido adiós a don Carlos Robles Nava

La idea de colaborar dos veces por semana en Zócalo era dedicar el texto del jueves a temas relacionados con libros y cuestiones culturales. Sin embargo, parafraseando lo escrito en los “vales de buena conducta” del antiguo Colegio Zaragoza: “El hombre propone y la realidad dispone”. En los vales el que disponía era Dios, por supuesto.

Así ocurre ahora, cuando se ha registrado un vertiginoso aceleramiento en los acontecimientos, muchos de los cuales con repercusiones en el entorno inmediato. Libros y actos culturales se quedan en lista de espera al aparecer nubes de tormenta sobre el porvenir de la industria motor de la economía de Monclova, así como de buena parte del centro de Coahuila y de la Región
Carbonífera.

El congelamiento de las cuentas bancarias de Altos Hornos de México (AHMSA), ya descongeladas ayer por orden presidencial, y la aprehensión del director general de la acería, parte del Grupo Acerero del Norte, Alonso Ancira, pusieron una interrogación sobre el futuro de Monclova y su área de influencia.

La inmediata reacción del Gobernador del Estado, Miguel Ángel Riquelme Solís, respaldada por legisladores coahuilenses, despresurizó el impacto de las medidas adoptadas por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. El presidente Andrés Manuel López Obrador entendió el efecto devastador inmediato que traería consigo el congelamiento de las cuentas, y lo revocó en su conferencia de prensa cotidiana.

El detonador del escándalo que involucra a Alonso Ancira fue la venta de una planta productora de fertilizantes que a partir del sexenio de Carlos Salinas de Gortari ha tenido “mal fario”, como dicen los gitanos. Petróleos Mexicanos la adquirió a AHMSA a un precio escandalosamente inflado. Al seguir la pista del dinero, se descubrió una triangulación de sobornos de la famosísima Odebrecht en la que participó Ancira, sobornos que terminaron en los bolsillos del exdirector de Petróleos Mexicanos, Emilio Lozoya Austin.

Por ahora no hay temor sobre el futuro de Altos Hornos y de Monclova. Ya en el sexenio de Vicente Fox, Ancira se vio envuelto en un problema con la Secretaría de Hacienda. En aquella ocasión, para evitar ser detenido optó por un prolongado autoexilio en Israel, estancia forzada que aprovechó para comprar las míticas minas del Rey Salomón.

Entonces quedó demostrado que nadie es indispensable, cuando se trata de una empresa tan poderosa como AHMSA. Lo que resulta claro es la necesidad de pensar seriamente en la diversificación de la economía de al menos tres regiones del estado: Sureste, dependiente de la automotriz; Carbonífera, que vive de la minería, y Monclova, sustentada en la producción de acero.

Existen ejemplos dramáticos de las terribles consecuencias de esta dependencia. Detroit, la antes orgullosa capital mundial del automóvil, atraviesa actualmente por momentos muy difíciles debido a la emigración de las plantas armadoras más allá de las fronteras de Estados Unidos.


Letras sueltas

La disparidad de la inversión extranjera entre el Sureste –Saltillo, Ramos Arizpe, Arteaga– y la Región Lagunera revive los afanes separatistas de algunos torreonenses. Es un sentimiento que cobra vigencia cíclicamente. En los años 60 del siglo anterior, cuando incluso se intentó un sondeo entre los parrenses para saber si estaban de acuerdo con la creación del estado de La Laguna. Hubo abrumador apoyo al proyecto, pero con una condición: ¡Que Parras fuera la
capital!
26 Mayo 2019 04:08:00
La industria del ‘chayote’
Eran parte del folclore periodístico de la época. Una práctica que, si bien no merecía la aprobación, resultaba comprensible, propia de reporteros mal pagados o editores de pequeños periódicos que aparecían no cuando Dios quería, sino cuando Dios se descuidaba, decíamos entonces. En verdad, aquello no causaba indignación. Finalmente era una forma muy triste de sobrevivencia. Hubo gobernador –no me lo contaron, lo vi en la Región Carbonífera– que entregaba un billete a cada uno de los periodistas formados en fila.

Al igual que toda práctica oscura nimbada de indignidad, esta industria del periodismo picaresco ha recibido diferentes nombres. “Embute”, le llamaban hace un medio siglo. Después se le aplicó un término supuestamente eufemístico y menos brutal: “el sobre”. Hoy, quién sabe por qué, se le conoce como “el chayote”. Mañana quizá estrene un nuevo nombre.

La costumbre es histórica. Ya don Porfirio Díaz, al explicar los ataques de los que era objeto en la prensa, solía decir: “Esos gallos quieren maiz”. (Así, sin acento). Cuando presidente, José López Portillo casi, casi elevó el maiceo porfirista a norma gubernamental. “Yo no pago para que me peguen”, advirtió a la revista Proceso al retirarle toda la publicidad oficial.

Tiempo atrás, el soborno a periodistas podía considerarse una ordeña hormiga de los presupuestos gubernamentales. El “maiceo” era individual y de poca monta. Pero todo cambia y avanza, y el embute, el sobre o chayote se volvió una industria de gran escala. Los reporteros y conductores de programas informativos de radio y de televisión crearon agencias de publicidad, empresas comerciales, oficinas especializadas en manejo de imagen o proyectos más o menos sociales, más o menos culturales, para obtener apoyo oficial. De esa manera la dádiva de antaño se tornó caudaloso río de dinero destinado al bolsillo de periodistas-empresarios.

En su escalada del enfrentamiento contra los periodistas no afines a la Cuarta Transformación, el presidente Andrés Manuel López Obrador arremetió frontalmente contra lo que llamó “el hampa periodística”. Esta vez no se quedó, como en el caso de los corruptos, en el simple enunciado. No. En esta ocasión filtró nombres y cantidades. ¡Y qué cantidades!

De acuerdo con la información proporcionada por el Instituto Nacional de Acceso a la Información (ICAI), Joaquín López Dóriga recibió durante el pasado sexenio “contratos” por 251 millones de pesos. En la larga lista aparecen decenas con cantidades ligeramente menores.

Naturalmente, los contratados, por mucho que lo nieguen, debieron de adecuar sus colaboraciones periodísticas al gusto y las necesidades del contratante. De allí que hayamos atestiguado cambios drásticos en los enfoques de columnistas sobre tal o cual funcionario, que de impresentable pasó de un día para otro a modelo de eficiencia.

La revelación, sin duda alentada por el presidente López Obrador, es un golpe demoledor a la credibilidad, de alguna manera, a todo el ejercicio periodístico.

Lo que antes fueron escaramuzas con este u otro informador, el Presidente las convirtió, sin ambages ni simulaciones, en guerra abierta, sin cuartel. Resulta difícil prever las consecuencias de este choque frontal, aunque por lo pronto hay ya un saldo negativo: colocar bajo sospecha, sin exclusión de nadie, a cuantos critiquen al Gobierno o le señalen sus errores, dejando en exclusiva al Primer Mandatario el uso de la voz.

Nada positivo, por cierto.
23 Mayo 2019 03:59:00
Curas peligrosas
Extrañamente no tuvo eco perceptible en los medios y entre los comentaristas una declaración del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien diagnosticó que la corrupción es una “enfermedad”, por lo cual resulta necesario implementar “terapias” para curar a quienes la padecen.

Es posible que muchos de los opinadores profesionales hayan considerado las palabras del Primer Mandatario como una de las muchas ocurrencias que suele soltar en las mañaneras. Pero, ¿si no lo es? ¿Qué podemos esperar si AMLO cree realmente lo que dijo y un día de estos decide actuar en consecuencia?

Pueden tacharme de alarmista, sin embargo, cada vez que oigo hablar de instaurar programas terapéuticos para sanar enfermedades sociales, la memoria me transporta a los gulags soviéticos. Y de ser afirmativas las respuestas a las preguntas anteriores, se perfila en el horizonte el nacimiento de gulags versión lopezobradorista. Es decir, los corruptos no irán a la cárcel, que es a donde debieran estar si se aplicara correctamente la ley, sino a “clínicas” para ser sometidos a tratamiento.

Los miembros de la actual generación quizá tengan una idea muy vaga de lo que fueron y cómo funcionaban los gulags soviéticos en la era de Stalin, cuyos horrores fueron revelados al mundo por Alexandr Solzhenitsyn, en su libro El archipiélago gulag. Allí cuenta los horrores de estos campos de concentración donde, se decía, “reeducaban” a los acusados de actividades antisoviéticas o de desviaciones ideológicas, pero en realidad se practicaba un sistema de esclavitud en condiciones aterradoras.

Solzhenitsyn sabía de lo que hablaba. Estuvo preso en un gulag de 1945 a 1956. Sobrevivió de milagro. Tuvo mejor suerte que los 20 millones de “reeducados” muertos en esas “clínicas” de hambre y extenuación. Gracias a su libro, el mundo conoció en un relato en primera persona los crímenes cometidos por Stalin, posteriormente documentados en el vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956.

La época del terror estalinista se puso de manifiesto en ese congreso, cuando Nikita Kruschev, futuro dirigente de la URSS, enumeraba los crímenes de Stalin. Molesto, otro diputado le disparó a voz en cuello la pregunta: “¿Y dónde estaba usted, camarada, mientras José Stalin cometía esos crímenes?”. A lo que Nikita respondió: “Entonces estaba sentado al lado suyo e igual que usted orinándome de miedo, porque las ‘purgas’ se hacían a capricho de Stalin y en cualquier momento uno podía ser condenado”.

El combate a la corrupción, la cual se propaga como epidemia, pero no es contagiosa ni es enfermedad, debe hacerse con las armas que los códigos ponen en manos de las autoridades, no con terapias que despiden un peligroso tufo a proto fascismo. Los corruptos, apuntaba antes, deben ser juzgados como criminales y pagar con prisión los delitos cometidos contra el país.

Sin embargo, el pronunciamiento encuadra bien en el discurso de Andrés Manuel, empeñado en imaginar inocentes víctimas de las circunstancias y ahora las enfermedades. Así, los narcotraficantes lo son por la pobreza en que les sumió el neoliberalismo, y ahora los corruptos son seres que actúan a causa de un virus o una deformación de carácter provocada por el entorno social.

¿Y si la enfermedad llegara atacar a quienes no están de acuerdo con la Cuarta Transformación? ¿No estar con AMLO puede ser algo así como una gripe?
19 Mayo 2019 04:00:00
Salón de fiestas
Lo ocurrido en el Palacio de Bellas Artes no es, de ninguna manera, asunto menor. El haber permitido la celebración de un homenaje disfrazado de concierto en honor de un líder religioso sienta un mal precedente con indeseables repercusiones políticas y culturales.

En lo cultural, la fiesta en honor del dirigente de la Iglesia Universal convierte el máximo foro del arte en un simple salón de fiestas, cuyos espacios pueden ser utilizados por quien lo desee y tenga el suficiente dinero para pagarlo.

Las explicaciones –justificaciones– de las autoridades del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) y de la Secretaría de Cultura (SC) resultan risibles.

Como escribió alguien, el personal de ambas instituciones debe de estar tan ocupado que no tiene tiempo de echar un vistazo a las redes sociales, donde durante varios días se estuvo bombardeando con mensajes invitando al acto, señalando explícitamente que se trataba de la celebración del cumpleaños.

De la efectividad de los mensajes hablan los centenares de personas que se reunieron en las afueras del Palacio a demostrar su aprecio al feliz cumpleañero.

Por lo visto, solamente los directivos y burócratas de la SC y el INBAL no estaban enterados, aunque algunos de ellos asistieron al evento. También estuvieron allí representantes de la clase política: diputados y funcionarios públicos, que por cierto olvidaron la austeridad de la 4T y se disfrazaron de fifís con trajes de etiqueta.

Desde el punto de vista político, la utilización del Palacio de Bellas Artes para celebrar el cumpleaños de un líder religioso vulnera gravemente la ya de por sí porosa división entre el Estado y las iglesias, separación que históricamente costó tanta sangre al país. Los hombres de la Reforma, encabezados por don Benito Juárez y don Melchor Ocampo deben de estar revolcándose en sus tumbas.

Igual estarán haciendo José Luis Martínez, Carlos Chávez, Salvador Novo y tantos otros que se afanaron por hacer de Bellas Artes el recinto cultural por excelencia.

No es necesario ser un jacobino a ultranza para lamentar esa paulatina desaparición de la frontera entre Estado e Iglesia, nítidamente trazada desde hace siglo y medio.

Más, debido al reciente anuncio del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien manifestó la posibilidad de concesionar canales de televisión a las iglesias. Como si no fueran suficientes los programas de “publicidad pagada”, en los que predicadores, brujos y chamanes asestan a televidentes desvelados promesas de salvación eterna hasta la solución de problemas domésticos.

Históricamente, el involucramiento de los representantes religiosos en la política ha sido en México fuente de grandes calamidades.

Borrar esa separación puede resultar clientelarmente productivo, pero políticamente muy peligroso. Las alianzas Estado-iglesias terminan en fascismo, como sucedió en la España de Francisco Franco.

Los drásticos recortes presupuestales a la ciencia y la investigación se suman ahora a estas pifias –roguemos que sean únicas– de las autoridades culturales, diseñando un panorama poco alentador. La plausible austeridad de la Cuarta Transformación no debe incluir a la inteligencia y la creatividad.

Letras sueltas

La 22º edición de la Feria Internacional del Libro Coahuila mostró la maduración de un proyecto cultural que año con año ha ido consolidándose. Felicitaciones a la Secretaría de Cultura y a la Universidad Autónoma de Coahuila, encargadas de su realización.
16 Mayo 2019 03:35:00
Donde la piel
La recuerdo en el aula: ojos brillantes denunciando avidez de conocimientos. Tenaz, sensible, apasionada de la vida y de las letras, dueña de la envidiable capacidad de pulir como orfebre las frases sin que pierdan frescura adánica. En su más reciente libro, Donde la Piel, Claudia Luna se describe exacta en una sola línea, exigiendo ser llamada “mujer con la cabeza en llamas”. Autobiografía en seis palabras.

Siempre me ha parecido que el primer apellido de la poeta complementa un oxímoron perfecto: Luna. Oxímoron, porque ella, muy lejos de aproximarse a una personalidad selenita, es criatura solar.

En la nota de la cuarta de forros, José Luis Rivas hace atinada referencia a la devoción –¿fervor?– que Claudia guarda hacia Emily Dickinson, a quien dedica el primer poema del volumen. (Usé el término poema cuando quizá sería más exacto decir plegaria dirigida a la deidad-poeta norteamericana a la que se encomienda: “a ti mi alma encomiendo”, le ruega).

Esta suerte de contrasentido lo encuentro también en la afinidad que ella construyó, siente y vive con Emily Dickinson, mujer volcada en sí misma, que, como bien se sabe, pasó los últimos años de su existencia encerrada en su habitación, la cual abandonaba esporádicamente para arriesgar unos pasos por el jardín de su casa, acotada prolongación vegetal de su aislamiento.

A Claudia, en cambio, solo parecen palpitarle las pupilas y el corazón en la montaña y en el desierto. Lo suyo son los dilatados horizontes huérfanos de escollos que impidan el viaje sin fin del sentir y de la mirada.

Ahora, en un giro no exento de sorpresas, su espíritu de puertas afuera viaja ajustándose a un itinerario interior, cuya última frontera es su propia piel, ¿acaso sucedánea de las cuatro paredes de Emily?

En esa exploración de sí misma se permite ocasionales escapatorias hacia los recuerdos, en un intento de perfilarse de manera más nítida, como puede intuirse en El Valle de las Monjas: flotan mis cabellos// el manantial pasa un manto cálido por mi nuca// el sol atraviesa el agua// ilumina mis ojos// ilumina los peces// estos mis nueve años// para siempre. Capacidad de síntesis: aparenta sencillez enigmática que llega definitivamente a lo profundo.

Enclaustrar al yo en nuestra piel es un esfuerzo vano. El yo es producto también de las huellas de la memoria. Atenta a la recomendación de Dickinson: “Aprecia a tus padres, porque es un mundo aterrador y confuso sin ellos”, Claudia vuelve los ojos a la casa de sus mayores y pregunta a la madre: “¿dónde estás? // dónde tu sonrisa sostenida como nota de aridez”.

“El decir nada a veces dice más”, escribió Dickinson, y Claudia suscribe la frase en uno de sus poemas: “me miras// vuelves// me miras largo rato// y es ese tu decirme// anulando el lenguaje”.

Hay poesías que vuelven estrepitosamente sonoro el silencio, como vajilla de porcelana precipitada al suelo. Claudia conoce el secreto, posee la piedra filosofal capaz de dar sonoridad a los silencios.

En su transitar por las palabras, ha ido decantando el estilo, despojándolo de lo superfluo hasta dejar el verso en la médula. Donde la piel es madurado fruto de ese proceso depurador, en el que el lector se sumerge en un fluir de palabras-imágenes, que por momentos adquieren un ritmo jazzístico.

Continente y contenido se hermanan, pues la edición, con el sello de Mantis Editores, es de impecable buen gusto. (Fragmentos de la presentación de Donde la piel,13 de mayo de 2019, Feria Internacional del Libro Coahuila).
12 Mayo 2019 04:00:00
Como en feria
La edición número 22 de la Feria Internacional del Libro Coahuila 2019 inició con el pie derecho. Para quienes aman los libros, este tipo de celebraciones recuerdan el cuento de Pinocho, cuando el muñeco de madera creado por Gepetto entra a Jauja, el País de los Juguetes. Las tentaciones son las mismas. Faltan ojos para disfrutar de las maravillas que las repletas estanterías ofrecen y resulta difícil elegir entre tantas y tantas tentaciones.

Sin embargo, la diferencia entre las ferias de libros y el País de los Juguetes es que los niños entregados a los excesos en este acaban transformándose en burros, mientras a las ferias como esta acudimos con la idea optimista de poder desburrizarnos un poco.

La Secretaría de Cultura y la Universidad Autónoma de Coahuila, a cargo de la organización de la Feria, se preocuparon por ofrecer a los visitantes no solo la posibilidad de adquirir volúmenes, a veces inconseguibles en la ciudad, sino también poder elegir entre una amplia baraja de espectáculos artísticos.

Este año, la Feria tiene como invitados especiales a Japón, al estado de Sinaloa y El Colegio Nacional. Decenas de instituciones y casas editoriales aprovechan el espacio de la Ciudad Universitaria de Arteaga para exhibir sus novedades. La lista de autores, tanto locales como nacionales y extranjeros, es extensa y puede decirse que los hay para todos los gustos.
Contra mi costumbre, y contraviniendo mis reiteradas recomendaciones de evitar el uso de la primera persona del singular, tema en el que tanto insistía en las clases de periodismo, en esta ocasión acudiré al odioso yo. La justificación, si la hay, es el deseo de expresar públicamente mi agradecimiento a autores e instituciones que tuvieron la gentileza de invitarme como presentador de cuatro obras.

La lista de agradecimientos la haré por orden cronológico. Hoy domingo, el doctor Vicente Quirarte me ha hecho el honor de invitarme a acompañarlo a las 19:00 horas en la presentación de su más reciente libro, Los primeros mexicanos, espléndida y disfrutable colección de ensayos sobre la Intervención Francesa y el Imperio de Maximiliano.

Igual distinción recibí de mi admirada Claudia Luna Fuentes, quien mañana lunes, también a las 19:00 horas, dará a conocer Donde la piel, poemas de una intimidad sin concesiones donde se escuchan ecos de la poesía de Emily Dickinson. La autora ha vivido un proceso de maduración cuyos frutos se plasman en este su nuevo libro.

No puedo más que sentirme honrado por la invitación del doctor Javier Garciadiego, expresidente de El Colegio de México, actualmente director de la Capilla Alfonsina y recién estrenado miembro de El Colegio Nacional. Él nos trae la Cartilla moral de don Alfonso Reyes, edición de El Colegio Nacional, a la que agregó un documentado estudio sobre este texto alfonsino que el gobierno federal pretende repartir masivamente. Será el miércoles 15 a las 7 de la tarde.

Tres horas antes, ese mismo día tendré el gusto de acompañar a Guadalupe del Río en la presentación de su acuciosa tesis doctoral Rafael del Río. Cauce poético, dedicada a uno de los más altos poetas coahuilenses del siglo anterior.

LETRAS SUELTAS
La cereza en el pastel del yoyo: El 18 de mayo, el rector de la UAdeC, Salvador Hernández Vélez, y el historiador Lucas Martínez Sánchez harán el favor de hablar de mis Coahuilenses olvidados, cinco ensayos biográficos publicados por la UAdeC.

¡A ver si no me va como en feria en la Feria!
09 Mayo 2019 03:37:00
Casas a 20 pesos
El Centro Histórico de Saltillo –bueno, así le dicen– es un espacio plagado de antiguas casas habitación que no se han desplomado solo gracias a la sabiduría constructiva de nuestros mayores. Algunas, no falta quien le lleve a uno la contraria, ya se cayeron y son hoy informe montón de tierra. No pocos propietarios de estas fincas optaron por tapiar puertas y ventanas, a fin de evitar la entrada de intrusos. Protegidas o no, estas casas dan tan triste aspecto como las otras, las abandonadas.

Y ni siquiera se trata de vestigios de edificios prestigiosos, de ruinas capaces de inspirar a poetas como Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado,/fueron un tiempo Itálica famosa”. No, nuestras ruinas son ruinitas modestas, carentes de poesía, subproducto del abandono, de la muerte de los dueños o de la emigración de las familias a las colonias del norte o del sur. A ellas, quizá, podrían cantar nuestros citaredos municipales: “Estas ruinas que ves, oh Fabio, fueron alguna vez el hogar de mi tía doña Chonita, hermana soltera de mi abuela, quien entregó el alma al Señor hace 30 o 40 años”.

En muchos casos, el abandono se debe a que los abuelos o bisabuelos no se tomaron la molestia de redactar su testamento y lo heredado a sus descendientes quedó en ese limbo que los abogados llaman intestado. ¿Y cómo dividir una propiedad dos generaciones después, cuando el número de personas –nietos y bisnietos– con presuntos derechos a los bienes se cuentan por docenas? Además, ¿quién quiere comprar un lío judicial que posiblemente devenga en demandas y contrademandas?

Así, debido a que los señores y señoras de antes no hacían testamento, las viejas casas se entregan resignadamente al tiempo, la lluvia, la polilla y el viento, para dejarlos hacer lo que mejor saben hacer: deteriorarlas hasta destruirlas. De esa manera, el Centro Histórico, en lugar de hablar orgullosamente de nuestro pasado, se ha vuelto una exhibición impúdica de incuria y dejadez.

El problema, según se lee en los periódicos, no es privativo de Saltillo. En Italia, un buen número de pueblos se está cayendo a pedazos, por lo cual las autoridades decidieron tomar medidas drásticas: vender las casas abandonadas a un euro, alrededor de 20 pesos mexicanos. Quien las adquiera se obliga a hacerles las reparaciones necesarias hasta volverlas habitables.

“‘Case a 1 euro’ –informa El Financiero (4-20-2019)– es un programa del Gobierno con el que se busca rescatar, además de hogares abandonados, faros, torres, estaciones de tren y otros edificios en desuso para mejorar la imagen de las ciudades”. Si usted está interesado en adquirir una casa histórica en el centro de Mussomeli, por ejemplo, entre a la página 1eurohouses.com y escoja la que más le guste.

¿Una idea loca? Es posible, pero algo parecido debe hacerse aquí si no queremos legar a nuestros descendientes un montón de escombros o, en el mejor de los casos, manzanas completas de improvisados estacionamientos, en lugar de Centro Histórico.

Ser propietario en un pueblo o una ciudad conlleva la obligación de pagar impuestos prediales, pero debería haber también otras obligaciones de carácter estético respecto al entorno.

En una medida digna de aplauso, el Ayuntamiento de Saltillo obligará a los dueños de lotes baldíos a mantenerlos limpios. No es fácil, pero ¿por qué no incluir las casas abandonadas en los planes para mejorar el aspecto de la ciudad?






05 Mayo 2019 03:55:00
Odisea bancaria
La minúscula sucursal bancaria está repleta. Largas filas en las dos cajas que funcionan en ese momento y por lo menos una veintena de personas de todas las edades y condición esperan ser atendidas por quienes el banco identifica pomposamente como “ejecutivos de cuenta”. Para su comodidad, la clientela dispone de un único y miserable sillón a punto de jubilación, donde caben, casi obscenamente apretujadas, cinco personas. El resto espera pacientemente –bueno, es un decir– de pie.

Una señora de edad, delgada, con gesto que puede ser de aburrimiento o de enojo, hace equilibrios en el filo del malhadado sillón cuya resistencia al peso humano desapareció mucho tiempo atrás.

Cansados, los de a pie tratan de recargarse en una porción de pared o se sostienen en una y otra pierna de manera alterna, con la idea de ofrecer momentáneo descanso a sus extremidades inferiores. Mientras, un niño de 8 o 10 años se distrae haciendo acrobacias en el piso entre las filas frente a las cajas. Su madre, aún joven, de pantalón floreado, intenta inútilmente detener la vigorosa movilidad del chico, a quien las llamadas de atención maternas le hacen lo mismo que dicen le hizo el aire a Juárez.

Con solamente dos cajas funcionando, las empleadas no se dan abasto para atender a la fila, que en lugar de disminuir crece con la llegada de más clientes. La velocidad de la atención es superada ampliamente por los requerimientos de servicio.

Dos ejecutivos de cuenta y una mujer vestida de azul marino y zapatos negros de altos tacones atienden a la de-sesperada clientela. Bueno, eso en el mejor momento de la jornada, porque, de pronto, una de las ejecutivas abandona su puesto y sale del banco con rumbo desconocido. Seguro la reclamaría un asunto de suma importancia, pues no volvió a aparecer en la siguiente hora y media.

La mujer de azul y altos tacones es funcionaria importante. Esto lo delatan un letrero pegado a espaldas de su escritorio donde se lee: “Subdirectora”, y el hecho de que la única copiadora de la sucursal está en su espacio. A la copiadora acude cualquier miembro del personal del banco necesitado de obtener copias de un documento. Y todos los empleados del banco tienen urgencia de copiar algo.

Finalmente, hora y media después, el cliente “N” es llamado al cubículo de la subdirectora. Uno, ingenuo que es, piensa que, gracias a la computadora, internet y demás chimastrajos de la modernidad, las operaciones se agilizan. ¡Error! Nada de eso. La señora subdirectora teclea y teclea en su computadora y tarda no menos de 15 minutos en localizar la cuenta del señor “N”.

El hombre, optimista que ha sido siempre, pensaba que sus dos asuntos, la obtención de una copia del estado de cuenta y el reclamo de una veintena de cargos indebidos a su tarjeta de crédito, se resolverían rápido.

¡Qué ingenuidad! La subdirectora tarda más de media hora en localizar los errores y después de hacerlo le hace una recomendación: “Llame a tal teléfono de la Ciudad de México”.

Ni para qué alargar el relato con los avatares de la conferencia telefónica, durante la cual una señorita de voz dulce repitió dos docenas de veces: “Espere, señor ‘N’, estoy generando su folio”.

Epílogo tragicómico: Luego de perder más de tres horas, “N” se quedó con la promesa de reembolso de cargos indebidos, la tarjeta de crédito cancelada y la idea de dar una variante al Sermón de la Montaña, “Bienaventurados los pobres, porque ellos no tienen que lidiar con los bancos”.
02 Mayo 2019 03:28:00
Zapata y el zapatismo
Al cumplirse este año el primer centenario del asesinato de Emiliano Zapata, el Gobierno federal se propuso conmemorar por todo lo alto la efeméride y pasar revista a lo que el zapatismo representó en la historia de México.

Zapata y Francisco Villa son, sin lugar a dudas, los héroes más populares de los muchos personajes que participaron en la Revolución Mexicana. La demanda de ¡Tierra y libertad! del sureño mantiene resonancia hasta nuestros días, no obstante que en el siglo transcurrido desde su muerte el país vivió un proceso de urbanización despoblando el campo y congestionando las ciudades. Hoy, los problemas agrarios apuntan en otro sentido.

El interés del Gobierno resultaba previsible pues el carácter popular de Zapata y el movimiento que encabezó resulta afín al discurso de la actual administración federal, tan retóricamente preocupada por los pobres, ese “pueblo bueno” al que se refiere constantemente el presidente de la República.

Esta afinidad gobierno-zapatismo ha tenido consecuencias, pues si en el momento actual hay una confrontación –otra vez, retórica– entre el pueblo bueno y sabio y los neoliberales, fifís o conservadores, la pugna se trasladó a la historia al partir en dos a la Revolución Mexicana, colocando en un lado a Zapata y Villa, y en el otro a Carranza, Obregón y demás sonorenses.

Mala cosa si no entendemos que las posiciones, casi siempre irreconciliables de estos personajes históricos, fueron producto del entorno que les tocó vivir. Los zapatistas luchaban por la restauración de un régimen de propiedad de la tierra con raíces en el México profundo. El modelo del calpulli, la propiedad comunal de la tierra en la época prehispánica, era el punto de partida de la irritación de los pueblos, despojados de sus tierras por la voracidad de las haciendas, principalmente las dedicadas al cultivo de la caña y la producción de azúcar.

Desde las Leyes de Reforma, impulso modernizador en un país lastrado por atrasos seculares, quedaron en la indefensión numerosos pueblos del centro y el sur del país al abolirse de un plumazo la propiedad comunal, reconociendo como única la propiedad privada. La idea era magnífica, pero se topó con escollos que no se tomaron en cuenta: el 90 por ciento de los mexicanos no se enteró de los cambios legales, pues eran analfabetos, y las dificultades de los pueblos apegados a los antiguos usos y costumbres para repartir la tierra entre los individuos de la comunidad.

Los que sí sabían leer pertenecían a las clases altas, los hacendados, que aprovecharon los huecos de las leyes para adueñarse de las tierras de los pueblos, logrando con ello convertir en peones a los que antes eran propietarios. Estos innegables abusos proveían de sustento moral a la revolución zapatista.

Lo que no se podía pedir a los revolucionarios norteños era que comprendieran estos problemas, cuando nacieron, crecieron y se formaron en un extenso territorio casi despoblado con características y problemas totalmente diferentes.

Claro, es pertinente y aconsejable reconocer a Zapata y al zapatismo, pero no permitamos que se caiga en la tentación de trasladar a una etapa histórica conflictos ideológicos actuales. Recordemos que el año próximo se cumplen 100 años del asesinato de Venustiano Carranza, a quien conforme a la dicotomía política en boga bien pudieran calificarlo de fifí y conservador. Dejemos de acudir a la historia para recoger piedras y lanzarlas contra quienes no piensan como nosotros. Ya pasó un siglo, señores.

28 Abril 2019 03:00:00
El voluble pueblo
Los inconstantes sentimientos del pueblo, no siempre bueno ni atinado, se plasman en el relato de la Semana Santa. Cristo Jesús transitó en solo cinco días de su entrada triunfal a Jerusalén, el Domingo de Ramos, al viernes de la crucifixión.

De la apoteótica bienvenida a la condena brutal. Una condena que, además, se decidió en el más puro estilo populista, cuando Poncio Pilatos preguntó a la multitud a quién debería liberar, si a Jesús o a Barrabás, un hombre acusado de sedición y homicidio. A mano alzada y con gritos destemplados –no hay nada nuevo bajo el sol– la muchedumbre exigió la libertad de Barrabás, lo cual conllevaba el sacrificio de Jesús.

El relato de Lucas de ese día fatal viene a la memoria con las noticias sobre las primeras caídas de la popularidad del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien parecía blindado contra toda crítica, dichos y hechos.

Hasta hace poco, hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, opinara lo que opinara la comentocracia, él mantenía sólida, sin fisuras ni raspaduras, la adhesión de los 30 millones de mexicanos que votaron por él. Ahora, a más de cuatro meses de haber asumido el poder, su popularidad sufre un resbalón que ronda el 13%, según algunas encuestas. La curva de descenso podría acelerarse en un futuro próximo por la lenta y débil reacción del gobierno tras la masacre de Minatitlán.

El fenómeno es comprensible y hasta cierto punto, previsible. Habiendo, además, al menos tres factores que, eventualmente, lo agudizarán:

1.- Haber arrasado en las urnas, acaparando los sufragios de más de la mitad de los votantes, fue, sin duda alguna, una hazaña memorable. Una hazaña, sí, pero que en su seno incubaba la semilla de la decepción. Los 30 millones que votaron por él lo hicieron movidos por dos sentimientos: el hartazgo y la esperanza. Fincaban su fe en la posibilidad de cambios profundos –ingenuamente pensaron que podrían ser inmediatos–, lo cual no ha ocurrido ni era posible que ocurriera.

2.- Está fuera de duda: Andrés Manuel López Obrador, su terquedad y su discurso anticorrupción y a favor de los pobres apuntalaron el triunfo en las elecciones. Sin embargo, no es posible soslayar la forma como el decepcionante sexenio de Enrique Peña Nieto le pavimentó el camino hacia la Presidencia de la República. AMLO obtuvo un gran éxito. Nadie debe ni puede regateárselo, pero también es evidente que Peña Nieto cooperó en ese resultado aportando una escandalosa derrota.

Tiempo atrás, en este mismo espacio se intentó un parangón entre la llegada de López Obrador a la Presidencia y el triunfo de Francisco I. Madero. En ambos casos, se decía, el apetito de cambio –no más Porfirio Díaz; no más Peña Nieto– aglutinó temporalmente fuerzas heterogéneas.

Sin embargo, una vez conseguida la caída de Díaz y el adiós al sexenio de Peña Nieto, esas fuerzas, unidas coyunturalmente, empezarían a jugar su propio juego. Hoy, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y la maestra Gordillo persiguen sus fines sin importarles si coinciden o no con los de AMLO.

3.- Cuatro meses de promesas insistiendo en un discurso con reproches al pasado, la prensa fifí y los conservadores, novedoso al principio, empieza a perder efectividad.

Muchos ya se cansaron de maldecir el ayer. Piensan en el hoy y en el mañana, dos tiempos para los que el nuevo gobierno no ha sido capaz de ofrecer una respuesta con hechos.

25 Abril 2019 03:28:00
Libros
Todavía me recuerdo joven estudiante de pintura hipnotizado ante las bellísimas portadas de los libros de arte –Cezanne, Picasso, Giotto y demás genios– exhibidos en el aparador de la librería instalada en la planta baja del Hotel del Prado, en el entonces Distrito Federal. La atracción poderosísima de los volúmenes se confrontaba inexorablemente con el contenido de la cartera. ¿Tendré suficiente dinero para comprarlo? A veces la ecuación deseo-dinero disponible no cuadraba y debía de contentarme con mirar las portadas.

Mi relación con los libros cambió con los años. Hoy, dueño de una caótica y atestada biblioteca cuyos desbordamientos inundan los pasillos y hasta la recámara, al sentir el frecuente deseo de adquirir un libro, me pregunto: ¿tendré dónde ponerlo? Es que, ya se sabe, para bibliófilos y bibliómanos los libros acaban por tomar las características de plaga. (Mi hija suele decir que su pobre madre vive en una biblioteca con unos cuantos aparatos electrodomésticos).


Antes era el dinero. Hoy es el espacio lo que condiciona la compra. Cuando joven, la limitante era el grosor de la cartera. Ahora, es lo gordo del libro lo que a veces me hace dudar sobre su adquisición.

Algunos aconsejan expurgar la biblioteca. “Me deshice de todas las novelas que no volveré a leer”, dice alguien con cierto airecillo presuntuoso. Sin embargo, deshacerse de un libro, desde mi personal fetichismo libresco, equivale a desprenderme de un capítulo de mi vida, no intelectual, lo que sonaría pedante, pero sí de mi biografía de lector.

Con los años empezó a presentarse otra limitante. Como normalmente leo en la cama y mis ojos no son lo que solían ser, las sombras producidas por la luz de la lámpara ensombrecen a ratos una parte de la hoja y, además, me resulta cansado sostener un volumen largo tiempo.

El siempre bien recordado don Óscar Flores Tapia, voraz lector en posición horizontal, ideó la solución al problema de los brazos cansados. Simplemente arrancaba los cuadernillos y al terminar la lectura ¡mandaba empastar el libro!

El ingenioso método florestapiano enfrenta actualmente tres problemas. Uno: el costo. Dos: la escasez de encuadernadores y Tres: el hecho de que las editoriales dejaron de imprimir pliegos –cuadernillos– y hacen libros con hojas sueltas. De aplicar el sistema, el lector encamado acabará con una baraja.

¿Cómo saciar entonces el apetito de lector horizontal? Aunque vengo del paleolítico inferior y me fue difícil cambiar mi vieja y ruidosa Remington por una computadora, estoy inaugurándome desde hace meses como lector en línea.

Sí, ya sé que no es lo mismo. Sí, ya sé que el placer de leer un libro conlleva también el de acariciarlo y hasta olfatearlo. Sí, pero ocupan espacio y pesan.

Hoy, acompañado de mi teléfono celular puedo disfrutar largas horas de lectura yacente –eso de echado se oye feo–, y he descubierto, además, la abrumadora cantidad de obras que ofrecen diferentes bibliotecas digitales en forma gratuita. Por estos días, interesado en la novela histórica, sigo los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, que, confieso, no había leído.

La comodidad de la lectura por Internet tiene la ventaja de la fácil transportación de miles de volúmenes en un teléfono celular y la gratuidad. Esto último hace pensar en la teoría del flamante director del Fondo de Cultura Económica, Paco Ignacio Taibo II, de que el mexicano no lee porque los libros son caros. ¿Será ese el verdadero motivo?
14 Abril 2019 03:52:00
El mareante futuro
Para alguien que cuando niño se emocionaba con la película La Invasión de Mongo y las aventuras espaciales de Flash Gordon (Cine Palacio, función de matiné; $1.25, luneta), no le es nada fácil adaptarse a un mundo cambiante controlado –¿dominado?– por robots y una ubicua e incomprensible inteligencia artificial.

Pero no es necesario trasladarse tan lejos como la niñez para documentar el constante asombro. Si hace 20 años me hubieran dicho que The New York Times enfrentaba problemas económicos y se ve en la necesidad de recortar personal, mi carcajada se hubiera escuchado por lo menos hasta Arteaga. En aquellos años, el periódico neoyorquino era un gigante cuya edición dominical en diciembre llegaba a pesar cuatro o cinco kilos, debido a la abundante publicidad y suplementos.

Quizá no me hubiera reído, pero sí hubiera puesto cara de extrañeza si me informaban que las acciones de Televisa iban en picada, o que algún día podría sostener una conversación con mi teléfono inteligente. Tampoco creería en la posibilidad de realizar retiros, depósitos y otras transacciones bancarias sin tener a una cajera enfrente.

Mucho menos se me ocurriría pensar en que algún día podría enviar artículos al periódico sin levantarme del sillón de mi mesa de trabajo. Y eso es apenas lo básico de esta nueva realidad. No hablamos de ciencia ficción, se trata de hechos cotidianos a los que por gusto o por la fuerza nos hemos ido acostumbrando.

En el más reciente número de la revista Letras Libres (abril de 2019), John Kane nos enfrenta a estos fenómenos sin precedentes que, dice: “Los sistemas de máquinas inteligentes son un nuevo medio de comunicación que modela y retuerce cómo los humanos perciben, se mueven en el mundo que los rodea”. En otras palabras, la técnica, al cambiar al mundo, ¡nos está cambiando a nosotros en cuanto a seres humanos!

¿Una exageración? de ninguna manera. Para demostrarlo, Kane desgrana unos cuantos datos: Pepper, robot creado ya hace algunos años, es un artilugio de poco más de un metro que puede expresar “alegría, sorpresa, enfado, dudas y tristeza”. Y qué me dicen de unos robots agricultores capaces de fertilizar, sembrar, regar, desyerbar y cosechar sin la presencia de un ser humano. O del ahora muy popular Robot Restaurant en la zona roja de Tokio, donde, asegura Kane, “pueden curarlos de sus ilusiones homínidas”. Mientras, en Lima, Perú, “una bandada de robots decide limpiar la antigua y magnífica biblioteca del convento de San Francisco… con gran iniciativa comienzan quitando las pinturas y los candelabros de los muros, luego sacan de las estanterías los preciados libros encuadernados en cuero y desmontan las vitrinas, y entonces acomodan todos los objetos y piezas cuidadosamente en pilas enormes en el ornamentado suelo azul crema”.

¿Una novela de Isaac Asimov? Nada de eso. Aquí y ahora usted puede adquirir en una tienda de Saltillo un robot-aspiradora para limpiar su casa, y pronto, como en China, habrá cámaras de reconocimiento facial en las calles de las ciudades coahuilenses.

MÍNIMA

Afortunadamente, el Departamento de Tránsito de Saltillo, o como se llame, es un ente nostálgico anclado en el siglo pasado. Por eso no sincroniza los semáforos, verdaderas joyas vintage, preciada herencia de nuestros abuelos.
11 Abril 2019 03:45:00
Deslucido epílogo
Los cuidadosos preparativos para recordar el centenario del asesinato de Emiliano Zapata, que se cumplió precisamente ayer, tuvieron un desafortunado final. La negativa de los descendientes del Caudillo del Sur de acompañar al presidente Andrés Manuel López Obrador en el acto a celebrarse en la exhacienda Chinameca, lugar de la muerte del revolucionario, no solo obligó a cambiar la sede de la ceremonia a Cuernavaca, también fue un duro golpe ideológico a la Cuarta Transformación.

La 4T y el propio López Obrador eligieron al Caudillo del Sur como uno de sus santones y guías morales. La decisión de los familiares de Zapata agrava su significado por las razones expuestas para no acompañarlo, acusándolo de no haber cumplido su palabra empeñada en campaña. “No tenemos por qué rendir pleitesía a una persona que no cumple lo que dice… ¿Qué credibilidad puede tener para nosotros?”, sentenció con dureza Jorge Zapata, nieto del general.

La promesa era no permitir la construcción de la planta termoeléctrica de Huexca, Morelos, proyecto rechazado vigorosamente por el Frente de Pueblos en Defensa del Agua, Tierra y el Aire de Morelos, Puebla y Tlaxcala.

Jorge Zapata y sus parientes optaron por reunirse en el cementerio de Cuautla, donde se encuentra el sepulcro del revolucionario.

No cabe duda que el Gobierno federal planeaba una conmemoración por todo lo alto. A fin de dar realce a las celebraciones, el Congreso de la Unión declaró este 2019 Año de Emiliano Zapata, cuya efigie y la leyenda alusiva aparecen obligatoriamente en toda la papelería oficial.

Además, las autoridades se ocuparon de organizar numerosos actos alusivos. Hubo un sinnúmero de coloquios, el último de ellos realizado en tres sedes distintas del estado de Morelos, con la participación de una veintena de historiadores.

Felipe Ávila, el zapatólogo mexicano más sabio y reconocido, autor de una Breve Historia del Zapatismo, acaba de publicar oportunamente un nuevo libro, Zapata, la Lucha por la Tierra, Justicia y Libertad”, (Editorial Criterios, 2019), así como media docena de artículos sobre el tema en las revistas más prestigiosas del país: Letras Libres, Nexos, Proceso y Relatos e Historias en México.

También la Universidad Nacional Autónoma de México se unió a la conmemoración. Su canal de televisión produjo y difundió un programa documental titulado Zapata, el Hombre y el Revolucionario”.

No faltó, desafortunadamente, el manoseo político, que en ciertos casos llegó a retorcidas y convenencieras interpretaciones de la historia, a fin de alinear a Emiliano con la Cuarta Transformación. Uno de los participantes del programa de televisión Primer Plano, de cuyo nombre no quiero acordarme, simplificó la Revolución Mexicana, palabras más o palabras menos, en una frase: “La revolución del norte –Madero, Carranza y los sonorenses– fue la revolución neoliberal. La del sur, junto con la de Villa, fue una revolución popular”. Sólo le faltó calificar a los revolucionarios norteños de conservadores, y a Villa y Zapata como auténticos proto chairos.

Al margen de las reprobables manipulaciones político-partidistas de la efeméride, es una lástima que lo que debió haber sido la cereza en el pastel de las conmemoraciones se haya frustrado por el rechazo público y tajante de los descendientes de Zapata de reunirse con el Presidente. Malos signos de desunión.

Letras sueltas

Y ahora ni modo que AMLO acuse de fifís a los nietos de Zapata.
07 Abril 2019 03:20:00
Pensar en el agua
El tema del agua acapara las primeras planas de los periódicos locales e importantes espacios informativos en la radio y la televisión. En los últimos días han atraído la atención al menos cuatro asuntos relacionados con su abastecimiento. Uno de ellos fue la alerta lanzada por Aguas de Saltillo sobre el poco optimista futuro de los mantos freáticos que surten a la capital del estado.

Poco después, el presidente Andrés Manuel López Obrador dio a conocer el plan de impulsar la creación de una cuenca lechera en el sureste del país, considerando un contrasentido –con clara referencia a La Laguna– el que operen en el semidesierto donde hay escasez del vital líquido, como llamaban al agua los reporteros de antes.

La tercera llamada de atención fue en torno a una inquietud de años: el abatimiento de las pozas de Cuatro Ciénegas, cuya desaparición constituiría, sin exagerar, un desastre ecológico de repercusiones mundiales.

Por último, no menos importante, es la inquietud de los habitantes de Parras de la Fuente, temerosos de que la construcción de una ciudad en el Valle de Derramadero afecte los mantos acuíferos que surten a la población y hacen posible la agricultura. Para externar su rechazo a la creación del núcleo habitacional de Derramadero, organizaron una marcha, no de protesta, pues la Ciudad Derramadero es todavía un proyecto, pero sí de advertencia.

No es una casualidad la coincidencia del interés sobre estos cuatro tópicos, los cuales nos enfrentan a un panorama del que estamos obligados a ocuparnos.

Saltillo tiene una limitante por ahora insalvable: la disponibilidad del líquido en los mantos subterráneos. La ausencia de ríos y lagos en los alrededores la vuelve fatalmente dependiente de los mantos, cuya recarga depende a su vez de las siempre azarosas lluvias. Quizá sería conveniente retomar un programa abandonado hace tiempo, el de las presas de gaviones en los arroyos para retener el agua y propiciar la recarga.

Esa idea del presidente López Obrador de trasladar la principal cuenca lechera del país de La Laguna al sureste tiene dos aristas: una, el abatimiento de los pozos de La Laguna, donde se han llegado a presentar problemas de arsenicismo en el agua para consumo humano. Eso, por un lado. Por el otro, lo que representa para la economía de la Comarca Lagunera, en particular, y el estado, en general, la empresa Lala. Su cierre sería una catástrofe de repercusiones insospechadas.

La fragilidad del ecosistema del Valle de Cuatro Ciénegas logró un respiro con el amparo conseguido por el grupo Pronatura contra la Comisión Nacional del Agua, organismo encargado de extender los permisos de perforación y bombeo en la zona cercana a las pozas. Un triunfo, es cierto, pero muy lejos de ser definitivo.

Los movimientos de rechazo a la construcción de Ciudad Derramadero, obra necesaria debido al acelerado crecimiento industrial registrado en ese lugar, merece un estudio científico para determinar el impacto que tendría en Parras y los ejidos circunvecinos el surtir de agua a un desarrollo urbano del calibre del proyecto.

Cuatro temas sobre la mesa. Todos de primera importancia, que nos obligan a pensar seriamente sobre el futuro de dos regiones de Coahuila, la Sureste y la Lagunera. Cuatro asuntos, todos urgentes, merecedores de vigilancia y de la toma de decisiones con visión a largo plazo.

Mínima

El ferrocarril de la 4T (Cuarta Transformación) chocó de frente con la máquina loca del 1T (un Trump).
04 Abril 2019 03:35:00
¿Qué hacemos, señor?
La carta del presidente Andrés Manuel López Obrador al rey de España solicitándole se disculpe públicamente por las atrocidades cometidas durante la conquista y la colonia contra los que él llama pueblos originarios, tiene muchas aristas.

Todas ellas punzantes y molestas. Una de estas debe causarnos escozor a nosotros los coahuilenses, porque es preciso preguntar con todo respeto al Presidente, quien siempre dice las cosas con todo respeto: ¿Qué hacemos, señor, con los descendientes de los tlaxcaltecas venidos en el siglo 16 a territorio del hoy estado de Coahuila a reforzar las debiluchas fundaciones “españolas”? (Eso de españolas es un decir, porque en ellas vivía gran cantidad de criollos, mestizos y mulatos).

La enérgica condena a los indudables excesos perpetrados por los conquistadores incluye necesariamente al pueblo de Tlaxcala, aliado del manojo de soldados de Hernán Cortés en el asedio y la toma de la Gran Tenochtitlan.

Los tlaxcaltecas, ya se sabe, estaban hasta la madre –con perdón sea dicho– de los abusos de los aztecas, que además de cobrarles tributos, a cada rato se les ocurría organizar incursiones militares para capturar prisioneros destinados a ser sacrificados en honor de sus dioses.

Esa alianza vuelve a los hijos de Tlaxcala socios de la conquista y, por lo tanto, corresponsables de las salvajadas cometidas por los conquistadores, entonces y los tres siglos siguientes. ¿Qué hacemos, señor Presidente? Históricamente, quienes vivimos en Saltillo, Monclova, Parras, Candela, San Buenaventura y otras poblaciones coahuilenses nos sentimos en deuda con los tlaxcaltecas. Ellos no solo afianzaron las fundaciones amenazadas por los indios comarcanos, también fueron ejemplo de laboriosidad muy alabada por fray Juan Agustín de Morfi, quien estuvo en Saltillo allá por 1777. Los tlaxcaltecas, informa el franciscano, surtían a la villa “española” de Saltillo de verdura, leche y frutas.

Si hablamos de la hoy capital del estado, aquí construyeron el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, sembraron huertos, introdujeron telares, tatarabuelos del sarape, y plantaron magueyes.

Entonces, ¿debemos dejar de disfrutar del pan de pulque, señor Presidente?, pues si a la senadora Jesusa Rodríguez le parece que comerse un taco de carnitas es tanto como celebrar la caída de la Gran Tenochtitlan, al hermanar en tan sabroso maridaje el maíz nativo y el puerco traído por los peninsulares, ¿qué pensará de la combinación de las aportaciones culinarias de dos condenables autores de la conquista, el trigo hispano y el pulque tlaxcalteca?

De verdad nos metió usted en un lío. Grandes profesores, músicos y escritores de origen tlaxcalteca han dado lustre a la docencia y las artes de Coahuila. ¿Debemos exigir disculpas a sus hijos, nietos o bisnietos, señor Presidente, y luego tiramos la estatua de la Plaza de la Nueva Tlaxcala?

Letras sueltas

En 1989, al cumplirse el bicentenario de la Revolución Francesa, estuvo en Saltillo el embajador de ese país. Por aquellos días Francia y Alemania habían firmado un acuerdo. Extrañado, pregunté al diplomático cómo era posible que su país, tan golpeado por los alemanes, hiciera eso.

Su respuesta fue muy sabia: “Mire usted”, dijo, “cuando manejamos nuestro auto, los franceses echamos solo de vez en cuando un vistazo al espejo retrovisor, porque lo que nos preocupa es conducir bien, ver hacia adelante y saber hacia dónde y cómo vamos”.
31 Marzo 2019 03:41:00
Ofrezcamos disculpas
El presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo una semana de espanto, la peor en lo que va de su gobierno. Primero fue la rechifla y abucheo en el estadio de los Diablos Rojos de México, que sus seguidores pretendieron imputar a las malas artes de los enemigos del Peje, quienes, dijeron, contrataron y organizaron a los porristas.

Días después se dio a conocer el contenido de las malhadadas cartas pidiendo al Rey de España y al papa Francisco presentaran disculpas a los “pueblos originarios” por las atrocidades cometidas durante la conquista de México. Esta vez los abucheos, las críticas y hasta las ofensas se dispararon desde ambos lados del Atlántico. Y ahora sí, ni a quién echarle la culpa de haberlo orquestado.

Por su parte, en calidad de mientras, el Vaticano lo acusó de estar pésimamente informado, pues tres papas habían externado anteriormente sus disculpas sobre las barbaridades cometidas en el llamado Nuevo Mundo descubierto por Colón.

Lo ocurrido con la carta enviada al rey estuvo peor. Desde España, y aquí mismo, en México, le cayó una torrencial lluvia de críticas e insultos –algunos de pésimo gusto, por cierto, como los de Pérez Reverte. Pero lo cierto es que López Obrador hizo lo que parecía imposible: superar el récord de resbalones diplomáticos de Vicente Fox y su inolvidable “Comes y te vas”.

Hay razón. Pedir disculpas a España por lo sucedido ya casi medio milenio atrás hace equilibrios entre un mal chiste y el ridículo. Sería peor si no fue una puntada demagógica, es decir, que él crea haber hecho lo correcto. De ser así, estaríamos ante un presidente peligrosamente ingenuo.

Las críticas a las tan desafortunadas cartas han partido de diferentes ángulos y desde distintas perspectivas. Casi imposible agregar algo novedoso a lo mucho que se ha dicho. Sin embargo, a propósito del asunto recordé una plática escuchada en Madrid hace tiempo.

Era en un bar. Después de clases, mexicanos y españoles bebían tinto y consumían tapas. Un español, merecedor del título de “gachupín”, se puso flamenco y empezó a hablar con un irritante tono de suficiencia. Entre otras cosas se le ocurrió decir: “Nosotros, que conquistamos América”.

Uno de los mexicanos en la mesa no se aguantó la balandronada y le respondió: “Me supongo que hablas de tus ancestros, de tus tataratataraabuelos. Pues no, estás equivocado de lado a lado. Tus antepasados se quedaron aquí en la península destripando terrones con el azadón o pastoreando borregos. Alguno de los míos, en cambio –porque, como mestizo que soy, debo de tener algo de sangre española–, sí se atrevieron a hacerse a la mar y conquistar nuevas tierras”. Seguramente la ferocidad de las miradas del resto de los mexicanos en la mesa aconsejó al petulante gachupín cerrar la boca y despedirse.

Lo dicho por mi amigo es verdad de a kilo. De no ser indios puros, como don Benito Juárez o Victoriano Huerta, por las venas de muchos de nosotros, individuos de la raza de bronce vasconceliana, corren gotas o hasta chisguetes de sangre de los conquistadores. Somos, nos guste o no, sus descendientes. Entonces, seríamos nosotros, no quienes se quedaron en España arando la tierra y cuidando borregos, quienes deberíamos pedir disculpas a los indios.

Y no es mala idea disculparnos con los “pueblos originarios”, como les dice López Obrador, pero no por la conquista, sino por no hacer nada para mejorar su calidad de vida y mantenerlos en la miseria. Esa sí es culpa nuestra.
24 Marzo 2019 03:30:00
Aún es tiempo
No es fácil acostumbrarse a la idea, pero los días de esplendor de la explotación del carbón en el riñón hullero de Coahuila, manchados con obstinada frecuencia por la tragedia, se encaminan inexorablemente a su fin.

Cuando terminaba el último tercio del siglo 19 y principios del 20, el carbón coahuilense puso en movimiento al país subiéndolo a una locomotora. En esa época, las minas de la Región Carbonífera vivieron sus momentos de esplendor. No sólo atraían a millares de trabajadores, que allí percibían los salarios más altos del país, también se convirtieron en poderoso imán de la codicia de potentados estadunidenses, como la familia Guggenheim. La demanda de mano de obra era tal que llevó a la firma de un contrato entre los gobiernos de México y Japón, para que este último, hoy una de las economías más poderosas del mundo, enviara braceros a las minas.

Pocos años después, en una de esas paradojas con las que de vez en cuando gusta sorprendernos la historia, los revolucionarios aprovecharon la corona modernizadora del porfiriato para transportar sus ejércitos y combatir al presidente Díaz.

Entonces el combustible se utilizó incluso como arma política; Venustiano Carranza casi paralizó a la División del Norte de Francisco Villa al restringir los envíos de carbón, y el mismo Villa puso al Gobierno con los pelos de punta, cuando en 1920 tomó sorpresivamente la ciudad de Sabinas, amenazando, mediante el control de las minas, paralizar al sistema ferroviario nacional y las siderúrgicas.

Hoy, un siglo después, el antes aliado del progreso se ha transformado en peligroso enemigo de la humanidad. Las emisiones de gases producidos en su combustión son poderoso factor de la contaminación ambiental y, por ende, del cambio climático.

Por desgracia, la Región Carbonífera de Coahuila, debido a diferentes motivos que no es lugar para desgranar, permanece anclada en el siglo 20, mientras la dinámica mundial juega fuertemente en su contra. Los países europeos decretan el cierre de minas de carbón, enfocando sus esfuerzos a la generación de energía eléctrica prescindiendo de energéticos fósiles –carbón y petróleo–. La apuesta principal es en la casilla del aprovechamiento de la energía solar y la eólica.

Apenas el viernes anterior los carboneros de Coahuila respiraron después de tres meses de incertidumbre. La Comisión Federal de Electricidad (CFE), uno de sus principales clientes, anunció la adquisición de 300 mil toneladas del combustible. Es duro repetirlo, pero esta compra es solo un analgésico aplicado a un enfermo terminal.

El puntual reportaje sobre el tema de Edith Mendoza, publicado en Zócalo el pasado jueves, recoge la opinión de Alfonso González Vélez, experto en la materia, quien afirma que de la explotación de la hulla depende el trabajo de 60 mil personas en la región Carbonífera.

Actualmente, el hecho de que un 10% de la electricidad del país dependa del carbón, permite alargar la vida de la minería de ese energético, pero con o sin compras de la CFE, la solución es temporal. Más temprano que tarde el destino alcanzará a la comarca y a sus mineros.

Ante este panorama resulta urgente poner en marcha planes concretos para la reconversión de la economía regional, encarrilándola en el siglo 21. De no hacerlo, es decir, arremangarse la camisa y ponerse a trabajar, se estará condenando a toda una región a verse salpicada de pueblos fantasmas en algunos años.

La tarea es para hoy.


17 Marzo 2019 03:12:00
Abraham Nuncio
Su permanente interés por los libros, el arte y la difusión de la cultura ha encontrado el espacio perfecto para crecer y amplificarse: la Biblioteca José Vasconcelos. El nombramiento de Abraham Nuncio Limón como director de uno de los principales acervos bibliográficos del país, es, desde cualquier punto de vista, un acierto. Allí tendrá la posibilidad de concretar sus sueños y abrir cauces a su multifacética creatividad.

Acababa de salir de la adolescencia cuando llegó a Saltillo, donde tiene raíces familiares, para estudiar en la antigua Escuela de Leyes. La brújula de sus inquietudes lo guió hasta una mesa arrinconada del restaurante Élite, en la calle de Aldama, donde un puñado de muchachos hablaba de libros, discutía cuestiones de arte y trazaba proyectos personales.

Aquel grupo excéntrico respecto a las preocupaciones de la generalidad del Saltillo de la mitad del siglo anterior, provocaba curiosidad y desconfianza.

La variopinta comunidad del Élite la formaban jóvenes de los más heterogéneos intereses. Gustavo Solís Campos, muerto a muy temprana edad, hablaba de una novela por escribir: La Cárcel del Negro Jack. Nunca la terminó, pero sí se convirtió en colaborador del ya legendario suplemento México en la Cultura y de la revista de poesía El Corno Emplumado.

EI ingenioso Salvador Flores Guerrero, riéndose de todo, estaba a punto de hacer maletas para ir a inscribirse en la antigua Academia de San Carlos, mientras Enrique Reina intentaba explicar las intrincadas teorías de los filósofos alemanes y Armando Fuentes Aguirre hacía pinitos en el periodismo.

Tronante como Júpiter, otro amigo al que acabamos de decir adiós para siempre, Eduardo Rogelio Blackaller, hacía gala de su posición marxista y anticlerical con frases como pedradas: “Esas son chingaderas que inventaron los curas para asustar a la pobre gente”. Mesurado, discreto, Eduardo Montenegro soltaba una media sonrisa ante los embates verbales de Blackaller contra la religión, que Elías Cárdenas abonaba esgrimiendo argumentos sociológicos y legales.

Allí cayó –pero no calló– Abraham Nuncio. Su posición ideológica lo aproximaba a Blackaller, pero sin el pirotécnico radicalismo de este, quien partiría tiempo después a Rusia para estudiar música, en tanto que Abraham obtenía su título de abogado que me temo mucho nunca enmarcó y menos exhibió.

Sus intereses lo condujeron por otro rumbo, el de la cultura. Colaboró con Dorita Madero en la Dirección de Acción Social y Cultural del Gobierno del Estado. El grupo se dispersó. La vida trazó caminos distintos a sus miembros. Sin embargo, a pesar del alejamiento geográfico, la amistad perduró. Abraham, fiel a sus preocupaciones, las unió a las de Armando Javier Guerra para publicar Todos Juntos, una recopilación de cuentos de autores locales. La edición fue de Novaro, de la Ciudad de México, y la portada, un dibujo de José Luis Cuevas.

En 1968 Abraham probó la prisión. Estuvo detenido en la Sexta Zona Militar acusado de promover la insurgencia estudiantil en Saltillo. Fue el único de los promotores del movimiento en la capital de Coahuila que sufrió persecución.

Nuncio Limón jamás claudicó. La Universidad Autónoma de Nuevo León le abrió sus puertas y desde ella realizó una intensa labor editorial y escribió varios libros.

Hoy se dispone a dirigir la Biblioteca José Vasconcelos, donde tendrá oportunidad de desplegar su talento y proveer de resonancia nacional a sus muchos proyectos.
10 Marzo 2019 03:57:00
Terminando en cero
En memoria de Gil Herrera y César Luna Lastra.

Jorge Luis Borges y su mejor amigo, Adolfo Bioy Casares, salían del cementerio después de dar sepultura a la madre del autor del Aleph, quien murió a los 99 años. Entonces, un pensativo Bioy Casares dijo: “¿Te das cuenta? De vivir un año más, tu mamá hubiera completado cien años, un siglo”. Sin inmutarse, Borges comentó: “Según veo, Adolfo, vos sentís una extraña fascinación por el sistema métrico decimal”.

En efecto, igual da 98 o 104 que 100, pero tenemos la inclinación de considerar que las cifras cerradas tienen un significado especial: La Guerra de Cien Años, los cien días del último gobierno de Napoleón y, más modestamente, pero también terminada en cero: La Guerra de los Treinta Años.

Valgan la anécdota borgiana y los ejemplos anteriores a propósito de que hoy domingo se cumplen cien días del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador, sobre los cuales se han gastado ríos de tinta en los últimos días.

Esto recuerda la obra cumbre del periodista norteamericano John Reed, Diez Días que Conmovieron al Mundo, donde narra los acontecimientos de la Revolución de Octubre que precedieron a la instauración del régimen comunista en la posteriormente llamada Unión Soviética.

Mutatis mutandis, es decir, haciendo los cambios necesarios, ¿podríamos hablar hoy, parafraseando a Reed, de los cien días que conmovieron a México? Desde la perspectiva de muchos, la respuesta es afirmativa. En efecto, todo parece indicar que el presidente López Obrador llegó al poder con una idea fija: transformar a México, tarea que exige la destrucción de lo anterior.

Y buena parte de estos cien días el Presidente los ha dedicado a echar al basurero de la historia el pasado inmediato, el cual, en su diccionario político está representado por los gobiernos neoliberales y sus instituciones, la corrupción, el dispendio, los “fifís” y los conservadores.

La demolición emprendida ha sido, al menos desde un punto de vista retórico, efectiva. Se abandonó a gran costo el proyecto del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México y se abrogó la Reforma Educativa.

También desaparecieron las estancias infantiles, los refugios para mujeres maltratadas y otros muchos entes gubernamentales cuyo defecto era el sello neoliberal que exhibían en su acta de nacimiento. Esto en un afán de tratar directamente con el “pueblo bueno” por medio de la entrega de subsidios personalizados, a pesar del inconfundible tufo clientelar que esas dádivas despiden. El mismo camino hacia la extinción se ha trazado a los organismos de la sociedad civil. Bueno, hasta los Pueblos Mágicos vieron desaparecer por un arte de magia mañanero el presupuesto que se les asignaba. López Obrador les dejó solo el adjetivo.

Cien días usando la piqueta y blandiendo el machete a diestra y siniestra. Todo parece indicar que la edificación de la cuarta transformación del país exige partir de cero, sin dejar antes piedra sobre piedra de las construcciones anteriores.

Con el tino característico, el maestro Raymundo Riva Palacio ya vislumbró la nueva realidad que pretende levantar el tabasqueño sobre los escombros del pasado y hasta la bautizó: Amlolandia. Ahora bien, cien días dedicados a la demolición del pasado son suficientes y ya resultan reiterativos en la vaguedad de los discursos. Esperemos que terminado este periodo destructivo, principie de una buena vez, la construcción del futuro. De no ser así, citando a Ibargüengoitia, acabaremos acostumbrándonos a vivir en estas ruinas que ves.
03 Marzo 2019 04:00:00
Una Yalitza
Hoy todos hablan maravillas de Yalitza Aparicio y de su papel de Cleo, la trabajadora doméstica en la multipremiada película Roma. Alaban su belleza, hablan pestes del racismo y aplauden que las más sofisticadas revistas de modas le dediquen sus portadas, y los modistos del mayor prestigioso —y también los más caros— la hagan lucir sus creaciones.

Cuando un actor considerado de segunda se atreve a insultarla en una reunión privada, llamándola “pinche india”, periodistas y redes sociales lo tunden de lo lindo, mientras miles, posiblemente millones de mexicanos, se sintieron desilusionados de la larguísima y soporífera transmisión de la ceremonia de los Oscar por no escuchar su nombre al citarse el premio a la Mejor Actriz.

En fin, a raíz de los éxitos y de la indudable calidad de Roma, la obra de Alfonso Cuarón despertó, al menos de dientes para afuera, una admirativa y hasta amorosa yalitzomanía que inunda cual marea los medios informativos y las redes sociales.

Eso está muy bien, opina una queridísima amiga de este escribidor, a quien llamaremos Soledad por no estar autorizado a revelar su nombre. Es de alegrarse, dice Soledad, del triunfo de la novel actriz oaxaqueña. Sin embargo, agrega, ya nadie, excepto yo, recuerda cómo se burlaban de mí mis compañeros de escuela porque mi madre era trabajadora doméstica o sirvienta, como le llamaban despectivamente para zaherirme.

Tengo el honor de conocer a la señora madre de Soledad, mujer tan morena o más que Yalitza. Luchadora si las hay, imbatible, se ha partido el lomo decenas de años limpiando casas ajenas para sostener ella sola a sus dos hijas, ambas exitosas: una doctora en Medicina y la otra con dos títulos universitarios.

Soledad considera que esta yalitzomanía es solamente producto del esnobismo seudointelectual de admiradores de Roma y de su talentoso director. Pero, ¿en verdad Yalitza Aparicio ha tenido la gran virtud de, ya no digamos de acabar, sino al menos bajarle un par de rayitas al odioso racismo padecido por muchos mexicanos?

Es de dudarse. La aceptación de la imagen de Yalitza en la pantalla o en las portadas y reportajes de revistas impresas a todo color es una cosa; la vida real, otra. En las revistas del corazón, como las llaman los españoles, e igual en los suplementos sociales de los periódicos mexicanos abundan hasta la saciedad fotografías “de gente bonita”. (Bonita según los cánones de belleza al uso; piel blanca, ojos claros, si es posible, y cabelleras rubias rojizas, sin importar que sean naturales o producto de la química).

Muy contadas personas morenas se cuelan en las galerías fotográficas de tales publicaciones. ¿Resabios del trauma de la conquista, como diría Octavio Paz? Quizás. Lo cierto es que prevalece con distintos sustantivos el antiguo y odioso cliché del conquistador blanco, apuesto y barbado, y el del conquistado moreno y obligatoriamente pobre, feo y sumiso.

En el porfiriato la división era entre la “gente de razón” y la “plebe”. Ahora es entre la “gente nice” y los “nacos”. Lo cierto es que, para desgracia nuestra, prevalecen los sentimientos de supuestas superioridades raciales. Supuestas, porque en realidad los mexicanos somos producto de mezclas en las que intervinieron gentes de todos colores, incluso abuelos africanos culpables del rizado del cabello a algunas rubias que andan por allí, a las que de pasada les abultaron la parte posterior.

Por desgracia, una Yalitza no hace verano.
24 Febrero 2019 03:36:00
Cuando hay una sola voz
Eran los años 60 cuando quien esto escribe viajó por primera vez a España. Francisco Franco se eternizaba en el poder con todo el horror que hubo detrás de ello. El arribo a la península no ofreció nada espectacular. El aeropuerto Madrid-Barajas era como una estación de autobuses en versión tercermundista comparada con el gigantesco y atiborrado Heathrow londinense que acababa de abandonar una hora antes.

Madrid tampoco tenía empaque de gran ciudad. Era una población opaca y un tanto provinciana, salvada de la mediocridad por el Museo del Prado y otros dos o tres lugares más. La Calle Mayor, en ese entonces todavía llamada José Antonio, concentraba algunos comercios y un par de restaurantes memorables, entre ellos uno excelente de mariscos, el Bajamar.

Sin embargo, la estancia resultó grata e ilustrativa. El curso de verano en la Universidad de Alcalá de Henares le dio la oportunidad de entrar en contacto con un auténtico pueblo español, visitar la casa donde se dice nació Cervantes, conocer a algunos profesores interesantes y asistir a la fiesta de coronación de la Dulcinea, la reina complutense de ese año.

Los periódicos, decepcionantes, informaban un día sí y otro también de las andanzas de un famoso bandido de esa época, las cuales robaban algo de espacio a extensos reportajes acerca de Francisco Franco. Inolvidable una portada, creo que del ABC, donde aparecía Franco empuñando una escopeta y decenas y decenas de perdices en el piso abatidas por los certeros disparos del “Caudillo”, según le identificaba el periódico. Otras noticias provocaban igual repulsión, como la de un maestro barcelonés preso por haber cometido el grave delito de enseñar catalán a un grupo de alumnos, o el retrato que Dalí había pintado de la hija del dictador.

Pero la sorpresa mayúscula fue la entronización como gran poeta de España de Manuel Machado y el desconocimiento casi absoluto de la obra de su hermano Antonio, a quien casi todo mundo de habla hispana consideraba mucho muy superior a Manuel. Este, autor de algunos poemas de mérito, era muy dado a escribir versos de castañuela y pandereta.

La razón de la sinrazón era muy sencilla. Manuel se había plegado al franquismo. No sabemos si por gusto, por conveniencia o por miedo. En cambio, Antonio, uno de los poetas de talla máxima de habla hispana, fue republicano. Pecado imperdonable para Franco, cuyo deporte favorito era ejecutar republicanos, mandarlos a la cárcel y usarlos como mano de obra esclava para tallar en la roca la iglesia del Monumento de los Caídos, donde pensaba ser sepultado y aún se encuentra lo que queda de sus restos.

¿A qué vienen todas estas historias? Son pertinentes, pienso, porque apenas el viernes se cumplieron 80 años de la muerte de Antonio Machado, quien expiró en Collioure, Francia, cuando huía de la persecución desatada por los nacionalistas franquistas. Murió lejos de su hogar, como canta Joan Manuel Serrat.

A propósito de la efeméride, la semana anterior el suplemento Babelia de El País dedicó un amplio y bello reportaje al exilio y la muerte del poeta. La desaparición de Franco, en 1975, provocó cambios profundos en España. Uno de ellos, no menor, fue una suerte de “resurrección” de Antonio Machado, quien hoy ocupa entre sus coterráneos el lugar que le corresponde en la nómina de los grandes autores.

Tragedias parecidas a la de don Antonio ocurren cuando en cualquier lugar se escucha solamente una voz y se silencian las que no le hacen coro. ¡Cuidado!
17 Febrero 2019 04:00:00
El qué y el cómo
La comentocracia, las élites económicas del país y los mercados extranjeros no encuentran una explicación al fenómeno. Hay algo esquizofrénico, piensan, entre los resultados ofrecidos hasta ahora por el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador y los altos y crecientes niveles de aceptación del Presidente. Quizá las razones de esta contradicción residan en el tino con el que el Mandatario elige sus frentes de batalla –es decir el qué hacer– y la deficiente, en ocasiones errática e incomprensible instrumentación de las estrategias para conseguir lo planeado. Es decir, el cómo.

Hay abundantes ejemplos. ¿Quién en su sano juicio, a no ser uno de los corruptos, podrá argumentar algo en contra del combate a la corrupción, bandera insignia del sexenio? La inmensa mayoría de los mexicanos estarán de acuerdo que es este, la corrupción, uno de los más graves problemas de los muchos que aquejan al país. Aquí el qué es impecable.

Sin embargo, el cómo deja mucho que desear. Hay un combate a la corrupción, sí, pero sin perseguir a los corruptos. La cereza de este pastel de las contradicciones la colocó recientemente el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, al negarse a informar sobre los avances en la investigación de los sobornos pagados por Odebrecht, anunciando poco después que en 2017 México se comprometió “a no ejercer ninguna acción
civil, administrativa o penal en contra de los funcionarios de la empresa Odebrecht”. Así, textualmente.

¿Lucha contra la corrupción respetando acuerdos ilegales firmados en lo oscuro, para asegurar la impunidad de quienes han sido señalados mundialmente como campeones en el reparto de sobornos a cambio de contratos leoninos?

Otro asunto es el del robo de combustible, el huachicoleo, vaya. Es incuestionable la decisión de perseguir a quienes “ordeñan” los ductos de Pemex, pues al hacerlo no solamente dañan
gravemente la economía de la paraestatal, sino a la nación entera. Nadie, a no ser los ladrones de combustible, se
atrevería a criticar la medida.

Pero de nuevo nos topamos con fallas en el cómo. El Gobierno tomó la decisión de combatir el huachicoleo de la manera más simple: cerrando los ductos. Las repercusiones de esta medida causaron graves daños al país por el desabasto de gasolina y diésel en numerosas localidades, obligando, además, a la compra apresurada y sin previa licitación de 671 pipas. El desembolso fue de 92 millones de dólares, al que habrá de sumar el aumento del costo de transportación del combustible.

La lista es larga. En su acostumbrada conferencia de prensa mañanera en Palacio Nacional, el presidente López Obrador se lanzó contra sus antecesores. Los acusó de inmorales. Algunos, dijo, colaboraron al término de su mandato con empresas beneficiadas mientras ellos estuvieron en el poder. Esto, dio a entender, sin ser ilegal, revela negociaciones lesivas al país. La advertencia, el qué, es clara: En México no hay intocables.

Muy bien, si no fuera porque en su lista de expresidentes dañinos a México faltó un nombre (otra vez el maldito cómo). En el señalamiento incluyó desde Ernesto Zedillo, quien dejó el poder hace casi 19 años, hasta Fox y Calderón. Extrañamente, por motivos no explicados, dejó fuera del inventario de la supuesta infamia serial a su antecesor, Enrique Peña Nieto. ¿Estamos ante un olvido imputable a pasajera laguna mental? Quién sabe. Sea como fuere, ya es tiempo de que los qué no se nulifiquen con los cómo.

10 Febrero 2019 03:38:00
Cómo han pasado los años
Andrés Manuel López Obrador no es el primer presidente de México en imponer horarios de trabajo inhumanos a sus colaboradores. Luis Echeverría Álvarez gustaba de organizar reuniones que se prolongaban hasta la madrugada. Sorprendía su capacidad de resistir una retahíla de interminables discursos sin siquiera levantarse para ir al baño. Jamás bostezaba; casi ni pestañeaba.

Don Luis se desatendía de las manecillas del reloj. Igual citaba a los miembros de su gabinete a las seis de la mañana, que les llamaba por teléfono a la oficina a las 12 de la noche, para citarlos a una reunión, las cuales podían prolongarse de forma indefinida. Eso no obstaba para que el presidente entrara en acción al salir el sol.

Esta costumbre –estilo personal de gobernar, como diría don Daniel Cosío Villegas– dio pie a una divertida anécdota posiblemente apócrifa, pero creíble dado el desparpajo del que siempre hacía gala el economista saltillense Horacio Flores de la Peña, a la sazón secretario del Patrimonio.

Eran las 11 de la noche. Estaba don Horacio en su casa viendo televisión cuando recibió una llamada de Los Pinos. El presidente Echeverría se puso al teléfono y con tono de reclamo le dijo:


–Señor secretario, llamé a su oficina hace unos momentos y usted no estaba allí.

–Es correcto, señor presidente, ya estoy en mi casa.

–¿Pues a qué hora deja usted de trabajar, don Horacio? –preguntó Echeverría.

–Normalmente, a las ocho de la noche.

–¿Por qué tan temprano?

–Lo hago por el bien de México, señor presidente.

–¿Cómo? Explíquese.

–Sí, es que me he dado cuenta que después de trabajar ocho horas termino exhausto, y si sigo intentando trabajar empiezo a hacer puras pendejadas, y algunas de ellas pueden resultar muy costosas para el país.

No se sabe cómo terminó aquella conversación, pero cierta o no encierra una gran verdad: el ser humano tiene un límite para mantenerse activo, pues requiere necesariamente de un descanso antes de retomar sus actividades.

López Obrador parece no entender esto. Sus conferencias de prensa mañaneras desvelan por igual a funcionarios que a periodistas, lo que confiere credibilidad a los rumores acerca de las dos o tres renuncias no aceptadas de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero.

En la Ciudad de México, para estar en Palacio Nacional antes de las siete de la mañana, a cualquiera lo obliga a levantarse a las cuatro y media, una hora infame para quienes terminaron tarde su jornada del día anterior. Quizá funcionarios jóvenes puedan soportar ese ritmo, pero no todos, por supuesto.

La señora Sánchez Cordero y varios de los colaboradores cercanos del Presidente no son unos jovencitos. Algunos de ellos ya peinan canas desde hace muchos años. Es el caso de Javier Jiménez Espriú, secretario de Comunicaciones y Transportes, quien este año apagará 82 velitas en su pastel de cumpleaños. Dos años menor es el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero. Él cumplirá 80 en octubre.

En una entrevista, Joaquín López-Dóriga preguntó a la secretaria de Gobernación cuánto tiempo podrá aguantar el actual ritmo de trabajo. Ella no respondió. Sin embargo, la pregunta sigue en el aire y podría hacerse a otros miembros del círculo más cercano de López Obrador o incluso a él mismo. Echeverría iba a cumplir 49 años cuando asumió la Presidencia; López Obrador, 65. Y definitivamente no es lo mismo los tres mosqueteros que 16 años después.
03 Febrero 2019 04:10:00
Renunciar al liderazgo
El que dos instituciones que por largas décadas han formado parte de la vida de Saltillo –el equipo de beisbol Saraperos y el Casino– se encuentren en crisis, sobreviviendo apenas bajo la amenaza de desaparecer, revela los profundos cambios socioeconómicos operados en la ciudad a causa de su galopante entrada en la modernización.

El Casino de Saltillo es parte de la historia de la ciudad, y ha sufrido sus avatares. Durante más de un siglo fue punto de encuentro de las élites económicas y sociales saltillenses.

Nació como Casino Militar a instancias del entonces Gobernador provisional general Carlos Fuero, uno de los militares que mandaba a Coahuila Porfirio Díaz cuando los asuntos políticos se embrollaban. Originalmente funcionó en la esquina sudoriental de la calle Hidalgo, donde hoy están las oficinas de una funeraria. Su edificio fue incendiado por el general huertista Joaquín Maas en mayo de 1914, cuando las tropas de Francisco Villa estaban a punto de entrar a la ciudad.

El esfuerzo y la decisión de sus socios hicieron posible la construcción del nuevo edificio que hoy es uno de los más emblemáticos del centro histórico.

El Club Saraperos, heredero de una larga tradición beisbolera que se remonta a los Pericos y el Club 45 que jugaba en el viejo estadio frente a la Alameda Zaragoza, es el único equipo deportivo profesional de la ciudad que cuenta con el arraigo y el cariño de una fanaticada leal. Los intentos de promover el futbol profesional, y hace años el basquetbol, quedaron hasta ahora en buenos deseos. Plaza beisbolera por excelencia, la capital de Coahuila se ha mantenido al margen de la marea futbolera que inunda al país y parte del mundo.

Según expresión de los enterados, los Saraperos, alguna vez bicampeones en la Liga Mexicana, entraron en una espiral de descomposición debido a dos causas: las malas condiciones del estadio Francisco I. Madero y la errática administración del equipo (confieso ser un fanático del beisbol que sigue los juegos por televisión y rara vez asiste a un estadio, por lo que las opiniones sobre la crisis sarapera han sido recogidas de amigos conocedores).

El Casino, por su parte, es víctima del despoblamiento del Centro de la ciudad y del cambio de la estructura social registrada en los últimos años. En los dos casos llama la atención que la salvación de ambas instituciones dependa ahora de la ayuda gubernamental. ¿Qué sucede con la iniciativa privada, que en su momento reconstruyó el Casino y fundó con éxito el Club Saraperos? ¿Ha perdido interés en los asuntos que atañen a la ciudad? De ser afirmativa la respuesta a la pregunta anterior, estamos ante un fenómeno poco alentador. Sería la renuncia de la iniciativa privada, de los hombres del dinero, a un liderazgo que en otras latitudes rinde magníficos frutos.

Hay ejemplos cercanos. En Monterrey, la iniciativa privada construyó el estadio de beisbol, uno de los mejores de México, y también es obra de ella el espléndido Museo de Arte Contemporáneo. Aquí, en cambio, una de las más exitosas etapas del Club Saraperos ocurrió cuando su propiedad y administración estuvieron en manos de un empresario sinaloense, Manuel Ley, ya desaparecido. La crisis del Casino y la de Saraperos, que buscan su tabla de salvación en el Gobierno, es señal poco optimista. Hacer dinero en Saltillo dándole la espalda a Saltillo no nos augura nada bueno para el futuro.

27 Enero 2019 03:58:00
Doctrina obsoleta
Ante la crisis de Venezuela y la condena de decenas de países a la muy cuestionada reelección de ese perverso folclórico llamado Nicolás Maduro, el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador buscó en el desván una empolvada Doctrina Estrada de la no intervención, y la enarboló para justificar la muy ambigua posición adoptada por México frente al problema
venezolano.

Esta decisión ha sido cuestionada por comentaristas nacionales y extranjeros, considerando la Doctrina Estrada obsoleta ante la nueva realidad del siglo 21, cuando la globalización impide, a menos de querer asumir los graves riesgos que eso lleva implícitos, encapsular a las naciones y sustraerlas de la corriente mundial.

Hay razones históricas para, al menos, revisar los postulados de la Doctrina Estrada, cuya pertinencia es muy discutible ante una realidad que convierte en internacionales muchos de los problemas que hoy nos aquejan. Sobran los ejemplos: la migración en masa, de la cual nuestro país es hoy escenario, el narcotráfico, el lavado de dinero y muchos asuntos más. Don Genaro Estrada tuvo en su momento buenas razones para defender la no intervención del Gobierno en asuntos internos de otras naciones. En el fondo, su doctrina constituía un arma ideológica de autodefensa.

La política del Big Stick, el Gran Garrote, de Teodoro Roosevelt marcó la historia de América Latina buena parte del siglo pasado. Roosevelt consideraba a Estados Unidos como el hermano mayor, el vigilante, de un continente que, del Bravo al sur, era un territorio de revoltosos a los que había que poner en orden. Las invasiones a los países que no marchaban de acuerdo a los intereses estadunidenses se exponían a una invasión de marines.

Como acertadamente lo recuerda en reciente artículo el historiador Alejandro Rosas, en la década de los 30 del siglo anterior, México tenía frescas en la memoria dos invasiones recientes y una lejana, pero dolorosísima, la de 1846-1848, que le costó al país la mitad de su territorio. En abril de 1914, barcos norteamericanos bombardearon Veracruz y se apoderaron del puerto. El pretexto era lo de menos. Los vecinos del Norte adujeron dos: un incidente ocurrido en Tampico entre militares mexicanos y marinos norteamericanos –del que México ya había ofrecido disculpas– y el presunto desembarco de armamento alemán destinado al Gobierno de Victoriano Huerta, que EU no reconocía.

Dos años después, en marzo de 1916, 10 mil soldados bajo la bandera de las barras y las estrellas entraron a territorio nacional. Esta vez el pretexto fue perseguir y capturar a Francisco Villa, para castigarlo por el ataque al pueblo de Columbus, Nuevo México, perpetrado por sus hombres. Lo infructuoso de la Expedición Punitiva, que regresó a su nación con la cola entre las patas, no borró la sensación de indefensión del país ante el Gran Garrote.

Por otra parte, cuando se ha creído necesario, México dejó a un lado la Doctrina Estrada. Así lo hizo en los 30 del siglo pasado uno de los santones de la Cuarta Transformación, el general Lázaro Cárdenas, al desconocer el régimen de Francisco Franco en España, con quien rompió relaciones.

Este hecho le ganó a Cárdenas el respeto internacional, y México fue ejemplo de solidaridad humanitaria al recibir a miles de republicanos que huyeron del terror franquista.
Hoy, en cambio, a más de 70 años, la neutralidad de López Obrador, en cambio, no redituará nada bueno a la imagen del país. Nadie admira a las avestruces que esconden la cabeza.
20 Enero 2019 04:00:00
Detonante
Hace 60 años, un muchacho saltillense interesado en la historia tenía la posibilidad de explorar las tres únicas ruinas que sobrevivían en la ciudad: la capilla de Landín, el Fortín de Carlota, en la prolongación de la calle de Allende al sur, y el Fortín de los Americanos, en la loma cercana al Ojo de Agua.

La iglesita de Landín, reproducida en la portada de uno de los libros de Miguel Alessio Robles, ya destechada, conservaba su portadita barroca y dos paredones laterales. Del fortín construido por los franceses durante la Intervención únicamente quedaba entonces una pared de adobe, aprovechada por un vecino como parte de su casa.

El Fortín de los Americanos, construido por los norteamericanos durante la invasión a nuestro país, era sin exagerar, una letrina maloliente. Del fortín quedaban dos o tres muros, también de adobe. El tiempo, la lluvia, el viento y el desinterés por conservar esa modestísima instalación militar acabaron por convertirla en polvo. Desapareció. Hoy puede verse únicamente en amarillentas fotografías antiguas.

En los años 70 del siglo pasado, el gobernador Óscar Flores Tapia decidió dignificar el sitio. Para hacerlo, maquinaria pesada convirtió la loma en una meseta y se construyó la que fuera bautizada como Plaza México o el Mirador. Se removieron muchas toneladas de tierra. Años después se supo que durante los trabajos se encontraron restos de soldados norteamericanos muertos posiblemente de alguna enfermedad –en el lugar no se registró ninguna batalla durante la invasión–, y sepultados en las inmediaciones del fuerte.

Juan Pablo Rodríguez, presidente municipal en aquellos años, contaba que, en una operación con visos de extraoficial, un avión de la Fuerza Aérea estadunidense voló a Saltillo para repatriar los restos y llevarlos a un cementerio del Ejército.

Con una ubicación privilegiada que domina el valle, el fortín fue utilizado por fuerzas de don Victoriano Cepeda para defender la ciudad en noviembre de 1871 de los seguidores del Plan de La Noria comandados por Jerónimo Treviño. Los atacantes sitiaron Saltillo tres semanas. Finalmente capturaron el fortín y los otros dos puestos defensivos ubicados en el promontorio de la iglesia del Calvario y en la Plaza de la Marqueta, hoy Plaza Madero, en la esquina de Aldama y General Cepeda.

En marzo de 1913, el lugar fue escenario de un combate entre los carrancistas y las fuerzas federales acantonadas en la ciudad. Los hombres de Carranza fueron derrotados, y el Varón de Cuatro Ciénegas se retiró al norte para lanzar en la Hacienda de Guadalupe su plan revolucionario.

La obra realizada por el Gobierno de Flores Tapia tuvo la virtud de dignificar un área olvidada. La Plaza México se convirtió, gracias a ello, en un sitio atractivo.

Transcurrieron cuatro décadas y pocas autoridades se ocuparon del Ojo de Agua. En el Gobierno de Humberto Moreira se entubaron las fétidas aguas negras que por años corrieron a cielo abierto a lo largo de la calle Libertad, a un costado de la iglesia. Siendo presidente municipal Óscar Pimentel, se construyó una réplica del arranque del acueducto que surtía de agua a Saltillo, y en el trienio de Fernando de las Fuentes hubo el remozamiento de una pequeña plaza.

Ahora se despertó una controversia a propósito de la instalación de una torre en terrenos del Mirador. En lo personal, y sin afán de iniciar una polémica, espero que las obras no sólo queden en la construcción de la torre, sino que constituyan el detonante de un proyecto más amplio de recuperación, tan urgente en esa zona.

13 Enero 2019 03:30:00
Echándole gasolina a la lumbre

El desabasto de hidrocarburos, secuela de la lucha emprendida por el Gobierno federal contra el robo de combustibles, provoca problemas en varias ciudades del país, entre ellas la capital. Las demoras o incluso el descontento, a veces irritación, de automovilistas y transportistas son consecuencia lógica de esta escasez, pero no el problema más grave.

La irritación expresada a través de todos los medios es un mal menor si se le compara con el peligroso fenómeno de la polarización de la sociedad. A propósito del desabasto, el país se ha dividido en dos bandos al parecer irreconciliables: los que apoyan a ultranza y sin discusión al régimen encarnado en el presidente Andrés Manuel López Obrador, y quienes consideran el problema el anuncio de un Gobierno cuyo destino manifiesto es el desastre. Unos y otros, en especial a través de las redes sociales, están empecinados en convertir el asunto en una guerra. Más con el hígado que con la razón exponen, no sus argumentos sino sus convicciones.

No se trata de debatir, la intención es confrontar e insultar. Si usted se queja del desabasto, es un conservador, cómplice de los delincuentes o adorador del viejo sistema político –un asqueroso prianista–, que prefiere nos roben a perder tiempo en espera de que le surtan de combustible, cuando deberían caminar, utilizar el transporte público o montarse en una bicicleta. Por su parte, aquellos que defienden y confían en López Obrador son, para los descontentos, individuos no pensantes, manipulables, fascinados por la figura del tabasqueño. Lo peor es que la distancia entre los dos campos abrió una brecha que se ahonda cada día más, sin vislumbrarse cómo pueda darse un entendimiento.

La falta de claridad en los pasos a seguir es, a no dudarlo, un poderoso ingrediente para esta polarización, atizada, además, por la ambigüedad de los miembros del gabinete. La declaración de la secretaria de Energía, Rocío Nahle García, en el sentido de que el desabasto durará “el tiempo necesario”, no es para tranquilizar a nadie. Tampoco ayuda la incomprensible mudez del director de Petróleos Mexicanos, Octavio Romero Oropeza, quien ni siquiera contesta el teléfono cuando le llaman los gobernadores.

Gracias a esas ayudas, el peso de la crisis y el consecuente desgaste recae por entero en la espalda del presidente López Obrador y sus tempraneras conferencias de prensa, durante las cuales trata, sin mucho éxito, de explicar el porqué de la crisis. Sin embargo, tampoco es en esos encuentros con los periodistas donde se aclara la situación. Una de esas mañanas, el Presidente anuncia el cierre de un ducto a causa de dos actos de sabotaje, pero sin ofrecer mayores datos. Ante una revelación de este calibre cualquier reportero que se respete intentará obtener respuesta a las cinco preguntas básicas que le enseñaron en la primera clase de periodismo: ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?

De las cinco preguntas sólo hay una vaga respuesta a la primera: ¿Qué sucedió? Bueno, se registraron dos actos de sabotaje en el ducto de hidrocarburos conectado a la Ciudad de México. Y estas no son las únicas interrogantes sin respuesta: ¿Por qué hay una decena de barcos cargados de combustible producido en Estados Unidos anclados frente a puertos mexicanos? ¿Cuál es la razón para no descargarlos? ¿Cuánto le cuesta a Petróleos Mexicanos la inmovilidad de los buques?

El desabasto, esperemos, terminará algún día, pero el encono subsistirá. Eso es lo peligroso.

06 Enero 2019 04:08:00
Izquierdas vs izquierdas
El estrepitoso rompimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional con el presidente Andrés Manuel López Obrador manifestó una debilidad congénita de la izquierda mexicana: su incapacidad para mantenerse unida. Sólo repite la historia de enfrentamientos intestinos en esa corriente política. Desde los tiempos del Partido Comunista, las “purgas” de miembros han sido una constante. Víctima de esas depuraciones fue uno de los prohombres del comunismo en nuestro país, el pintor Diego Rivera. En 1929 lo expulsaron del partido acusándolo de trabajar para el Gobierno, considerado un órgano proimperialista y anticomunista.

Aunque el distanciamiento del EZLN y López Obrador no es reciente, es ahora cuando el subcomandante Marcos enfrenta de manera abierta al Presidente. Desde 2003 había marcado distancia al acusarlo de utilizar el puesto de Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal como “trampolín político para la silla presidencial”. Años después, durante la campaña preelectoral, los zapatistas anunciaron que no se sumarían a la del candidato de Morena.

El subcomandante Marcos, hoy Galeano, eligió una fecha doblemente emblemática para hacer el belicoso pronunciamiento contra López Obrador: el 25 aniversario del levantamiento chiapaneco y el arranque del año en el que el Gobierno federal se apresta a conmemorar por todo lo alto el centenario del asesinato de Emiliano Zapata.

Marcos se lanzó contra dos proyectos icónicos del actual Gobierno: el Tren Maya y la plantación intensiva de árboles frutales y árboles maderables. Si bien consideró ambos proyectos una indeseada intrusión en “su territorio”, descalificando de antemano la consulta con la que el Ejecutivo federal pretende el aval popular para llevarlos a cabo, en realidad los ataques apuntan directamente a la persona de López Obrador, a quien llamó, entre varias cosas, loco y mañoso.

En otras palabras, en el fondo del pleito hay cuestiones ideológicas. De nueva cuenta, el tema son las viejas pugnas intestinas de la izquierda nacional. Diego Rivera fue expulsado por su vacilante estalinismo. Hoy, 90 años después, al radicalismo del Ejército Zapatista no le convence la moderación gubernamental. El pretexto ya no es José Stalin sino en qué punto del cuadrante ideológico se coloca el izquierdismo de unos y de otros. Desde la visión de los guerrilleros chiapanecos, el Presidente resulta excesivamente fifí, para usar la clasificación lópezobradorista.

A poco más de un mes de haber asumido el poder, el presidente López Obrador encara el que se perfila ya como uno de los más grandes retos de su Gobierno. El EZLN le abrió un frente no previsto. El fuego esperado partiría de la derecha, del conservadurismo, para seguir con el lenguaje puesto de moda en las altas esferas políticas. Era lo lógico. Sin embargo, es desde el otro extremo, la izquierda radical, de donde disparan los torpedos, hasta hoy retóricos.

Los críticos del Presidente han insistido en la inviabilidad del Tren Maya, al que algunos consideran encarrilado directamente al fracaso. Quienes así piensan escriben desde sus oficinas y bibliotecas de la Ciudad de México y otras urbes. Tales argumentos resultaban previsibles. Pero con el discurso del EZLN, el repudio al proyecto se incuba en uno de los sectores que eventualmente saldrían beneficiados y, además, de un grupo que, al menos en teoría, enarbola la misma bandera ideológica que el Gobierno. ¡Vaya problema!

30 Diciembre 2018 04:08:00
Año 2018
El ya agonizante 2018 trajo al país un cambio de Gobierno que por un lado sembró esperanzas en muchos y, por el otro, provocó desazón y temores en no pocos. El arribo de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República marcó, indudablemente, un cambio drástico en lo que don Daniel Cosío Villegas llamaba el estilo personal de gobernar. A partir del día de las elecciones, el tabasqueño acaparó reflectores sin que nadie le disputara el sitio en el proscenio de la vida nacional.

El anterior mandatario optó por esfumarse, al igual que todo su equipo. Extrañamente hicieron mutis antes de que cayera el telón.

Así las cosas, puede decirse que López Obrador, por primera vez en la historia moderna de México, tendrá un sexenio atípico, de seis años y seis meses. En su calidad de presidente electo anunció programas y tomó decisiones que concretaría en acciones al tomar posesión del poder.

Asediado por malos augurios, su todavía jovencísimo gobierno principió a una velocidad que no se veía desde el sexenio de Luis Echeverría Álvarez. Al Presidente parece urgirle fundar su Cuarta Transformación, para lo cual es necesario una demolición de formas y usos consagrados por la tradición.

En unas cuantas semanas puso en marcha dos obras insignias de su mandato: el Tren Maya y la nueva refinería; fue sahumado después de la ceremonia de toma de posesión, le pidió perdón a la Tierra, cambió el logotipo del Gobierno federal, desechó el proyecto en marcha del aeropuerto de Texcoco, abrió las puertas de la antigua residencia oficial de Los Pinos, nombró delegados en todas las entidades del país, desmintió a uno de sus colaboradores, cambió la Constitución para contratar a otro, emprendió un combate frontal contra la “ordeña” de combustibles y en sus discursos abrió varios frentes de batalla con los conservadores, la prensa fifí, los canallas y los mezquinos, entre otros.

Ha sido un arranque meteórico en el que las prisas llevan a veces a decisiones precipitadas que después hace necesario rectificar, como el error mecanográfico que privó de autonomía a las universidades y el recorte del presupuesto destinado a estas instituciones.

De  cualquier manera, es demasiado pronto para hacer un juicio ponderado sobre los resultados de estas urgencias. Lo único cierto es que López Obrador se ha propuesto ser un mandatario diferente. Esperemos.

Recuento

El fin de año es una invitación a hacer un recuento de los 12 meses que dejamos atrás. Sopesar errores, aciertos, si los hubo, y omisiones.

En lo personal, este 2018 quedó marcado por despedidas dolorosas. Las filas de amigos se clarearon debido a la partida de algunos de ellos. Hubimos de decir adiós al arquitecto Ricardo Dávila, apasionado de la historia e incansable buscador de vestigios del pasado. También partió Eduardo Guajardo Elizondo, amigo generoso y conocedor como pocos del paso de los insurgentes por el estado de Coahuila, sobre lo cual escribió un documentado libro. Otra pérdida fue la inesperada muerte en la Ciudad de México de Eduardo Rogelio Blackaller, pianista, experto en arte, en las obras de Carlos Marx y en los buenos vinos.

Todos ellos dejan recuerdos imborrables, algunos ligados a mi juventud y a interminables conversaciones y discusiones frente a una taza de café en el restaurante Élite de Jesús Martínez. Muchos recuerdos. Buenos recuerdos.

Si usted, lector, ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí, le deseo que 2019 sea de salud, armonía y logros. ¡Felicidades!


23 Diciembre 2018 04:08:00
¿Y la cultura?
La reducción en las partidas destinadas a la promoción de la cultura en el presupuesto federal para el próximo e inminente 2019 es una pésima señal. No fue la única, pero el recorte a las universidades públicas lo corrigió casi de inmediato el presidente Andrés Manuel López Obrador. Esta urgente rectificación del error (producto de las prisas, otra vez) fue dictada por cálculo político. El descontento estudiantil es aquí y en cualquier parte altamente inflamable. Hoy mismo, en Francia, el presidente Emmanuel Macron enfrenta manifestaciones de repudio de jóvenes estudiantes cuya beligerancia hace recordar a los analistas el mayo de 1968, movimiento trasplantado en México con el epílogo sangriento de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

En Francia, Macron, elegido apenas el año anterior por una mayoría aplastante, ha visto hundirse el índice de su popularidad a causa del descontento juvenil. Es imposible saber si López Obrador pensó en los desmanes perpetrados por los llamados chalecos amarillos franceses cuando decidió enmendar el yerro e invalidar la parte del presupuesto relativo a las universidades públicas. Sea como fuere, el anuncio desactivó una bomba.

Desafortunadamente, la rectificación del error en lo que se refiere a las universidades no se hizo extensivo a la cultura. Y es que ya se volvió costumbre que, a la voz de ahorrar, los encargados de los dineros públicos meten primero la tijera a las actividades artísticas y de alta cultura. Piensan que se trata de gastos superfluos y, por lo tanto, fácilmente prescindibles. Lo prioritario, creen, son otros renglones del gasto público. Montar exposiciones, editar libros, organizar conferencias, conciertos, editar libros o apoyar a jóvenes creadores reportan, según ellos, beneficios difusos, inaprensibles y discutibles.

Están equivocados. Por principio, las manifestaciones culturales realizadas con el auspicio del Gobierno constituyen un reforzamiento no formal a las tareas educativas. Las exposiciones, conferencias, conciertos y demás actos capaces de ampliar el horizonte del conocimiento y afinar la sensibilidad, constituyen, además, la forma idónea de estructurar y afirmar la identidad, nuestra pertenencia a un lugar en un tiempo determinados. En pocas palabras: a ser lo que somos.

Un pueblo carente de fuertes raíces culturales está fatalmente destinado a desaparecer sin dejar rastro en la historia. Más hoy, cuando el asedio a la propia identidad cuenta con innumerables vías de comunicación y la arrolladora marea globalizadora es capaz de arrasarnos. Si no afianzamos nuestros valores culturales, la poderosa influencia de costumbres y hasta del idioma del vecino del norte nos condenará más temprano que tarde a volvernos gringos de tercera.


Porque México no es sólo sus montañas, sus ríos, sus playas, sus contrastantes paisajes que van desde la impenetrable selva tropical hasta las llanuras desiertas del norte. Es también su historia, sus músicos, sus poetas y escritores, sus pintores, escultores, arquitectos, grabadores, cineastas, dramaturgos y actores.

¿Qué es México hoy ante los ojos de los extranjeros? México es un país con nombres y apellidos: Octavio Paz, Frida Kahlo, Alfonso Cuarón Orozco, Diego Rivera, Guillermo del Toro, Francisco Toledo y, por supuesto, los impresionantes vestigios de nuestras antiguas culturas.

En eso deberían meditar quienes se encargan de repartir los escasos dineros de la nación.

16 Diciembre 2018 03:05:00
Las prisas
La frase es bien conocida. Algunos aseguran que fue Augusto el Primero en pronunciarla. Otros la acreditan a Carlos III y no pocos a Napoleón. Sea quien fuera el que dijera a su ayuda de cámara “Vísteme despacio porque tengo prisa”, demostró que sus neuronas funcionaban perfectamente. Los apresuramientos, lo advierte un personaje de La Guerra y la Paz, de Tolstoi, solamente conducen a la demora.

“Vísteme despacio porque tengo prisa” es una sentencia que debería estar grabada en placas metálicas colocadas sobre el escritorio de los principales colaboradores del presidente Andrés Manuel López Obrador. Esto viene al caso por el envío al Congreso de la iniciativa del Jefe del Ejecutivo para derogar la reforma educativa.

Aunque se trata de un error fácilmente remediable, las prisas produjeron un escandaloso error al no incluir el inciso del Artículo Tercero Constitucional relativo a la autonomía de centros de estudios superiores que disfrutan de ese estatus, lo cual dio pie a pronunciamientos de numerosas universidades, entre ellas la de Coahuila.

El secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, hubo de salir a dar la cara e intentar explicar la involuntaria omisión, achacándola a un error mecanográfico. Un error de dedo, como se dice en la jerga periodística.

Ante esto, provoca extrañeza que ninguno de los miles de empleados y funcionarios de la SEP se haya percatado de lo mal redactado del documento.

El “error de dedo” fue fácilmente subsanable y la incomprensible falla quedará finalmente para la anécdota. Bastará enviar al Congreso de la Unión un nuevo texto que incluya el inciso olvidado.

Sin embargo, todas las explicaciones no borran la sensación de que en ciertas altas esferas del Gobierno federal se está actuando con un apresuramiento peligroso. De haberse tomado el tiempo necesario, seguramente en una última revisión a la iniciativa habrían caído en cuenta de la falla, como de inmediato la advirtió el diputado Juan Carlos Romero Hicks.

Parecería que el interés de poner en marcha de inmediato la Cuarta Transformación está dando tropezones debido a la urgencia de cambiar de un día para otro las cosas, dejar todo como tabla rasa para empezar a construir un nuevo país.

Como lo expresó Manuel Gil Antón, profesor del Centro de Estudios Sociológicos del Colegio de México, en una entrevista para la radio: “Así no se hacen las cosas porque demeritan lo que puedan hacer en el futuro. No deben improvisar, pareciera que están haciendo las cosas de prisa. Deben tomarse el tiempo de leer antes de darlo a conocer”.

Más adelante recomendó al Gobierno federal crear un aparato de redacción que esté con ellos desde el principio, “porque esos errores no deben ocurrir y deben cuidarse las formas”. ¿No existirá ya un indispensable aparato como el que propone crear Gil Antón? Debe de existir, pero en esta ocasión no se le turnó el borrador o ni siquiera se le tomó en cuenta, lo cual condujo a poner en evidencia al todavía flamante secretario de Educación, y lo que es más delicado, a su jefe, el Presidente, quien fue el que estampó su firma al calce del documento.

Este es uno de esos tropiezos que deterioran la credibilidad sobre la seriedad y fundamentación de las propuestas. Si tienen prisa por volver realidad la Cuarta Transformación, es necesario que hagan las cosas despacio, meditarlas y madurarlas antes de, como dice el corrido de Benjamín Argumedo, mostrarlas “en público de la gente”.
09 Diciembre 2018 04:06:00
En busca del verdadero Díaz
El historiador Edmundo O’Gorman afirmaba que no hay ocupación más inútil y estúpida que regañar a los muertos. En eso estaba de acuerdo con Juanita, mujer tlaxcalteca de edad que hace ya muchos años se dedicaba en Saltillo a “lavar ajeno”, como antes se decía. Entre sus clientes se encontraba mi señora madre. Esto me daba oportunidad de entablar largas conversaciones con ella, quien era una enciclopedia acerca de la vida y milagros de muchas familias. Sin embargo, Juanita observaba una regla de oro: jamás hablaba de personas ya fallecidas. Al preguntarle cuál era la razón de esa norma autoimpuesta, explicaba: “Yo no les pego a las calaveras. ¿Pá, qué?, pos al cabo ni moretón les saco”.

O’Gorman y Juanita acudieron a mi memoria la semana anterior, cuando hubo la oportunidad de asistir a la presentación del segundo tomo de la biografía de Porfirio Díaz, La Ambición, de Carlos Tello Díaz. Tataranieto de don Porfirio, él ha escrito dos gruesos volúmenes, y trabaja en un tercero, acerca de la vida de su ancestro. Pero no para reivindicar su figura histórica. Mucho menos para emprender la defensa del personaje, sino simplemente tratar de explicarse y explicarnos las circunstancias y los claroscuros del venerado héroe del 2 de abril y el odiado –por la historia oficial– dictador en que después se convirtió.

A sus 56 años, Carlos Tello Díaz tiene tras de sí una vida de novela. Nacido en Inglaterra y graduado en las universidades de Oxford y de la Sorbona, sus inquietudes intelectuales e ideológicas lo llevaron a estudiar en su propio terreno a la revolución en Nicaragua, a navegar por el Amazonas y a ser puntual observador y cronista del levantamiento zapatista, sobre el cual escribió una crónica histórica ya clásica: La Rebelión de las Cañadas.

Saltó a la fama en 1993 con un libro cuya lectura resulta apasionante, El Exilio. Un Relato de Familia. En él reseña los avatares de Porfirio Díaz después de su renuncia a la Presidencia de la República. Sigue paso a paso la estancia del exdictador en Francia, donde se le rindieron honores oficiales en reconocimiento al humanitarismo con que trató a los vencidos durante la Intervención Francesa.

El segundo volumen de la biografía de su tatarabuelo, al igual que el primero, es un ejemplo de rigor histórico. Fanático de la exactitud de los detalles, no sé cuántas veces se comunicó con Lucas Martínez Sánchez y con quien esto escribe, para afinar las páginas dedicadas al paso de Díaz por Coahuila después de su desastrosa batalla en Nuevo León. Esa derrota que le valió el mote de “El llorón de Icamole”.

Su ponderación se puso a prueba al abordar la rebelión de Veracruz, en 1879, cuando, se dice, Díaz envió al gobernador de ese estado, Luis Mier y Terán, un telegrama cifrado ordenando matarlos en caliente. Si bien esta frase nunca la escribió don Porfirio, señala Tello Díaz, en el mensaje enviado a Mier y Terán sí le ordenó acabar con los alzados en forma inmediata. Ni justificar ni mucho menos soslayar. El historiador se limita a exponer los hechos.

Porfirio Díaz. La Ambición aporta datos desconocidos sobre la lucha del oaxaqueño por alcanzar el poder mediante las dos rebeliones que encabezó. Y, como ya se decía, no se trata de reivindicar o ensalzar al personaje ni sacarlo del infierno al que lo condenó la historia oficial para elevarlo a un altar, sino de comprender motivaciones y acciones de un actor clave en la historia de México.

02 Diciembre 2018 04:07:00
Todos: máximo logro
“Todos” fue la palabra clave del Primer Informe de resultados rendido el viernes por el gobernador Miguel Ángel Riquelme Solís. Palabra clave y logro significativo. Un año atrás, después de las elecciones más competidas de la historia y una polarización política inédita en Coahuila, en el horizonte próximo parecía se acumulaban los negros nubarrones de la división. Hubo quienes, echando mano de los datos inmediatos, pronosticaban un estado partido en dos en el que las posiciones de unos y otros se convertirían en irreconciliables. Por fortuna, se equivocaron.

Con un Congreso donde la oposición superaba a los representantes de su partido y tres de los cuatro ayuntamientos más poblados serían gobernados por ella, el camino para el nuevo Gobierno se antojaba cuesta arriba, plagado de escollos. Pero fallaron los augurios catastrofistas.

Doce meses después, y en una coyuntura nacional sembrada de incertidumbre, el gobernador Riquelme Solís se dirigió a una sociedad coahuilense que no perdió el paso para avanzar hacia adelante a causa de disputas estériles. Hay diferencias, por supuesto. La unidad monolítica es imposible y, además, indeseable. La pluralidad, en cambio, resulta fecunda cuando no se convierte en confrontación, en choque o desgarramiento.

Desde el primer día de su mandato, el gobernador Riquelme Solís dio muestras de su talante conciliador y la asistencia al informe confirmó la eficacia de su trabajo político. Uno al lado de otro entraron al aula magna de Ciudad Universitaria el priista Jaime Bueno Zertuche, presidente de la Junta de Gobierno del Congreso del Estado y Marcelo Torres Cofiño, quien coordina la fracción parlamentaria de Acción Nacional en la actual legislatura.

Más allá, el presidente panista de Torreón, Jorge Zermeño Infante –quien incluso mereció un reconocimiento público por parte del Jefe del Ejecutivo– estuvo sentado junto a Rodrigo Fuentes, líder del PRI estatal. Tampoco faltaron los alcaldes surgidos de colores partidistas distintos a los del gobernador. Un escenario impensable 12 meses atrás.

El “todos” en el que insistió en su informe el gobernador, ha sido la piedra angular a partir de la cual le ha sido posible construir el primer tramo de su sexenio con un saldo de logros indiscutibles. La atracción de empresas, el mantenimiento de una paz social contrastante con lo ocurrido en otros estados y, la modernización y adelgazamiento del aparato de gobierno son logros fincados en las relaciones armónicas de los distintos actores y los llamados poderes fácticos.

Otro factor ha sido, sin duda, la preocupación del ingeniero Riquelme Solís por hacer presencia en todos los municipios, y por realizar una equitativa distribución de los recursos disponibles sin hacer distingos del sello partidista de los ayuntamientos en funciones. Es de llamar la atención que ningún presidente municipal se haya quejado de falta de atención por parte del Gobierno del Estado.

Haciendo honor

En sus declaraciones acerca de la disposición de su Gobierno de colaborar con el nuevo presidente Andrés Manuel López Obrador, pero exigiendo al mismo tiempo un trato justo para Coahuila, el gobernador Riquelme Solís hizo honor a la memoria del Chantre don Miguel Ramos Arizpe, padre del federalismo. Los coahuilenses tenemos la obligación histórica de hacer respetar el pacto federal y enfrentar cualquier intención de vulnerar la soberanía mediante acciones centralistas.


25 Noviembre 2018 04:00:00
Visión y experiencia
El regreso de Óscar Pimentel González a la administración pública de Saltillo, después de 12 años de ausencia del estado, es, desde cualquier punto de vista, noticia positiva. Su amplia experiencia política y administrativa habrá de rendir buenos frutos, por lo que su incorporación en el equipo del alcalde Manolo Jiménez debe calificarse como un acierto. Más, cuando las responsabilidades de la encomienda están íntimamente relacionadas con el futuro de nuestra ciudad.

En su paso por la secretaría de Educación y por la Presidencia Municipal de Saltillo, Pimentel González demostró no sólo capacidad. También la imaginación y audacia indispensables para ejecutar acciones innovadoras, algunas de ellas llevadas a cabo asediadas por la crítica.

En ese sentido, su espíritu renovador introdujo cambios que al paso del tiempo acabarían demostrando sus bondades. Un ejemplo: cuando ahora nos subimos a un vehículo, en automático nos colocamos el cinturón de seguridad. Es, por así decirlo, un acto mecánico, casi inconsciente.

Olvidamos que no siempre fue así. Durante la Administración municipal de Pimentel González se volvió obligatorio el uso del cinturón, que pocos acostumbraban utilizar. En aquellos días los agentes de Tránsito dedicaban buena parte del tiempo a vigilar que automovilistas y copilotos cumplieran la entonces novedosa e impopular disposición.

Se pensarán que cosas como esta son pequeñeces. Sin embargo, no abundan las acciones gubernamentales capaces de cambiar los hábitos de los ciudadanos, normalmente renuentes a acatar los ordenamientos de la autoridad. Imposible calcular el número de vidas que este ordenamiento ha salvado, no obstante que un buen número de saltillenses se mostraba renuente a aceptar la disposición, calificándola incluso de mero capricho del
alcalde.

Dicen, y dicen bien, que el Diablo está en los detalles. A veces son al parecer pequeños detalles, como el del uso del cinturón de seguridad, los que permiten calibrar la visión y la eficacia de una administración pública.

Hubo otras decisiones de mayor calado. La más audaz de ellas, poner en manos de expertos el servicio de agua potable, hasta entonces administrado, con deplorables resultados, por el Municipio.

La sociedad de la ciudad con Aguas de Barcelona vino a solucionar un problema histórico de Saltillo. Quienes critican esta asociación seguramente no vivieron o ya olvidaron las deficiencias de ese servicio padecidas por la ciudad durante décadas.

La carencia de agua era constante. Hace más de medio siglo, en la casa paterna, a dos cuadras de la Catedral, la escasa agua que llegaba se almacenaba en un depósito al ras del suelo. Carecía de la presión suficiente. Esto nos obligaba a hacer ejercicio: accionar una bomba de mano para llenar el tinaco de la azotea.

Son botones de muestra de una autoridad con mirada hacia el frente. Visión que urge en el Instituto Municipal de Planeación de Saltillo. Es impostergable introducir orden al desarrollo de la ciudad, y no permitir ya más que la ambición de unos cuantos sumada a la lenidad –si no es que la complicidad de otros– decidan a su conveniencia el crecimiento caótico que padece.

En sus primeras declaraciones Pimentel González reprobó que el director del organismo hoy a su cargo devengue un sueldo superior al del alcalde. Al hacerlo, se comprometió a introducir orden en la nómina, orden que requiere también el explosivo crecimiento de nuestra ciudad. Buen principio es barrer la casa antes de emprender proyectos de mayor
envergadura.
18 Noviembre 2018 04:00:00
Transformaciones
Esta celebración del 108 aniversario del inicio del movimiento armado encabezado por don Francisco I. Madero ocurre en momentos cruciales para el país. A punto de un cambio de Gobierno inédito en las formas y novedoso en los planteamientos, el optimismo de unos contrasta con la zozobra de otros. Desde posiciones que se antojan irreconciliables, la polarización del país se convierte en uno de los problemas más graves que se han de enfrentar en el futuro inmediato.

La llamada Cuarta Transformación llega con el indeseable sello de las tres anteriores —Independencia, Reforma y Revolución—: una profunda división de la sociedad. Si en la Independencia las facciones se identificaban como insurgentes y monárquicos, en la Reforma, conservadores y liberales, y en la Revolución, maderistas y porfiristas, en esta cuarta los bandos de “chairos” y “fifís” están separados por una brecha que algunos se obstinan en volver insalvable.

Ante esa realidad se torna pertinente una revisión histórica con objeto de analizar los resultados de las anteriores transformaciones. La Independencia, con todos los merecidos ribetes de heroicidad que la envuelven, acabó como el Rosario de Amozoc. Primero tuvimos un emperador made in México, Agustín de Iturbide, del cual el Congreso se deshizo poco después.

El corolario de la Independencia, no podría ser más desalentador. Con el aval de los diputados, murieron fusilados los dos encargados de consumarla: Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero. Esto fue el prólogo de medio siglo de inestabilidad política. Los gobiernos se sucedían mediante el golpe de estado o el alzamiento armado, hasta llevar a México a una situación de extrema debilidad, la cual condujo a tres intervenciones extranjeras. Decía José Emilio Pacheco que en el siglo 19 los únicos que no invadieron a México fueron los marcianos.

Los liberales de la Reforma lograron una cierta estabilidad, pero lo hicieron a costa de una crudelísima guerra de tres años que desangró al país y lo dejó en tal estado de pobreza que animó a Francia a invadirnos e imponernos un emperador. Gracias a la victoria sobre los franceses y el fusilamiento de Maximiliano, don Benito Juárez recuperó la presidencia de la República.

Sin embargo, cuando buscaba reelegirse de nuevo en 1871, el monolítico partido liberal se fragmentó. Porfirio Díaz fue uno de los liberales molestos por el cariño que Juárez le había tomado a la silla presidencial. Y Díaz pasó del dicho al hecho. Se lanzó a la revolución ondeando el Plan de La Noria. Fracasó, pero aprendió la fórmula y cuando el sucesor de Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, buscó la reelección, lanzó el Plan de Tuxtepec y se hizo del poder.

Aunque se levantó en armas ondeando la bandera de la no reelección, don Porfirio se mantuvo en la presidencia treinta años —más del doble que don Benito. Envejeció en la silla hasta que un inquieto coahuilense vecino de San Pedro de las Colonias, inspirado por los espíritus, se dio a la tarea de escribir el libro La sucesión presidencial en 1910.

Aquel texto de Francisco I. Madero detonó la tercera transformación, cuyos resultados son bien conocidos. Todos los caudillos que la encabezaron murieron asesinados, principiando por Madero, seguido de Zapata, Carranza, Villa y Obregón. El resto es historia reciente y bien conocida. Sólo esperemos que la cuarta transformación sea, en verdad, de terciopelo, y no arrastre tras de sí las calamidades prohijadas por las tres anteriores.
11 Noviembre 2018 04:00:00
Réquiem por El Tapanco
Fue en 1981, una semana o dos después de que lo inauguraron. El ya desaparecido Roberto Orozco Melo, exsecretario general en el abruptamente concluido Gobierno de don Óscar Flores Tapia, viajaba a España. Iba a tomar un curso en la prestigiada Universidad de Salamanca. Seguramente deseaba poner distancia de Saltillo, donde vivió jornadas amargas antes y después de la petición de licencia de su jefe, que él se encargó de entregar al Congreso.

Éramos solamente tres a la mesa, si la memoria no me traiciona: Roberto, Armando Fuentes Aguirre y este escribidor. La reunión resultó, como de costumbre, previsiblemente disfrutable. Una conversación inteligente salpicada de buen humor. La comida excelente y un par de copas de buen vino se hicieron cargo de acentuar la atmósfera de cordialidad.

Fue hace 37 años. Hoy, el restaurante El Tapanco de la calle Allende, está cerrado. Abandona el Centro. Emigra, como tantas cosas, al norte de la ciudad. La antigua casona de la familia García Villarreal –don Juan y doña Carmen– quedó, dicen, como cuando salió por la puerta el último comensal. Allí están las mesas, las sillas, el patio, los viejos carteles anunciando espectáculos teatrales de un Saltillo de hace 100 años… Todo igual, pero vacío.

El Tapanco fue la concreción del sueño de una bella dama, Margarita García Villarreal. Incansable, imaginativa, se atrevió a convertir la casa paterna en un restaurante donde ofrecer un deleitable maridaje de comida mexicana e internacional. Lo bautizó El Tapanco en memoria de su señor padre, el ingeniero Juan García, quien acostumbraba trabajar en una habitación construida en lo alto del segundo patio.   

Fue un acto de audacia. Reto a la sobada frase de Vasconcelos de que la civilización termina donde comienza la carne asada. Mague, como le llamaban los muchos quienes la querían, apostó a que los saltillenses se habían sofisticado gastronómicamente lo suficiente para dejar, así fuera de cuando en cuando, la arrachera, y disfrutar del lenguado, el pato, el filete chemita o la sorprendente novedad del perejil frito.

No estaba en el carácter de Margarita andarse con medias tintas. Contrató a un chef francés, Jean Louis Cottin, cordon blue para más señas. Alto, delgado, elegante, había llegado a México en 1979 con el sha de Irán, Mohammad Reza Pahlavi, derrocado por revolucionarios. Jean Louis era el cocinero del sha, a cuya muerte decidió quedarse en nuestro país.

Fue él el autor del menú de El Tapanco. Después emprendería negocios propios. Sin embargo, su toque y algunas de sus especialidades permanecieron inalterables, convirtiendo al restaurante en referente de buen comer, no solamente de Saltillo, sino de gran parte del noreste.

Decía el ya olvidado humorista español Enrique Jardiel Poncela, hablando de los cafés, que estos son como las mujeres: los hombres andan con una y con otra hasta encontrar una donde se aquerencian y permanecen. Así nos ocurrió a muchos con El Tapanco, lugar ahora lleno de recuerdos. Cómo olvidar al historiador Friedrich Katz pidiendo quesadillas de huitlacoche, mientras aclaraba: “Aprovecho que estoy aquí, porque en Chicago mi mujer no me permite comer esto”. O a Jorge García Villarreal, el padre “Chapo”, quien solía hacer un ademán con la mano en alto sobre copas y vasos. Sus amigos le preguntaban: “¿Estás bendiciendo la mesa?”. A lo que él, bromista, respondía sonriendo: “No, estoy indicándole al mesero que igual para todos”.

Recuerdos… solo recuerdos.
04 Noviembre 2018 04:00:00
¿De qué te ríes, Catrina?
Cuando hace 115 años José Guadalupe Posada sacó la primera viruta de la placa de metal teniendo en mente lo que debiera ser una calavera fifí falsa (López Obrador dixit), nunca imaginó la trascendencia de su creación. Listo el grabado, ilustró la hoja volante impresa por don Antonio Vanegas Arroyo titulada Remate de Calaveras Alegres y Sandungueras. Lo que Hoy Son Empolvadas Garbanceras, Pararán en Deformes Calaveras.

La Calavera Garbancera original, muchos años después rebautizada como Catrina por Diego Rivera en su mural Un Domingo en la Alameda, luce enorme sombrero adornado con plumas de avestruz y flores. Grabado y texto de la hoja volante son una burla a las mujeres que hace más de un siglo intentaban parecer fifís, siendo, como eran, parte de las clases bajas. “Hay hermosas garbanceras, / de corsé y alto tacón; / pero han de ser calaveras, / calaveras del montón”. Versión jocosa muy acentuadamente mexicana de la terrible frase latina que nos recuerda que del polvo venimos, y polvo volveremos a ser. (Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris).

Lo de garbanceras era un recordatorio de que las emperifolladas damas objeto de las burlas, lejos de pertenecer a la aristocracia eran, en realidad, vendedoras de garbanzo en los mercados populares.

Aunque Posada solamente grabó la cabeza de su calavera, Diego la recreó de cuerpo entero: vestido hasta el tobillo y una boa de plumas que es, en realidad, una serpiente de cascabel. El éxito de la Catrina –ya nadie le llama Garbancera– acabó por convertirse en manía colectiva. Por estos días, multitud de hombres y mujeres se visten y maquillan emulándola, en una suerte de carnaval macabro. El 31 del pasado mes, día del disminuido Halloween, centenares de catrinas y catrines desfilaron por las calles de Saltillo ante el aplauso del numeroso público que se congregó para disfrutar del desfile.

Es este un fenómeno digno de movernos a reflexionar. Difícilmente podemos asociarlo a la tradición del Día de Muertos, la cual posee un profundo sentido religioso, especialmente en el centro y el sur del país, como en Janitzio, donde velan toda la noche, en el sentido literal de la palabra, ante la tumba de sus difuntos. En cambio, disfrazarse de catrín o de catrina está más cerca del show, de la diversión, que del recordar a quienes ya se han ido.

Ataviarse estrafalariamente y pintarse la cara parecería ser la expresión del deseo de ser otro por unas horas: una máscara más de las que habla Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad. Con algo de maquillaje resulta posible romper la aburrida y a veces asfixiante cotidianeidad y, en cierta manera, disfrutar, así sea por unas horas, del irresponsable anonimato. Si somos fingidas calaveras, estaremos a salvo del ridículo, del qué dirán, de las convenciones sociales.

¿Podemos hablar de un anticarnaval? El carnaval, como es sabido, es la exaltación de la carne, del estallido de los sentidos físicos en el umbral de la sombría cuaresma. La Catrina representa, digámoslo así, la sonrisa de desafío a la certeza de la muerte. No se burla de la muerte, se burla de nosotros, de nuestros afanes y de nuestras vanidades, sabiendo, como dice el anónimo autor de los versos de la Garbancera, que tarde o temprano seremos como ella.

(¡Miren lo que acaba uno escribiendo por eludir el tan manoseado tema del aeropuerto de Texcoco y las decisiones del futuro presidente!).

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